Sábado y domingo

Dos por el precio de uno.

El sábado por la mañana decidí involucrarme más con el proyecto “adaptación”, así que probé un nuevo alimento muy utilizado en los desayunos neerlandeses. Al verlo la emoción me embriagó, la imagen delataba su similitud con la ensaladilla rusa! además el bote era pura mahonesa (algo amarillenta). Al probarlo caí en la cuenta de mi craso error, y abandoné el proyecto triste y solo.

Los ducheses tienen la costumbre de embalarlo todo, meterlo todo en plástico. Dos cebollas, por ejemplo. Pero la versión 2.0 de este rasgo cultural es embotarlo. Ensalada embotada: mahonesa amarillenta con mil variantes. El resultado no se hizo esperar, mañanita de baño…

El pequeño percance no evitó que salieramos al mercadillo otra vez. Me muero de ganas por probar un pescado parecido a la lubina pero con tono amarillento, supongo que por el salazón, el problema es que Chloe es un poco reticente al pescado, y yo no me decido. Viendo los puestos de fruta recordamos juntos Alicante y deseamos viajar hasta allí para comprar millones de kilos de fruta fresca y dulce, como solo en Alicante nace.

Teníamos las horas contadas porque tocaba jornada laboral. Buenas noticias por la firma del contrato, malas porque está en dutch y no entendí nada. La embajaora’ me comentó que lo mejor era llevárselo para echarle un ojo allí antes de firmar; pero el jefe me hizo subir tres o cuatro pisos hasta llegar a su oficina, eran las dos de la mañana, y él, jadeando por el esfuerzo de las escaleras, no parecía con ganas de negociar una re-firma, así que opté por firmar, convencido de que la aceptación de un contrato en un idioma que demostrablemente no puedes entender no tiene validez (si hay algún abogado en la sala que me lo haga saber en comments).

El negosio se cerró a las 2:30, después de que un dj y su grupo organizador decidiera acabar con la fiesta planificada; él esperaba 100 personas, pero gracias a Dios, mis piernas agradecieron que acudieran solo 4 contados, más los propios organizadores, que sumaron 7. Desde las 17:00 concentrado en entender todas las palabras que me ordenaban mil platos y bebidas que no había oído en mi vida, fue de agradecer que no cerráramos a las otras 5:00.

Mi primera noche en el interior del restaurante fue peor de lo que imaginaba, allí conocí que los burritos eran de pollo y carne, y que primero pedían los estartes y luego el main plates y los main plates podían ir con side dishes y que los side dishes no recuerdo cuales son, así que directamente decía nombres ininteligibles, de esa manera los clientes optaban por no pedir nada, o simplemente pedir french frites, que era lo único que entendían dada mi pronunciación. Se dieron cuenta rápido de mi incapacidad, y entre enfadado y comprensivo el manager optó porque solo recogiera platos.

En el piso de arriba había una fiesta privada, un cumpleaños. Había visto subir y bajar a gente, chicas de unos 16 años, de origen indio. Cerca de las escaleras podías oir el punjabi modernizado, que sonaba muy similar al reggaeton. Por azar del destino tuve que subir al segundo piso, y permanecer en la barra sorprendido. Esperaba verlas bailar con ritmos repetitivos y espasmódicos estilo Bollywood, pero bailaban como en occidente! estilo streapers de bar barato; en el subidón punjabi incluso gritaban y levantaban los brazos fingiéndose alocadas mientras la amiga considerada fea socialmente miraba la escena desde fuera con cara de aburrida. Era curioso ver cómo se adoptan a fin de cuentas los mismos roles, las mismas actitudes.

La nota exótica de la fiesta la aportaba un joven, debía rondar los 30, y deslucía el pelo bajo un pañuelo atado al estilo Sikh, él junto a otro de menos edad, sin pañuelo, pero también de origen hindú, bailaban de forma extraña, imagino que a la manera de la India más rabiosamente moderna.  ¡Las chicas se lo estaban pasando bien! bailaban sin preocupación, se estaban abriendo paso a la juventud pisoteando la primera planta de un antro que fingía lujo plastificado, igual que su capitalismo pre púber bailaba a un paso que la vieja y encorbada Europa no podía seguir, tan solo le quedaba esperar, y alimentarse de los trozos de pastel mordisqueados que las niñas despreocupadas habían desperdigado por la mesa.

Aquella gente debía tener dinero. Alquilaban la primera planta de un restaurante situado en una de las plazas más turísticas de Amsterdam, y aunque en el restaurante no pagaban como si lo fuera, el ambiente exterior si lo era. Borrachos, drogados, fumados… por la noche, a esas horas, Amsterdam se llena de ellos, y de taxi bicicletas, que son la nota discordante de la noche europea.

El domingo, hoy, ha sido más perezoso que el sábado. Nos hemos levantado tarde, motivados por la cita que acordamos el sábado con un tipo que vendía su bici. 80 euros parecía un precio interesante que pagar dependiendo de cómo fuera el producto. Al final no la hemos comprado. En sí no era mala, una vieja bici típicamente holandesa, robusta, alta, grande, pesada, muy incómoda de conducir, con un freno delantero desgastado, y sin trasero. Me ha costado probarla, y muy poco rechazarla. Vuelta al hogar con Chloe sentada en la parte de atrás de la bici. Estoy haciendo piernas para la Giant y la Trek, mis dos amigas, a las que echo mucho mucho de menos.

La nostalgia por la montaña se está haciendo difícil de llevar. No se puede practicar ningún deporte en Holanda que exija un sacrificio tan grande como el de la montaña (en todas sus formas y estilos). Me he despertado esta mañana con las piernas temblorosas ante la falta de cuestas violentas, y he recordado con una melancolía entre alegre y dolorosa la última subida al Puig Campana con Raúl, el último pegue a la vía con Agus y las pedaladas tempraneras con Jose. Pero la realidad aprieta, el sacrificio de la montaña tengo que dejarlo en el del frío y el trabajo.

El Rain se está volviendo monótono y poco emocionante, pero siempre te da sorpresas que contar. En una mesa de la terraza se han sentado cuatro chicos, rondarían veintilargos treinta y pocos. Iban bien vestidos, con cortes de pelo modernos pero de raya al lado, ropa cara pero informal, querían lucir y han pedido cócteles. Me han dado tres o cuatro palabras en español, eran observadores… Tenían cara de españoles pero con la piel color hindú; no me podía imaginar su procedencia, así que con la curiosidad les he preguntado, y de nuevo en español esforzado, uno de ellos: yo soy de Irán. Era la primera vez que veía un iraní en mi vida! y hoy he visto cuatro de golpe! cuántas preguntas se han quedado en el tintero… sí, de esas que le gustan a Chloe…

Más tarde se ha unido al grupo otro joven, melenita rubia estilo serie americana de los noventa. Si era norteamericano probablemente serían  todos agentes secretos, o quizás niños de papá, ¿y espías de papá? ¿o niños secretos?, más bien lo último. En estos jóvenes más madurados también había dinero, o fingían tenerlo, porque a varios grupos de chicas les ofrecían a voz en grito invitarlas a cenar. Si los hubiera visto Ahmadinejad se les cae el pelo, al rubito el primero.

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