Gante y Brujas

El día 5 de Octubre, con las últimas nieblas de la mañana aún oscurecida, salimos de casa hacia la estación para iniciar el primer viaje de más de un día por tierras colindantes a la holandesa. La bruma y el sueño no nos dejaba ver demasiado más allá, y entre la realidad y el pensamiento colgaba todavía en mi cabeza la noticia del triste fallecimiento de la tía de mi padre. La tía de mi padre no era hermana de mi abuela, ni de mi abuelo, o casi lo era de los dos. Es una historia para otra historia, de las cosas que tiene la guerra.

Por razones que no llego a comprender, para viajar por los Países Bajos en tren tienes que hacer numerosos transbordos. Un recorrido de aproximadamente 220 kilómetros lo realizas en 3 horas y media si tienes suerte, y cogiendo, en nuestro caso, cinco trenes. Si pierdes uno de los transbordos, tienes que esperar una hora… El más polémico es, como siempre, el tren de la frontera. De Roosendaal parte el tren que cruza a Bélgica, parando en Antwerpen o Amberes. Efectivamente, ese fue el tren que perdimos, las nieblas de la mañana habían resultado absurdas. Al bajar del tren nos dirigimos hacia alguna figura de autoridad para pedir explicaciones por los cuatro minutos de retraso que nos hicieron perder el tren fronterizo. Los dos encargados de estación eran idénticos, bajitos para ser holandeses, anchos y regordetes, con bigote blanco espeso y una gorra que acababa de darles el punto clave para ser dos personajes de tebeo de Tintín o de película de los años cincuenta. Cuando les pregunté me dijeron que solía pasar, que habían avisado al tren para que esperase pero que no quisieron. Podría haber añadido perfectamente: estos malditos belgas son incorregibles!. 

Para aprovechar nuestra hora de esparcimiento estiramos las piernas paseando por aquella ciudad en la que estaba todo cerrado. Un sábado. Ni panaderías, ni bares, ni tiendas, ni gente paseando por las calles aún no siendo tan tarde. Bromeando le dije a Chloé que quizás eran judíos todos en pleno Sabbat, y por casualidad vimos en el suelo una pequeña plaquita con un nombre, dos fechas y el nombre de un campo de concentración. Traducido era algo así como: fecha en la que se lo llevaron y fecha de defunción. Entre ambas transcurrían unos seis meses, pero en todas cambiaba el año: del 1944 al 1945. El nombre del campo de concentración no lo recordamos, y no nos percatamos de tomar una fotografía. Dedujimos que se trataba de judíos deportados en la II Guerra Mundial.

El tren de frontera era tan irrespetuoso con los horarios como con la limpieza. Maqueado por dentro con graffitis, maloliente cerca del baño y con chorretones extraños en la tapicería de los asientos, no era el tren más hermoso del Norte. Para viajar a Bélgica hay también un tren caro y rápido, supongo que la idea de poner una especie de tren desvencijado es motivarte para pagar la próxima vez. Ni siquiera pasó un revisor (aviso útil para aquellos que vayan a utilizarlo) ni a la ida, ni a la vuelta. Los asientos son de cuatro personas, dos enfrentadas, separados por una pequeña mesita.

Sentados, ya empezada la marcha, le pregunté a Chloé si recordaba el nombre del campo. ¿Campo?, perdona, ¿qué campo, de fútbol?. Sorpresa inesperada, el chico de enfrente, de apariencia marroquí hablaba perfecto español. No, de concentración. No sabía la respuesta. Los judíos deportados de Roosendaal durante la II Guerra Mundial habían sido trasladados a un campo de fútbol en un momento. El silencio incomodo por el enfrentamiento de dos conceptos tan alejados lo rompí preguntándole por qué hablaba español tan bien. Nuestro compañero de viaje era un marroquí que vivía en Barcelona desde los seis años. Estuvimos todo el viaje hablando, girando y regirando sobre lo mismo: la crisis. Se había trasladado a Bruselas para buscar mejor suerte, aunque volvía de Amsterdam después de una gran fiesta. Fue un trayecto enriquecedor, donde me confesó que la guerra de Libia tenía solo una motivación: el dinero. Es un secreto a voces, pero profundizó diciendo que Sarkozy le debía dinero al señor Muamar, y por esta razón había puesto todos sus esfuerzos en liquidarlo. Es como si ahora todo el mundo se dedicara a reventar los bancos a los que deben hipotecas millonarias por las cuales les están quitando la casa… que idea tan absurda y descabellada, ¿verdad?. Pues hay gente que puede hacerlo con sus prestamistas. Cuentan que cuando acabó la guerra en Libia, Trípoli se llenó de hombres trajeados y con maletines dispuestos a hacer negocios frescos. Después le pregunté que por qué no hacían lo mismo con su rey, que tan oprimidos los tiene. Si el marroquí tiene comida y techo, no se preocupa de nada más. Agregó que el rey de Marruecos tiene amigos muy poderosos, amigos judíos, que campan a sus anchas por Casablanca, con sus propias zonas residenciales. No lo decía con odio ni maldad, simplemente se asombraba él mismo de esta situación. Para acabar le hice otra pregunta polémica: pero para vosotros, ¿él es el rey?. Y como si el chaval de 26 años hablara con la voz de un anciano sabio y cultivado, caminando por los pasillos de la Alhambra, me respondió: no, él no es el rey, nuestro rey es Dios, y lo es todo, un musulmán no tiene otro rey. 

Hace un tiempo leí que los jóvenes eramos los “nómadas del siglo XXI”. Es un nombre muy romántico para estos días inhóspitos en los que caminamos sin saber hacia dónde. Pero me gusta ser más real y práctico: somos los vagabundos del siglo XXI.

Para acabar nuestro periplo ferroviario nos echamos una carrera en la estación para tomar el tren hacia Gante. ¡Nuestro destino! El viaje estaba siendo ya en sí mismo un viaje.

Si tengo que ser sincero… Gante no es como la imaginaba. En mi mente se recreaba una ciudad repleta de kioscos callejeros donde comprar patatas fritas caseras, cervezas negras baratas y un cucurucho de mejillones. Plato tradicional belga. En toda la ciudad encontramos sólo dos, y las patatas eran congeladas. No estábamos dispuestos a pagar 20 euros por unos cuantos mejillones. Gante tiene historia, como hitos principales cabe destacar el nacimiento de Carlos V, aquel emperador de las Españas, nieto de los Reyes Católicos. Evidentemente la historia de esta ciudad no comienza en el 1500. También de siglos anteriores encontramos obras únicas como el castillo de los Condes de Flandes, o Gravensteen. Construido en el siglo XII aproximadamente como lo conocemos hoy, fue restaurado en el XIX, pero se tiene constancia de que en el siglo IX ya existía una estructura de madera en el mismo emplazamiento: una ligera elevación de terreno que permitía el avistamiento del enemigo. Aunque me apasionan los castillos medievales, desechamos la idea de pagar 8 euros para entrar. Temía que todo lo que vieramos fuera producto de la imaginación romántica de la reconstrucción del XIX, aunque me atraía bastante la idea de que la construcción del castillo se produjera a la  vuelta de su promotor, Felipe de Alsacia, del viaje por Palestina, lo que significaba que las influencias de las fortalezas de Tierra Santa debían ser palpables.

 

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Distintas vistas del castillo

      En nuestro periplo por los highlights de Gante atravesamos las puertas de la Catedral de San Bavón, lugar en el que fue bautizado Carlos V y que además conserva La adoración del Cordero Místico, de los hermanos Van Eyck. Para entrar a verlo hay que abonar la mitad de lo abonado para el castillo: 4 euros. Así que nos conformamos con ver una reproducción situada en una capilla.

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      Esta iglesia es la dedicada a San Nicolás, comenzada en el siglo XIII ampliando una iglesia románica anterior. Se percibe en un lateral la reconstrucción. Puro cemento contrasta con la piedra de Tournai, probable intervención que delata la rehabilitación para no engañar a los ojos del espectador. En su interior se celebraba una feria de coleccionistas de Arte, uno de los lugares en los que sentirse más perdido, donde no sabes si te están engañando o si está pasando desapercibida ante tus ojos una obra maestra del arte africano.

      Del interior de las iglesias de Flandes me sorprende la riqueza de sus obras, los retablos recargados de mármoles, figuras, columnas… los púlpitos de madera perfectamente tallada y la profusión de pinturas de estilos y épocas distintas, algunas colgadas en el interior de las capillas y otras, desafortunadas, depositadas en visibles espacios de las iglesias. Almacenes que mezclaban los utensilios de iluminación con esculturas de vírgenes y pinturas religiosas no seleccionadas, todo cubierto de polvo. Dios no lo hubiera aprobado.

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      En esta imagen, los frescos se resisten a despegarse del techo de la Iglesia de San Nicolás, quizás más desafortunados incluso que las pinturas almacenadas, aquí el castigo a los pigmentos lo infringe el tiempo, que deja unos pocos colores esparcidos entre los arcos de las bóvedas, como restos de insectos en telarañas abandonadas, para recordar que hubo una gloria en otro tiempo también.

      Pero Gante, amigos míos, no sólo son iglesias y metáforas. Puede que en los kioscos callejeros inexistentes e imaginarios no vendieran cerveza negra, pero si lo hacían en la cervecerías a orillas del río Lys o el Escalda. Terrazas abarrotadas con cartas interminables de cervezas que podías degustar, algo como esto:

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      Pero triplicado y en papel. Como soy muy dulce, pedí una cerveza de miel: Barbãr Bok, el reposo del guerrero. Sabor fuerte, con cuerpo, pero dulce por la miel, un 25 % si no engañaba la etiqueta. Chloé pidió una Chouffe, algo más conocida, cerveza rubia, con menos cuerpo que la negra pero sabor afrutado. Soy más devoto de las cervezas fuertes. Cuando pagas tres euros por una cerveza peculiar no te duele tanto, y más si las vistas son estas.

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      Que en realidad no eran, pero es una buena manera de acabar la entrada sobre nuestro primer día de viaje en Flandes, en Gante o Gent Gand… depende de qué lado de la frontera vienes cuando pierdes tu tren en Roosendaal.

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