Bizcocho de Europa

Mientras el cocinero italiano hacía una pausa después de servir comida a un restaurante abarrotado (terraza y salón incluido), comentábamos la jugada. El martes vino mucha gente, no dábamos abasto. El encargado estaba contento y recibimos un buen dinero en propinas.

Otros días, el trabajo es menor, en la terraza apenas hay gente y dentro, si hace buen tiempo, ni un alma. Entonces se acercan los empleados más longevos y comentan la jugada: esperábamos lleno todos los días; el año pasado no fue así… Es un secreto a voces que la economía neerlandesa se resiente, hoy informan periódicos de este hecho, y proclaman el peligro del ascenso antieuropeista de discurso fascistoide en paises de la UE.

En mi trabajo, excepto dos camareras que vienen los fines de semana, todos somos de procedencia extranjera, aunque varios criados en Neederland desde niños. La cuestión es que entre nosotros no hay disputas de supremacía, entre los trabajadores hay africanos y caribeños, europeos viejos y recientes, jóvenes y mayores. Convivimos de la mejor manera posible, entendiéndonos y compartiendo visiones de dónde venimos y cuáles son nuestros sueños. No peleamos, no debatimos sobre quién paga más o menos, sobre quién recibe mayor salario; no buscamos culpables si nos olvidamos una bebida o si se rompe un vaso.

Demostramos que la única manera de seguir adelante es estando unidos, limando asperezas, sin crear disputas, asimilando nuestros errores y buscando la mejor manera de solucionar los conflictos. Con los pies en la tierra, en la tierra sin nombres de paises.

Debajo de la tierra que pisamos, los adoquines de Amsterdam, curiosamente, hay arena de playa, y si sigues excavando: ¡agua!, quién lo hubiera dicho. Aquí es donde he visto por primera vez máquinas de drenaje mientras realizan obras, destinadas a absorber el agua que emerge de cualquier agujero más profundo de lo normal. La arena es gruesa, amarilla, no parece que haya estado sepultada quizás cien o más años, y es divertido ver cómo se embarra todo cuando, extrañamente, llueve. Quizás por esa facilidad de llegar a la arena, y puede que también por el constante frío, no hay piscinas; y eso que a veces apetece darse un baño, cuando la temperatura es ligeramente mayor de lo normal.

Este mundo está construido sin equilibrio, allí donde hace calor, no hay agua en la que bañarse o es cara, y donde hace frío, sobra agua. Además el agua de Amsterdam no está limpia. Los canales, los estanques de los parques… dan la impresión de no ser los mejores lugares en los que nadar. Espero que tengan buenos sistemas de potabilización, porque la principal fuente para vencer la deshidratación es el agua del grifo; esa es otra particularidad de Amsterdam, está llena de agua pero el ambiente es seco, los labios se cortan, la piel se endurece y tienes sed constantemente.

Por eso en Amsterdam es fácil experimentar, irónicamente, las desventajas de un desierto: tienes sed y te desorientas. Entre los laberínticos canales y las casas tan similares, es fácil nublar el sentido de la orientación, y cuando crees pedalear hacia el Norte, un punto de referencia conocido, que suele ser un campanario, te indica que vas completamente al revés. Supongo que será por la estúpida manía que tiene el sol aquí de no salir, o la falta de un castillo de Santa Bárbara, o cuestas desde donde ver el mar y poder situar al menos el Este, para buscar con nostalgia Nueva Tabarca.

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