No más Singel

Ya no tenía que recorrer Singel nunca más. No porque me hayan echado, o he encontrado otro trabajo mejor, que me permita pagar la nueva casa con más holgura: nos hemos mudado. Aún no tengo las notas con los nombres de las calles que recorro, pero se que no es tan directo, serpentea, cruza puentes y varios barrios, alguna que otra arboleda y pequeños parques, siempre por el carril bici, elemento básico de la ciudad.

El apartamento es pequeño, tan pequeño que la luz lo inunda, con amplios ventanales. El barrio no es el más lujoso de la ciudad, está alejado, al sur, a las afueras de la ciudad. Está flanqueado por dos parques, Amstelpark De Oeverlanden. De Oeverlanden es gigante, sería un bosque en Alicante, es tan grande que tiene un lago, es tan grande que todas las veces que me he perdido volviendo a casa voy a parar allí, pero todavía no me atrevería a describirlo en su profundidad, siempre ha sido de paso. La naturaleza tan cercana hace que por la mañana se escuchen los pájaros, es un barrio modesto, a las afueras, pero no hay carreteras que lo circunden.

Ahora mismo, parece que para templar mi nostalgia, el sol ha salido, y con leve intensidad del norte calienta mi espalda.

La arquitectura de barrio residencial tiene un planteamiento diferente a la alicantina, edificios bajos, de tres plantas quizás cuatro, sin necesidad de grandes habitaciones, pero conscientes de la importancia del silencio y la luz, del entorno tranquilo y arbolado, donde crecen conejos y mil aves diferentes, siendo el cuervo y la urraca los más abundantes.

Hace poco un holandés me dijo que en Amsterdam había un problema de espacio, lo cual favorecía la burbuja inmobiliaria que se está creando. Creo que el problema radica en que hay un conflicto entre conciencia y economía, entre entorno y economía; el expolio de los espacios públicos está limitado, y parece que directamente a los constructores no se les ocurre ni proponer construir en una “zona verde” (dudo que tengan ese término).

Es un apartamento pequeño, el salón y la cocina anexionados, un cuarto de baño pequeño, pero con la ducha integrada en la habitación, donde solo cabe una cama y un armario. El detalle de la ducha en el dormitorio es peculiar, pero al final te acostumbras, y hasta te gusta tenerla tan cerca de la cama.

 

En cuanto a la vida fuera de casa, el domingo por la noche viví un momento memorable, una nueva experiencia. En el piso de arriba del restaurante tenía lugar una fiesta de ingleses. Empezó a las 4 de la tarde y cuando tenía que acabar, ellos no quisieron, y a la una de la mañana uno de ellos desató una pelea contra el portero, a partir de ahí la tensión fue en aumento, y cuando subí las escaleras alertado por el ruido lo único que pude comprobar fue un amasijo de hombres yendo de un lado para otro en piña, movidos por la inercia de la batalla.

Decidí que lo más sensato, al no poder reconocer amigos y enemigos, era echar a los rezagados y curiosos que se apelotonaban en la escalera. Fue una pelea western, donde no faltó ni el típico borracho que pasa toda la noche durmiendo y levanta la cabeza segundos después de la pelea y dibuja el cómico gesto: qué demonios ha pasado aquí.

No es una buena idea juntar alcohol e ingleses, menos un domingo, que es el día del señor.

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