Al agua de Agosto

Chloé y yo sabiamos que las oportunidades de bañarnos en una playa se están acortando. Poco a poco avanzará el frío aterrador del cual nos advierten los que lo han vivido. Pero mientras disfrutamos de uno de los últimos fines de semana de Agosto, de viernes soleado y sábado caluroso, hasta las siete de la tarde, que ha roto a llover. El viernes, siendo mi día libre, decidí escaparme al consulado para tramitar mi seguro médico. En Holanda tienes que pagar un seguro privado, a pesar de que pagues tus impuestos. Nadie me supo explicar cómo funcionaba exactamente hasta hace unos días; me comentaban que funcionaba por franquicia, pero lo único que se de franquicias es McDonalds, Burger King o derivados, entonces los puzzles de la intriga no acababan de encajar bien en mi cabeza. La mejor recomendación: tu ve al consulado que allí te lo hacen todo en un momento.

Pero el momento se convirtió en media hora de amable charla con una pareja canaria sobre situación laboral en la sala de espera, así que decidí irme, recoger a Chloé y pedalear hasta Amsterdamse Bos, recordando de nuevo que me perdí fui precabido, y dejé que ella me guiara a donde podriamos nadar.

Un embalse, o quién sabe, uno de esos lugares llenos de agua que hay por Holanda, agua estancada, agua que emerge de la tierra, agua que llega de un río o del mismísimo mar, o agua que cumple todas las características a la vez. El lago está flanqueado por dos embarcaderos, es rectangular, de 300 metros de ancho aproximadamente, cruzado en todo momento por lanchas, pequeñas barcas a motor, veleros y motos de agua. No es el lago idílico en el que lavarse de las inclemencias del día, reposando en las orillas de arena fina y dorada, pero hacía más de tres meses que no metía todo mi cuerpo en agua, entonces todo era bueno. Además, en el agua, no tan helada para estar al norte, compartimos baño con varios patos, que buscaban comida entre los juncos de la orilla.

Acariciados por los flecos del verano nos sentamos en un banco para que el viento nos secara, de camino a casa intentamos atraer la atención de varias vacas moviendo ramas y haciendo ruidos, pero solo conseguimos un leve movimiento de cola y extrañas miradas de los pocos caminantes del parque (he escrito intentamos pero evidentemente solo fui yo el que hizo aspavientos y mugidos). Ya en casa, para celebrar mi bautismo, preparamos unos cócteles: el kiwi ronananás, hecho con una base de zumo de piña, siete segundos de ron, hojas de menta, dos cucharadas de azúcar moreno, medio kiwi y el ingrediente secreto, aunque no necesario, bien batido con hielo y alegría, como se bate el melrum: un susto de licor de naranja, siete segundos de ron, hojas de menta, una cucharada de azúcar moreno, una rodaja de melón en brunoise, un poco de agua para que no quede demasiado espeso y escaso zumo de piña para suavizarlo (también el ingrediente secreto), dejamos reposar la mezcla con un poner la mesa y preparar los platos, para agitarlo después, y beberlos… claro.

 

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Al oeste de Haarlem, el tiempo y el ser humano, que son los dos agentes que han participado en la construcción de esta gran llanura oranje, han querido ubicar un parque nacional: Zuid-Kennemerland. Son 3.800 hectáreas de dunas, coronadas por bosques de pino, que las agarran con firmeza al suelo, y rodeadas por robles y arbustos. Son leves colinas, extremadamente leves colinas, que hay que atravesar para llegar a la playa, ¡nuestro real objetivo del día! ¡Estaba ansioso por ver el Mar del Norte! Me habían advertido de su bravura y quería sentir el brutal rugir de las olas, el miedo de atreverme a meter un solo pie en un mar que debía estar helado y repleto de misterios en su interior, donde habían desembarcado tropas durante la II Guerra Mundial, porque el parque estaba asediado por desolados búnkeres de 1944, y sobre el que debían volar rapaces del parque y gloriosas aves marinas en busca de alimento. Este fue el hallazgo:

 

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Un mar plano como una balsa, opaco, de agua marrón. La arena era bonita, amarilla, con restos de conchas algo oscuras y fragmentos de navajas, también entre la arena había restos de cangrejos, y podías acercarte un poco a las gaviotas. Hice un ejercicio de memoria para adivinar que era la primera vez que me iba a bañar en un mar distinto al Mediterráneo, para mi era todo un evento. Nuevamente la temperatura del agua no era para tanto, el nombre le da una equivocada fama: ¡Mar del Norte!, solo de escucharlo te estremece. Una vez dentro del agua, cubriéndonos hasta el cuello, Chloé se percató de que la corriente atravesaba entre los dedos dando la impresión de poder palpar algo, yo también me di cuenta, era una sensación extraña… hasta que en un movimiento de mano Chloé atrapó entre los dedos una de esas “corrientes”. El Mar del Norte estaba plagado de miles de ellos, como pequeñas medusas, de medio centímetro de diámetro, rodeándonos por completo, era como bañarse en una olla de lentejas de gelatina gigantes… al salir nos dirigimos inmediatamente a la caseta del socorrista. Me llamó la atención encontrar una caseta allí, en un mar tan plano, pero el socorrista era un hombre de unos sesenta años hiperbronceado, todo cobraba sentido, además lo encontramos regando la parte de atrás de la caseta, regaba la arena. Le preguntamos pero la única respuesta fue en dutch y señalando en varias direcciones. Yo entendí: si! está lleno de ellos! no! si! por allí! por acá! ocupan dos kilómetros de playa!. Chloé interpretó: lo siento, no hablo inglés, el que habla inglés está en la otra caseta, a dos kilómetros de aquí.

Así luego vienen todos en migración a las playas alicantinas… ¡es el Caribe europeo! De vuelta hacia el tren atravesamos de nuevo el parque. En la ida estaba tan obsesionado con bañarme junto a aquellos seres maravillosos de gelatina que no pude comprobar lo que había a mi alrededor. Belloteros, robles, son los únicos que pude reconocer, pero la flora era infinita, con múltiples tonalidades de verde, y pinos sobre las dunas, supongo que para sustentar el terreno. Acostumbrado a la aridez y la violencia rocosa de las montañas de Alicante, se me hacía raro este desierto arbolado. En él se podían encontrar escenas tan extrañas como un manto de arena silencioso limitado por vegetación, pero sin escalas, una franja, un límite real de hierba y arena.

 

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Con esta luz todo es más místico, más recogido. El silencio es más intrigante y los árboles parece que sufren la amarga condición de esperar allí, encerrados en un lago de vegetación del que emergen, como si llevaran años creciendo bajo la tierra y emergiendo sólo pudieran retorcerse al contemplar sorprendidos lo que les rodea. Este efecto de territorio regado a menudo, del cual nacen en ese punto, y solo en ese, este tipo de árboles, no lo había contemplado nunca siendo tan de secano…

 

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Atravesamos grupos de árboles, pisamos arena, tierra y cemento, subimos leves cuestas y llaneamos también un buen rato. Hacía calor. Acabando el viaje, ya cerca de un lago artificial, creado para el baño, encontramos multiples amigos, entre ellos un zorro bastante simpático a pesar de la foto, que se acercó a medio metro de nosotros con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas, atento a cualquier movimiento para escapar si era necesario, con miedo, pero decidido para  ver si tenía la suerte de recibir algo de comida.

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Una vez dentro del lago reiteramos en el comentario: pues no está tan fría. 

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De vuelta a casa decidimos parar en Haarlem, que venía de paso, pero eso será otra entrada y otra visita, porque a la media hora llovía a mares. Acabamos empapados, tal como empezamos. Lo único que sacamos en claro fue esto:

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2 thoughts on “Al agua de Agosto

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