Embajadores en Amsterdam

Cuando en Amsterdam no llueve dicen que hace buen tiempo, aunque el viento sea frío, que es una constante. Hace  unos días, en la barbacoa en el parque, una chica italiana protestaba ¡yo en Amsterdam siempre tengo el viento en contra!, eso hace difícil pedalear y alza unas hojas que se te meten en los ojos mientras conduces la bicicleta. Si perderse por las calles caminando sin saber qué dirección tomar es divertido, hacerlo con la bicicleta no lo es tanto; no puedes apreciar los detalles de la ciudad, solo verlo todo velozmente mientras te pasan motocicletas acariciándote la pierna a 60 km/h. Aquí las bicis comparten el carril con los ciclomotores, y además los conductores no llevan casco. Intuyo que no están obligados.

Me he perdido camino de la embajada española, que ocupa un inmueble situado en la plaza Frederiksplein. Es una plaza arrinconada por edificios, pero bastante amplia, con árboles gigantes que con sus hojas hacen el cielo verde. En ella se dan cita varios tranvías, que la atraviesan sin piedad. Cuando he visto el banderón rojigualda ondeando al viento helado del Norte se han enfrentado dos sentimientos antagónicos, no sabía si escupir o cantar suspiros de España mientras me comía un bocadillo de arenque.

Entrar a la embajada es como viajar 2.090 kilómetros en un instante. El edificio es viejo. La puerta un poco pesada, pero con fuerza se llega a todas partes, la misma fuerza te frena ante dos caminos, unas escaleras para bajar, y otras para subir, a las cuales se accede atravesando un arco detector de metales. He optado por no despertar las alarmas e ir al piso de abajo. Donde no han podido ayudarme, así que me han mandado al tercer piso, a laboral. El arco creo que tenía función de aviso únicamente, lo cruzo, suena, y no pasa nada más. Me apunto en la lista y subo.

La mujer es agradable, se ha presentado, nos hemos dado la mano, y he reparado en la presencia de dos hombres a mi lado. Sentados, bien vestidos. Se notaba que tenían poder… no se cuál, pero alguno. Parecían dos agentes de la CIA pero spanish style. He estado a punto de preguntarles pero hubiera sido extraño: hola, ¿quienes sois? ¿qué haceis?.

Aquí, en Holanda, el estado del bien estar (si bien dinero tener), tienes que pagar al mes 100 euros, por un seguro médico obligatorio. La embajaora’ estaba indignada por ello, y por el contrato cero horas. Como buena representante de la marca españa, me ha recomendado que siga con la tarjeta sanitaria europea pues hasta que se den cuenta chico… qué más da. Era de las mías.

Los agente de la CIA se han sorprendido del famoso contrato cero horas, estaban dispuestos a criticar los escasos derechos laborales de los trabajadores en Nederland; aunque después han dado marcha atrás, creo que conscientes de que si trabajaban para el Estado epaño’ debían conocer bastante bien los de España.

No quería poner en un aprieto a la embajadora, pero me habían informado de que iban a cerrar la embajada con motivo de los recortes. Una de las embajadas más visitadas en Europa por la afluencia masiva de españoles a Nederland no es útil… claro que no. La mujer ha desmentido el rumor, pero cuando abandonaba la sala comentaban los agentes y ella algo así como: oye pues si que es útil este sitio, y ella apuntaba orgullosa: si, si, por supuesto, aquí ayudamos mucho a la gente… y las voces se perdían consciente de que el rumor debían haberselo hecho en petit comité a mi informador. Tengo que reconocer que el trato ha sido inmejorable; animo a todos a visitarla. [En realidad no se trata de la embajada si no del consulado, pero he decidido llamarle embajada porque queda más literario. Consuladora hubiera quedado un poco raro.]

La mujer de la embajada me ha recomendado que le llevara el contrato una vez lo tuviera, para así revisarlo. Mi siguiente parada iba a ser el Rain, armado con mi sofinummer como residente en Nederland! pero el jefe no estaba. Le he esperado un rato bebiendo café y charlando con mi compañero, el encargado. Es el primer cristiano copto que conozco, le he preguntado por su tierra, deseoso de viajar con su relato. Pero me ha devuelto la espinosa realidad social de su país, echo de menos a mi familia, tiene un inglés fuerte, con acento marcado, con erres duras y un deje discreto de quien habla árabe, pero mi país está lleno de estúpidos. Sabía de qué me estaba hablando, pero debía seguir preguntándole para que acabara de explicarse. Los musulmanes. Yo no podía decir nada ya, me di cuenta de la comodidad de una infancia en una sociedad sin conflictos marcados, de la sencillez de la multiculturalidad cuando no existía y del respeto entre culturas cuando solo hay una. En su voz había odio, contra el cual no podía hacer demasiado desde mis escasos traumas sociales.

Desde la terraza del bar he tenido un momento de pausa para Rembrandtplein. Es una plaza rectangular, situada al sur de la ciudad, en su centro se disponen varias figuras que, para ser originales, representan la Guardia de noche, de Rembrandt, el cual se alza sobre un pedestal detrás de las figuras. Dicen que por las noches se baja de él para ir a dormir a la casa que habitó, cerca de la plaza, que no se llamaría así en aquel entonces. Varios siglos atrás, en la Edad Media, estuvo dominada por la muralla defensiva de la ciudad, hasta que en el 1655 se abrió una puerta, conocida con el nombre de Regulierspoort. Durante la época del famoso pintor, la plaza recibía el nombre de Botemarkt, o mercado de la mantequilla; y es que el mercado de los lácteos que se celebraba los lunes en la plaza Damm, se trasladó aquí.

Actualmente la plaza es un continuo ir y venir de turistas, que ocupan los cafés de la cara norte estirándose como lagartos ofreciéndose a algo que, siendo de paises oscuros, podría llamarse “sol”; y es que el astro rey en Amsterdam ilumina pero no calienta. La luz es intensa hasta tarde, no brilla ni quema el alma ni te cierra los ojos como en Alicante, pero sí entra por los amplios ventanales de las casas, llegando hasta el último rincón. Es una luz diferente, no incomoda, hace de las sombras un leve difuminado en el suelo apenas perceptible, y no dibujos violentos con los que juegan los niños en el pavimento. Pero tengo que reconocer que echo de menos la luz que entra sin reparos como una cascada mientras subes la persiana, y la que calienta veloz el aire frío de la mañana, y la que te tuesta sobre la arena tibia bajo el sonido de las olas.

Cansado de esperar entre divagaciones en la terraza, he cogido la bicicleta para recorrer otra vez Singel, y salvar a Chloe, que hacía cola en un banco para abrir una cuenta. Generalmente, en los bancos de Nederland se te trata bien, esperas mucho rato, y luego te sientas en una mesa, con un trato más directo. De hecho, en el primero al que hemos ido (cuyo nombre no recuerdo), nos han concertado una cita para el sábado solo para abrir una cuenta. En los bancos te regalan cosas siempre, agua, caramelos… además en este de nombre raro nos ofrecían café !gratuito¡. Yo me he cerciorado preguntándole a la banquera, que ha asentido sonriente. Cuando hago preguntas raras Chloe me mira entre avergonzada y risueña, y yo disimulo diciéndole que quería practicar mi inglés. Es una suerte hacer toda clase de preguntas inútiles y tener la excusa de que quieres aprender el idioma. Cuando empiece a aprender dutch voy a ser entrevistador sociólogo.

Cita a las doce de la mañana del sábado, que abren las oficinas. Pero antes… la pregunta de rigor: cuánto cuesta? però això què val?, no está to pagao’, tres euros al mes. Nos hemos mirado, hemos tragado saliva con un okei y hemos volado de allí a tu otro banco y cada día el de más gente. Esto es un constante gerundio inglés, repleto de Ings por toda Holanda. En el face to face ya nos ha llevado al huerto, nos ha puesto dos botellas de agua sobre la mesa, y aunque en Amsterdam no falta, siempre te alegra. Y luego nos ha dicho mirad pánfilos, si abrís la cuenta aquí os doy 50 euros, porque si, porque somos Ing, y además pagas solo un eurico al mes, y no te cobro el agua. Hemos volado al banco innombrable para cancelar la cita, aunque tampoco hemos abierto la cuenta en Ing porque necesitamos un domicilio fijo…

Pocos momentos de mi vida he sentido que arriesgaba tanto como cuando el feliz y sonriente turco del carrito de los kebaps me ha preguntado si lo quería con todo, medio gritando, porque hablaba muy alto. Dicen que si vas a un país extranjero tienes que probar el producto nacional, y el kebap es el alimento europeo por excelencia, además en Nederland te los venden en la calle con puestos ambulantes, como churrerías, pero de kebaps. No podía restringir sabores, había que ir a por todas. Lo fundamental, como en la vida, no cambia, la salsa es lo diferente, y en verdad es distinta aquí. Es un sabor donde el componente principal debe ser la guindilla o el pimentón picante, que colorea con un tono rojizo el caldillo que siempre te chorrea de las manos, si no es así, es que no te has comido bien el kebap.

Hemos compartido el alimento con los patos de la charca que hay en Westerpark, parque poblado de corredores, borrachos, mil tipos de aves y sorprendetes conejos amistosos que salen de entre los arbustos.

2 thoughts on “Embajadores en Amsterdam

  1. Consuladora, consoladora…nada de eso, es cónsul :p

    Los consulados prestan servicios a los ciudadanos españoles fuera de España. Dudo mucho que España se haya planteado cerrar su emabjada en Holanda, pero seguro que ya ha cerrado algun consulado…

    Un abrazo, sigo leyendo, con retraso…

    Alberto

    • Cónsula no queda divertido! jajaja

      Según me comentaron querían cerrar el consulado. La embajada no, claro. Aunque peores cosas se han visto.

      Me alegro de que te guste el blog.

      Pásalo bien!!

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