Tropenmuseum, Escher y arte islámico

Los domingos siempre son días de tensiones, sobre todo si el sábado has ido a Ikea a última hora para comprar una cama, y antes de salir te das cuenta de que necesitas un colchón para la misma.

A contrareloj deshicimos el Ikea. Si su recorrido habitual ya parece eterno, hacerlo en contra lo dilata, lo prolonga hasta perder la noción del tiempo y el espacio, convirtiéndolo en infinito, en algo abstracto, comprendido por muebles de geometrías puras y lineas marcadas, como el arte islámico o los grabados de Escher.

Así que eso hicimos el domingo, fuimos a ver una exposición sobre la influencia del arte islámico en Escher.

Mauricius Cornelius Escher fue un artista gráfico holandés, famoso por su interés por las matemáticas, las arquitecturas imposibles y el infinito, es muy conocido el grabado de escaleras que conducen a otras escaleras que lleva a la misma escalera, recorridas por hombres destinados a caminar durante toda la eternidad.

 

escher          A este detalle de la obra me refiero.

Conocí esta pieza del artista gráfico desde mi más tierna infancia, con ella pasé horas y horas intentando adivinar cómo llegar a las habitaciones  inferiores. Colgaba esta delicada pintura en una pared de mi casa, dándome así mi padre el entretenimiento de horas de reflexión y paranoia kafkiana de lo imposible y lo ilimitado.

 

escher II          (sí… esta también estaba colgada)

 

La cuestión es que nunca había oido hablar de la influencia del arte islámico en Escher. El artista holandés visitó la Alhambra en 1936, y desde ese momento los juegos geométricos mediante figuras, codificadas en obras abstractas, se convirtieron en un referente creativo.

 

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Para muestra un botón. La favorita de Chloe en la colección. Se llama Sistema triangular, data del 1952. Forma figuras abstractas que podrían recordar a un caleidoscopio,  mediante lagartijas, pájaros y murciélagos. La gracia de ello, es que si no estuviera limitado por un espacio, la imagen se expandiría sin límite alguno. Es el infinito representado geométricamente, llegando a la abstracción. La misma abstracción alabada en cuadros del siglo XXI, es la que utilizaron ya en el siglo XIV (aunque también antes) con obras que decoraban páginas de manuscritos del Corán:

 

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Se trata de un manuscrito elaborado en Irán, entre el 1330 y 1340. Dicen que los musulmanes, ante la imposibilidad de representar figuras, dedicaron sus esfuerzos en perfeccionar la decoración y linea de las letras, con lo cual alcanzaron ese nivel de abstracción, modelo que repetirían también en la decoración de cofres.

 

 

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Esta pequeña joya, del mismo lugar y época, tiene tallado en placas de oro y bronce motivos caligráficos, pero también vegetales y figuras geométricas. Sigue el mismo concepto que tomó Escher para sus obras, como podemos ver en esta otra litografía suya.

 

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Su nombre es revelador: Orden y Caos, del 1955.

Otra muestra interesante de arte islámico es esta obra:

 

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Es una miniatura elaborada cerca del año 1795 en Mewar, la India. Hay que añadir que las obras expuestas junto a los grabados de Escher no fueron necesariamente vistas por él, de hecho esta se aparta un poco de la tendencia pictórica, al ser figurativa. Lo que no se puede negar es que queda muy bien y es muy útil para destacar la imposibilidad de hablar sobre “arte islámico” como tal, aunque para simplificar haya sido utilizado en el título de la exposición: Escher meets Islamic Art.

La exposición es muy mental, racional, fundamentada en la teoría y acompañada con obras de origen musulmán que, si bien pretenden ilustrar la influencia de la Alhambra en Escher, al final atraen por si solas por su unicidad y belleza. La abstracción “islámica”, aunque con racionalización matemática, conduce a la meditación y espiritualidad, atrayendo, y creando por sí sola una exposición.

Las obras son escasas, y ocupa esta exposición una pequeñísima parte del museo, denotando su calidad de reclamo al Tropenmuseum!.

El museo es el clásico de antropología, aunque se trata más bien de “museo de zonas tropicales”. Tropen es algo así como trópico o tropical. Está dividido en dos pisos, y lo que nos encontramos nada más bajar del ascensor en la segunda planta hizo que Chloe y yo pusieramos la misma cara que nuestra amiga procedente de la costa central de Perú, y que vio la luz del sol por primera vez entre el año 1000 y el 1460.

 

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Estábamos en el museo de antropología sin saberlo! De nada más y nada menos que cuatro plantas. Entresuelo, cero, primera y segunda (donde comenzamos). Las exposiciones permanentes se encuentran ubicadas en las dos últimas.

La historia de este museo es muy curiosa… existía un botánico llamado Van Eeden, alto cargo además del gobierno dutch. Este buen hombre decidió coleccionar todo lo referente a las Indias del Este en su ático, hasta que en el 1865 se percató de que era imposible seguir almacenando cosas y se mudó a Haarlem, para en el 1871 fundar el mencionado museo: Museo Colonial. El nombre lo dice y lo abarca todo, una manera de pensar de la época y pocos complejos a la hora de demostrar el poder de ultramar aún sellado con sangre. De hecho, el museo fue creado para favorecer el contacto de los dutch con las colonias, con los productos de las colonias, y así darles más tirada comercial. Esta gente lo plantea todo bien, muy bien.

En el año 1900 se comenzó a proponer otra ubicación, pero las alegrías de los gloriosos años de conquistas se convirtieron en tristes guerras intercontinentales, que provocaron que la reciente Colonial Institute Association no estableciera su base hasta 1926, dieciseis años después de su fundación. Esta fundación se dividió en tres departamentos: Productos Tropicales, Higiene Tropical y Antropología cultural. Todas ellas dedicadas al estudio en su materia.

Resulta curioso el nuevo cambio, tras la II Guerra Mundial, comenzaron los complejos y las falsas etiquetas. Ya no querían tener nada que ver con las colonias, y aún estando en posesión de Indonesia, en el año 1945 se denominó Indisch Instituut, o lo que es lo mismo “Instituto de las Indias del Este”. Sutiles.

Ya en el 1949, cuando Indonesia recuperó su independencia decidieron disimular, como si no tuvieran nada que ver con la situación, y pasaron a denominarse: Royal Tropical Institute. 

A finales del siglo XX, y con un abundante y copioso baño, se dieron un lavado de cara, para despertar tras tres años de remodelación convertido en un centro para mostrar cómo viven en el Tercer Mundo, su día a día, el hambre, la pobreza y otros desmanes.

Si que hay que reconocerles que en ese lavado también decidieron hacer autocrítica, y reconocer las brutalidades llevadas a cabo para conseguir, por ejemplo, el cultivo del azúcar. Para resumirlo: Holanda tomó posesión de una región situada al norte de Brasil, conocida como Surinam, para cultivar el azúcar transportaban a africanos en barcos, de la siguiente manera:

 

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Los movimientos de población causaron miles de muertos, y las condiciones de “vida” eran pésimas después en las plantaciones, donde trabajaban como esclavos. No todos soportaban ver morir a sus familias o partirse bajo la sombra de un látigo, así que escapaban, internándose en la jungla para crear allí pequeñas comunidades, conocidos como maroons, los cuales perviven aún con ese nombre y su identidad luchadora.

 

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Lo más divertido del tema es que en el año 1863 se abolió la esclavitud en dicho país, una nueva puerta se abría para los habitantes de este territorio… y se cerraba para los de Asia. Los holandeses con dinero y poder, gentes de bien, aprovecharon su poder en Indonesia y la India para enviar miles de sus habitantes, pagándoles un sueldo mísero por trabajar como anteriormente lo habían hecho los esclavos.

Actualmente en el siglo XXI utilizan un contrato, conocido como “0 horas”, mediante el cual te asignan horas en función de la necesidad de la empresa, teniendo derecho sobre tu persona si te llaman ocho horas antes para acudir, con buenas maneras y gesto agradable, al trabajo. Los contratos precarios para el cultivo del azúcar obligan a pensar en los actuales, aquí o en cualquier otra parte del mundo. El pasado a veces nos planta en la cara las visicitudes del presente y no somos capaces de contrastarlas.

El museo es muy grande, con mucho material mostrando diferentes culturas, unidas por los mismos miedos y esperanzas.

 

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Este anciano, tallado en Bali entre el 1925-35, es una representación del paso entre la vida y la muerte, y a pesar de ser una creación tardía, conserva la misma inquietud y miedo a lo desconocido, que algunas creadas mil años atrás. Como el cormorán, moldeado en Perú en el año 1200, ave caracterizada por traspasar a través de dos mundos.

 

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No solo encontramos figuritas dedicadas a la muerte y la vida, también hay una sala que reproduce una de las colecciones de objetos exóticos, desde animales hasta armas.

Le pedí a Chloe que escogiera la que más le gustaba, y esta fue su elección

 

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Es una espada de un rey de Indonesia, el arma se llama Kris. Su empuñadura es alucinante, confeccionada con marfil y adornada mediante oro y diamantes. Para matar con clase.

 

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Esta chica sabe escoger entre lo bueno… aunque a veces haga excepciones.

 

Después del museo, ansiosos por impregnarnos más de lo exótico, fuimos a comer a un restaurante de comida del Surinam, con absoluta humildad y desconocimiento, pedimos el supuesto bocadillo que estaba entre los top five: bakkeljauw. 

El dependiente nos observó cautelosamente mientras añadía sonriendo: es pescado eh?. Quería evidentemente decirnos: no pidais esto porque no os va a gustar.

Era pescado, y sabía a pescado. Sabía mucho a pescado, sabía como huele el mar. Pero los percebes también y son un producto de lujo! así que lo disfrutamos como manjar que era. Para luego probar aventuradamente el roti rol. La idea es básica: patata, judía verde y pollo al curry metido en un rollo de maiz, estilo tortita; no era tan exótico.

En mi sed de exotismo pedí una bebida para mi conocida solo por una canción: zumo de tamarindo. Es un jugo parecido a la misma, cuando lo pruebas no puedes dejar de beberlo. ¡Pulpa de tamarindo!

La nota discordante del día soleado: atraidos por una paella gratuita visitamos un supermercado famoso en Amsterdam por ser caro, biológico y de lujo. Al final la paella se había acabado, pero tenían nachos y palitos de queso entre los estantes para probar, así que salió bien la jugada… pero digo discordante, porque en aquel mercado todas las dependientas eran dutch, y recién salidos de un museo que denotaba el racismo vivido tan solo dos siglos antes, estábamos sensibles a cualquier expresión del mismo, y fue así como entendimos que nadie del personal fuera de ninguna de aquellas colonias que con tanto placer y alegría han sido conquistadas por la Vieja Europa: el racismo persiste y la esclavitud también.

 

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One thought on “Tropenmuseum, Escher y arte islámico

  1. Hola Carlos. El Escher este me recuerda un poco a un compatriota suyo de hace unos siglos. Me refiero a El Bosco. Me recuerda los cuadros en los que hay bastantes figuras humanas de un tamaño pequeño. La forma de pintarlas, sin mirar a la cámara diríamos ahora, parece que las despersonaliza y las empequeñece aún más. Crean unas atmósferas un poco alucinantes. Son artistas con personalidad propia muy definidas, reconocibles. Por otro lado, el arte geométrico es curiosísimo, infinito.
    Luis

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