Entre la ciudad y el bosque

Ayer estaba solo y tenía el día libre. Decidí tomar uno de esos tours por la ciudad, en los que tienes que pagar una propina libre y opcional, pero recomendable y necesaria, al guía. Son visitas ligeras, paseo por la ciudad bajo el sol abrasador de ayer, porque esta ciudad no se pone de acuerdo con el tema “tiempo” y se arrastra por la bipolaridad estacional.

Podría explicar la visita, pero tendría que ir acompañada de imágenes y además os desvelaría el viaje a Amsterdam. Decir como curiosidad que Amsterdam viene (según el guía) de la mezcla de Amstel, río principal, y dam, que significa presa en dutch. Como hemos visto, esta gente no se complica demasiado la vida, los marineros que fundaron la ciudad decidieron tomar el camino fácil, en cierta manera decidir construir una ciudad en medio de un pantano tampoco es “el camino fácil”, pero ya que la empresa fue tan ardua debieron pensar que los nombres no serían rebuscados.

Llevaba en la mochila el uniforme de super camarero, por si había algún cliente en apuros que necesitara beber algo, y por otro lado pasar desapercibido como un turista más entre las chicas de inter rail, los sudamericanos viajeros y la pareja de españoles mayores, en la que el marido se quejaba y la mujer le reñía… También la llevaba porque trabajaba esa tarde…

Como hacía sol, la jornada de trabajo fue potente, pero conforme se apaciguaba la faena podía reencontrarme conmigo mismo en aquella terraza y analizar a los clientes. Comprobar como un marido arropaba con el brazo a su mujer, debían rondar los setenta, el gesto de cariño me llamó la atención. En ese momento de ternura pública me llegó un olor especial y un viento frio, como cuando abres la tienda de campaña y sientes la mañana pura en medio de la naturaleza arrebatándote el sueño, ayer Amsterdam olía bien, no se de dónde venía el viento pero traía buenos aromas, que me llenaron de nostalgía hacia las montañas, aplastadas aquí por no se qué maldición injusta, haciendo la vida difícil de comprender y los mapas imposibles de descifrar.

Ante esta nostalgia decidí visitar el lugar de naturaleza más salvaje de Amsterdam, no podía ser otro que el Amsterdamse Bos! si, de nuevo con su pragmatismo. La traducción es: el bosque de Amsterdam. Aunque el nombre remita a un conjunto de árboles nacidos sin ningún control, se trata de un parque, organizado, pensado y diseñado. 

Ya rondaba por la cabeza de expertos hacia el año 1900, como alternativa de ocio en la ciudad y como zona verde, pero sería 27 años más tarde cuando se plantea en todo su esplendor, bajo el plan conocido como Boschplan (lo han vuelto a hacer: “el plan del bosque”, claro), entre unas cosas y otras el plan se fue postergando hasta que llegó la crisis, y en el año 1934 se pensó que era idóneo para acabar con el desempleo, una especie de Plan E, el Plan H… no, se integraba dentro de la tónica general llevada a cabo también en Estados Unidos, donde hicieron autovías. 

Gracias al impulso keynesiano de la economía, 20.000 trabajadores cultivaron para dar ahora un bosque de cerca de 1000 hectáreas, convirtiéndose en uno de los parques más grandes de Europa.

El parque combina praderas amplias con caminos asfaltados que circulan entre los árboles.

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Algunas de las praderas las acaricia un río, donde audaces marinos se baten contra las olas en sus canoas

 

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La otra cara de la moneda, la pradera, está plagada de holandeses más valientes si cabe, que se enfrentan en sus bikinis a posibles resfriados por el acto heróico y persistente de muchos de ellos: tomar el sol cuando no hay sol.

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En este parque he comprobado la importancia del cricket en la cultura holandesa, he visto mi primera pista de carreras de remo (del año 1937), una piscina exclusivamente para niños y miles y miles de campos de fútbol de césped ¡no artificial!

 

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Hay porterías como estas desperdigadas por todo el prado.

Mi entrada ha sido triunfal, he dado varías vueltas por el mismo sitio, completamente desorientado. Los holandeses podrán entender mucho de verdes, se destilan miles de tonalidades de las hojas de los árboles, pero nunca entenderán de luz. La luz aquí es uniforme, el cielo es el mismo y el sol brilla por igual en todos los puntos, sin apenas cambios en su tonalidad a lo largo del día. La luz no incide, solo ilumina. Eso hace difícil la orientación, porque además el sol no siempre está a la vista, y te obliga a pasar por donde ya has pasado, en parte positivo porque puedes volver a observar los detalles, los colores verdes intensos de los claros en el bosque, y los más oscuros, ocultos a la luz por las espesas ramas, que otorgan al bosque la potencia de lo salvaje, puro embrujo del hombre, que tardó más de 30 años en construirlo.

Uno de los carteles que más me ha desorientado era este:

 

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He interpretado al principio que significaba algo así como “no hagais bromas”, o uno más realista estilo: “aquí se acaba el parque”, por eso he dado varias vueltas, hasta aventurarme y atravesar uno de esos paneles malditos. Tenía que resolver el principal enigma: fietspad. Buscándolo en internet me he percatado de que es más común de lo que creía, y que su traducción no es otra que: “bicicletas, no toqueis el timbre”. No tardaremos en ver una camiseta con ese estampado seguro.

Supongo que lo del timbre será para no romper la paz de las 200 especies de aves, entre las que he visto a los típicos protagonistas también presentes en la ciudad y que veremos a continuación, pero también a pajarillos nerviosos infotografiables que volaban de un lado a otro veloces, buscando algo de alimento.

 

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Un cuervo intenta marcharse disimuladamente para no ser fotografiado. No lo ha conseguido nuestro amigo, así que podemos disfrutar de esta ave tan alucinante, aunque para alucinante la dignidad absoluta de la garza real.

 

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O la simpática y entrañable familia de patos. En la soledad del parque he podido analizar mi interior, escuchar a mi corazón y preguntarme por qué el graznido de los patos me hace reir estúpidamente.

 

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Por último, una muestra de la gran variedad de verdes, como clausura de la entrada de hoy:

 

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7 thoughts on “Entre la ciudad y el bosque

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