Los lunes al ¡frio!

Hoy ha sido lunes todo el día. Nos hemos levantado pronto, hemos desayunado fuerte. Yo empezaba a trabajar de nuevo en el Rain y como objetivo de la mañana tenía solo imprimir la corrección de la carta de presentación, porque en la anterior había escrito camarera (waitress) en lugar de camarero (waiter)… así que algunos por ahí deben estar algo confundidos con mi profesión.

La primera parada ya ha sido negativa, primero porque hacía frío y segundo porque me han cobrado 1’75 por 10 copias en black/white, echando cálculos yo me esperaba 70 céntimos a lo sumo (debo repasar la cuenta). Armado con mis cartas de presentación me he dirigido a los dos bares españoles de la zona que me quedaban por chequear. Resulta que a los dueños de los “bares españoles” les gusta contratar españoles y que vayas pronto a llevar el CV… me lo ha confesado el catalán que trabaja en el Juanito.

Después me he acercado al bar español de la esquina, justo al lado, de donde he sacado mejor y más relevante información.

La cocina está situada en un piso subterraneo, tienes que bajar unas escaleras que te llevan directamente a la cocina, que es lo único que hay en el local, las mesas están al exterior, con una terraza cubierta, y otras expuestas al frio de verano. En la cocina había un hombre moreno, al que le he comentado la jugada: pasé ayer y el dueño me dijo que trajera el CV, el hombre, muy agradable, lo ha cogido y me ha dicho que igualmente sería mejor si me pasara yo por la tarde. Al ver que era español me ha preguntado por mi ciudad: Alicante! entonces en un perfecto español me ha dicho: chico! si yo tuve un supermercado en el barrio Jose Antonio! yo me he criado en Alicante! viví 15 años allí!, en un perfecto español con acento hindú. Me costaba creerlo! las vueltas que daba la vida. En un momento le quería preguntar tantas cosas, tantos falsos prejuicios como: es verdad que dormís todos en el local donde trabajais? apiñados y sobre viejos colchones? es verdad que sois como una mafia que se ayuda entre ellas? y miles de preguntas más.

Atónito como estaba, ha tenido que ser él el que me desvelara de mi ensoñación. Amigo, ven, ven esta tarde y dile a mi jefe que necesitas el trabajo, seguro que te da trabajo. No es el primero que me lo dice, hay que insistir. Luego me ha confesado que todos los que regentan bares españoles y argentinos son árabes, algo bastante chocante. Y después me ha ofrecido lugar donde vivir.

El cocinero se ha volcado, con la sola voluntad de ayudarme, quizás por una especie de sentimiento patrio mediterraneo o simple compañerismo del sector hostelero. Pero me ha emocionado tanta amabilidad, no podía mentirle, tenía un compromiso verbal con el Rain, él ha insistido: si no sale, ven amigo!

Con ese subidón y esa camaradería me iba a comer el mundo, así que he ido a visitar una galería para ofrecer mis servicios, The Ravestijn gallery, en el número 603A, de la sencilla calle Westerdoksdijk. Empezábamos mal, porque la puerta estaba cerrada pero había gente dentro. Aún así el horario indicaba que estaba abierto. Los holandeses hacen mucho eso, no lo llego a comprender, tienen un horario pero se cierran dentro de la tienda y ¡alegría!. Con el espíritu insiste amigo me he acercado, he girado el pomo pero no se abría, he buscado el timbre nerviosamente y he apretado un cartelito que había en el quicio de la puerta pensando que había dado con él. La puerta está enmarcada por una gran cristalera, que hace que la galería sea perfectamente visible, y el tonto que intenta llamar al timbre pulsando una cartela de información también.

He golpeado la puerta asomando la cabeza, para darles al menos a esa gente una historia que contar a sus parientes cuando volvieran a sus casa, porque al abrir la puerta me he dado cuenta de que allí estaban ciento y la madre e iba a ser difícil hablar. El local es espectacular, en la parte de abajo, en una gran mesa, habría por lo menos cinco personas, y en la de arriba, que forma una terracita visible, no los he querido ni contar, pero he visto varias cabezas mirando curiosas.

Resulta que la que me ha abierto la puerta era también hindú, y me he muerto de ganas de preguntarle en qué barrio regentaba ella el supermercado y si dormía en aquella moderna galería con todos sus parientes. Por su elegante, osada y típicamente noreuropea vestimenta (vestido cruzado por una gran flor estampada) y su carácter de sargento alemán, he deducido que no había pasado 15 años bañada por el sol mediterraneo, así que me he limitado a balbucear en un inglés tenso, solitario y perplejo algo así como Yo era buscando por un proyecto prácticas trabajo tenía tu. 15 miradas como 15 años en Alicante sobre mi cogote. He estado a punto de reventar con tanta racionalidad y, zapateando y dando palmas sobre la mesa, cantar jondo mu’ jondo que en el mediterraneo hacemos las cosas así. Al final la chica hindú, completamente integrada en lo absurdo de la vida moderna, me ha dicho que le enviara un mail porque estaba en un important meeting. No se quién sería esa gente pero yo creo que estaban charlando tomando un cafecito. Allí olía a dinero, pero lo tenían bien custodiado por aquel perro rabioso de vestido hortera.

Solo me faltaba una armónica y un gorro viejo para estar completamente desolado, así que he vuelto a casa, que me cogía al lado, para reponer fuerzas y “hacer unas gestiones” (siempre me ha gustado esa frase, da mucha relevancia), antes de volver al Rain.

De camino al restaurante he pasado por otra galería, donde, ya con sutileza y cobardía, en aras del buen entendimiento, he rogado por unas prácticas gratuitas, sin condiciones, esclavitud 100% sin protestas ni lemas huelguistas. No quería que otra vez pensaran que iba allí solo a robarles el dinero. La respuesta ha sido afirmativa. Pero ahora veremos cómo evoluciona la cosa…

El trabajo en el Rain es como el de cualquier restaurante, pero hoy las horas no pasaban. Así que hemos charlado un rato. La información es un bien preciado. Resulta que los habitantes europeos hablan ya por lo menos 3 lenguas, cuando no 5…

También he cuestionado acerca del contrato deseado. Resulta que los empresarios holandeses tienen unos contratos denominados de cero horas, que consisten en que ellos te llaman cuando quieren, y a final de mes te hacen la cuenta de las horas trabajadas y te pagan en función a eso, sin que puedas hacer previsión ninguna de ingresos y gastos más allá de una semana vista, con lo cual tienes que contar con la buena voluntad del empresario, que te llamará a todas horas.

 

En las tres horas y media que he estado trabajando han venido seis parejas a cenar y dos personas pidiendo trabajo. Debo agarrarme a esto pase lo que pase, aunque sean pocas horas no quiero pensar en estar ahí fuera sin trabajo ninguno. Además dicen y cuentan que hace un año las cosas en Holanda eran diferentes, que había trabajo. Hasta aquí llegan los desastres económicos. Creo que esto va a ser peor de lo que creemos, y solo espero que podamos permanecer unidos, en paz, construyendo una alternativa posible, porque para bien o para mal, lo que conociamos se ha acabado.

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