Los lunes: Van Gogh

Con mi contrato en la mano firmado y feliz, me he dirigido al sur de la ciudad, de nuevo Frederiksplein, al consulado. El jefe me había explicado por encima de qué iba la cosa pero aún así me he acercado. Como novedad: gente en la sala de espera, todos jóvenes.

Yo a estos sitios siempre entro fuerte, con garra. Hola buenos días a ver de dónde sois qué tal va la cosa por aquí contadme. Hay que hacer amigos cueste lo que cueste. Una chica rubia sentada estaba receptiva, al chico no le he dirigido la mirada porque nos daba la espalda. Y la tercera en discordia cruzaba el linde de la puerta repetidamente mostrando su indignación con aspavientos, era de Sevilla, su primer día en Amsterdam, y la que la observaba era su amiga alemana. A los cinco minutos ha subido un catalán que abandonaba la ciudad porque había acabado su erasmus, y en ese preludio vaciaron todos la habitación, dejándonos solos, para yo proceder al famoso holabuenosdíasaverdedóndesoisquétalvalacosaporaquícontadme (pero en singular).

Al pobre catalán le habían partido la nariz hacía un mes más o menos, y quería saber hasta qué punto estaba obligado a ir al juicio para cobrar la suculenta indemnización. Por mi parte… no ha sido de gran ayuda, pero la embajaora es una mujer amable y comprensiva, la madre de los españoles en dutchlandia; de hecho se llama Esperanza, y es bastante famosa entre los inmigrantes, que hacen siempre el inevitable juego de palabras: la esperanza de los españoles en Amsterdam. 

La entrada triunfal en la sala de espera ha sido en realidad un poco tímida. Me he sentado, y antes de lanzar la ronda de preguntas he ojeado algunas revistas que había sobre una mesa, todas sobre pesca… En ese momento, viendo tantos barcos y tanta normativa, he sentido que una gran parte de mi generación va a la deriva; me ha abrazado el vértigo de la lejanía. Desde alta mar la costa se aleja sin remedio, y en el buque zarpan junto a mí miles y miles de jóvenes que solo pueden ser conscientes del mañana inmediato. Al salir del consulado estaba el chico de la sala de espera junto a otros dos. Hablaban desenfadadamente, y he repetido mi entrada triunfal. València, Barcelona y Asturias. De todos los puntos llegamos. Y creo, por lo que se comenta, que somos muchos, cada día más.

Rezagadamente he desencadenado la bici, para ver si salía algún hispanohablante con el que compartir un rato de charla; ha sido catalanoparlant y chica, erasmus que había perdido el DNI. Hemos subido hasta la plaza Damm, estando yo seguro de que el Van Gogh estaba por allí. Está en la otra punta. Pero la bici es veloz.

Van Gogh es un tesoro cultural de este plano país, y aquí le sacan un jugo magistral a todos sus frutos. El museo, además de explicar el estilo de este pintor, ofrece el resultado de la investigación realizada en el año 2005 sobre el trabajo de Vincent Van Gogh, con lo cual estaba libre de proclamas patrióticas y armamento militar; ni siquiera guardaban como elemento morboso la pistola con la que se firmó el pecho, para morir dos días después.

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Es el clásico artista incomprendido que dedica su vida (10 años de su vida) a la pintura de manera febril. Comenzó ayudando a su hermano Theo a vender obras de arte, después decidió hacerse pastor de almas, misionero en las minas de Borinage, en contacto directo con los trabajadores. Tras esta experiencia, a los 27 años, nació el pintor.

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Fue gracias a su hermano Theo, y tras su muerte, a la viuda del mismo, que juntos conservaron tanto las cartas como las obras de Van Gogh, y lucharon por poner a su hermano a la altura de los grandes pintores que en vida sí habían vendido algún que otro cuadro. Parece que los dutchs, tanto monarcas como gente de baja casta, cuando se plantean algo lo consiguen, reportándoles a su vez pingües beneficios.

El museo Van Gogh está situado en Paulus Potterstraat, número 7, y he visto allí una de las cosas más curiosas y contradictorias de la postmodernidad cibernética.

Los museos de Amsterdam están preparados para soportar una gran cantidad de visistantes, para ello, se pueden evitar largas colas comprando las entradas vía internet, son los e-tickets, pero… por ironías del destino, tanta gente había adquirido sus e-tickets, y así ahorrarse la cola de la compra, que se había formado una larga cola de gente que tenía este tipo de acceso, y los poseedores de e-tickets, junto a los de museumkaart, entre los cuales me incluía, nos limitabamos a mirar con cara de Van Goghs en la primera imagen, a los visitantes que sin entrada previa podían subir antes los cuatro pisos del edificio y admirar el gran trabajo curatorial de una exposición dedicada a enseñar cómo cuándo y por qué pintaba así Van Gogh.

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Esta imagen es un detalle de la obra Prisioners exercising (after Doré) pero también podría llamarse: visitantes con e-ticket o museumkaart en la cola del museo.

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