Canales (II)

Uno de los canales que destaca por su anchura es el Amstel, como la cerveza. A sus orillas nació su fábrica, ya que el agua del río era básica para su producción, porque Amstel es un río, no un simple canal. La ciudad, con calles estrechas, se abre a su paso, creando espacios diáfanos donde parece que haya acabado el centro urbano para dar comienzo a algún que otro edificio perdido por el extraradio. Solo una apariencia, la ciudad continúa pero en verdad se divide con dos núcleos marcados: Amstel, y más allá de él.

La presencia del río es equívoca, nace de la nada, se inserta en la ciudad sin previo aviso; sus aguas son distribuidas mediante tuberías por debajo de las calles, especialmente de la calle Rokin, principal arteria de Amsterdam donde podemos encontrar el Adecco u otras empresas de trabajo temporal, que siempre tendrán para tí una sonrisa y una negativa ante la desventaja de no ser dutch.

Amstel, la cerveza nacida de sus orillas, es una de las más famosas cervezas holandesas, pero como manda la ley del mercado, fue engullida por la más potente: Heineken, que era dueña también de Águila, a la cual le anexionaron el nombre del río, discretamente, para eliminar el águila cuando estuviera Amstel inscrito en el abecedario colectivo. Todavía tengo en la cabeza la cancioncilla que utilizaron para promocionarla.

El poder de los dutchs para con lo suyo es conmovedor. No hay Carrefour, solo hay dos Decathlones en todo Neederland y tampoco podemos encontrar ¡Mercadona!, el hacendado Roig vendría muy bien en algunos casos. Así como en el aspecto social son abiertos y considerados, cuidan con esmero lo relativo a su economía, a lo importante de su economía. No van a protestar porque un español trabaje en un restaurante en Amsterdam, pero dudo que permitan la compra de Heineken por… por… no se, por alguna empresa española de algo.

Ayer llovió fuerte, muy fuerte, durante unos cinco minutos, en los que hubo un desconcierto importante por tener que dar cobijo a 20 personas a la vez en el restaurante. Una de esas mesas eran 10 mujeres alemanas que comprobaron cómo a pesar de pertenecer a Heineken, Amstel sigue innovando para ofrecer nuevos productos: cerveza con limón. Era una novedad en el Rain, justo aquella tarde me informaron de que existía en las neveras, y ocho de cada diez mujeres la consumen según las estadísticas del sábado. La cerveza con limón a mi me da náuseas, reales, y como zarandeado por la corriente del río o impulsado desde una de sus tuberías, me sobresaltó también el precio que el encargado había decidido: for iuro. Four euros?! (siempre pronuncio todas las letras) para después apuntarlas en el ordenador con un valevale triste por el abuso. Creo que se sintieron temblores en la calle Rokin fruto de la ira del río. A mi me convenía que las mujeres se marcharan contentas, sin pensar que les habían estafado, para que así dejaran mejores propinas, y pudiera entonces pagarme más alegre la bicicleta que adquirí el sábado por la mañana.

Por 75 euros, con un lock que supuestamente valía 25 euros, pero me lo dejó por 10. Yo estaba muy satisfecho de mi compra, había negociado el precio con resultado favorable, pero al acabar la noche una compañera, polaca que ha vivido en España, tiró por los suelos mi excelente transacción. Me confesó que por las noches, los yonquis van dando vueltas por ahí, parando a la gente, o entran a los bares preguntando si alguien necesita una bici. Son robadas, por supuesto, pero por 10 euros puedes incentivar el robo de vehículos y el mercado negro de las dos ruedas, aportando además nuevas frescas drogas al tratadista. De una compra así se trasluce “to lo malo”, pero por 20 euros puedes tener una muy buena bicicleta; si me la roban no se si volvería a pagar 85…

La cuestión es que ahora tenía una bicicleta para viajar a donde quisiera, y Chloe y yo podíamos ir juntos sin necesidad de llevarla sentada en la parte de atrás (lo cual me estaba poniendo muy fuerte para batir a Raul en las subidas brutales de Alicante y provincia), esas ganas de viajar a donde quisiera nos llevaron el viernes a cenar a un restaurante indonesio. Estaba decorado con madera estilo bambú en las paredes, donde colgaban fotografías de playas y otros paisajes de Indonesia, las mesas estaban sustentadas por troncos partidos, y la barra, situada al fondo del local, imitaba el estilo de las de los bares de playa, cubierta incluso con un techo de paja o palmera. Chloe me dijo que imitaba bastante bien los puestos playeros de Malasia.

En Amsterdam es frecuente encontrar restaurantes indonesios, mucho más que chinos o japoneses; la gastronomía es similar a la de aquella zona de Asia, especiada y generalmente picante. En aquel restaurante ofrecían zumos de fruta tropical para acompañar la comida, escogimos uno rosa, un batido particular, me podría haber bebido unos cinco litros, era dulce.

Para comer compartimos una especie de bolas cubiertas de masa similar a la del rollito de primavera, parecido al chino wan tun frito, y una verdura, bueno, el fruto de un árbol, frito como una patata, era pangsit goreng kupruk emping.

De plato principal ella pidió bami goreng satch, una mezcla de carnes acompañada de noodles, una de ellas era ternera, y la otra pollo como brochetas, con una salsa de cacahuete que, creo, se llama sate, y está increible. La ternera picaba ligeramente, la misma que tenía yo, pero acompañada con arroz y algo que parecía col, pero anaranjada, el plato era rentang, y el picor era progresivo, al principio inoperante, suerte que podía aliviarlo con el batido, ¡que placer cada sorbo!

El restaurante se llama PADI, y está situado en Haarlemmerdijk, número 50. Una calle repleta de bares, restaurantes y tiendas de comida para llevar, algún que otro coffee shop, tiendas de bicis y una pequeña galería de arte. No dejan de pasar bicicletas, y para cruzarla tienes que tener mil ojos. Es una calle animada, viva, con terracitas que no sobresalen demasiado, pero delatan la vitalidad de la zona.

Para ser Amsterdam, el PADI es barato y bueno, un billete hacia Asia a través del paladar a un precio asequible. Allí Chloe y yo soñamos con viajar lejos, lejos de esta lluvia, a algún lugar donde podamos beber zumos de frutas, y tuve la sensación intensa de querer conocer más de todo lo que se esparció por la pangea, y se ha desarrollado bajo un mismo patrón pero con diferentes engranajes, que han aportado al mundo mil culturas y mil sabores.

La cocina es un aliado del viajero. Ayer me sorprendieron unos pastelillos de fresa, con frambuesa dentro, típicos de Neederland. Mañana os diré su nombre, ahora Chloe duerme y es la que lleva el apartado “dulces”.

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