Anexo

Considerada por Lisa (auténtica holandesa) la mejor historia sobre bicicletas…

Sobrevolaba Chloé el insondable océano camino hacia su tierra natal, mientras yo en la superficie movía agitadamente los brazos para evitar ahogarme y además captar su atención para suplicar un perdón que había dejado colgado en la conversación de Skype abierta que ella aún no había recibido. La noche del sábado, como todas las noches que viaja, me la pasé dando cabezadas de una hora, sin poder conciliar un sueño profundo, para chequear si había obtenido respuesta; la sombra de mi cabeza se reflejaba en la pared por la luz que emitía el ordenador. A las cinco caí rendido, a las nueve me desperté.

Entre esas cuatro horas que bajé la guardia aprovechó para acometer: cómo? buscando la bici? qué ha pasado?… 

24 horas antes todo estaba en orden. La despedí en el aeropuerto y ella, amablemente, me ofreció utilizar su vehículo, siempre que cuidara de él. Pues claro Chloé, como no iba a cuidarla. Nada podía hacerme pensar que esas palabras se me repetirían en la cabeza como una plegaria constante en mi calvario de regreso a casa, donde me torturaba a cada paso que daba en medio de la noche, que por suerte, no era tan fría como anteriores.

La bici, una batavus, marca típica holandesa, es una buena bici. La última renovación había sido la cubierta de la rueda trasera, que se caía a pedazos, y la siguiente, iba a ser la delantera, la misma rueda que, a eso de las 13:30 del sábado se pinchó.

En mi trabajo necesito la bicicleta para ir de un lado a otro, pudiendo así cumplir los tiempos que se me indican. Cada momento de mi trabajo es una carrera con sus check points, si falla, si la cuenta atrás finaliza antes de traspasar uno de ellos, estás perdido. Por eso elaboraba en mi cabeza la estrategia a seguir con la rueda pinchada. La cosa no iba mal, todo salía según lo indicado, y para no volver a casa a píe, centré todos mis esfuerzos en arreglar el pinchazo comprando la herramienta básica y necesaria.

Anochecía poco a poco a eso de las cuatro de la tarde y tenía que acelerar todos los trámites, destacando además la hora y media de break no pagado, quería abandonar mi trabajo lo antes posible. Cada segundo es oro. Arrastré la bici por media ciudad, hasta que llegué al check point de las cuatro y media. Es un restaurante que da a un canal. Dejé la bici de forma apresurada sin atarla con la cadena y entré para salir en cinco minutos y encargarme de ella, la noche era ya importante, el agua del canal era negra y cuando salí la bicicleta no estaba. Empecé a impacientarme, a recorrer la calle de un lado a otro buscando en vano que alguien la hubiera movido convirtiéndome en el fruto de alguna pesada broma, y gritaba nervioso que me habían robado la bici. La tensión iba en aumento. A los improperios fruto del nerviosismo añadía el célebre: mi novia me mata!. Y ahí, en el huracán turbado de mis pensamientos, comenzó el rezo que persistiría con fuerza hasta hoy: – you can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

Me relajé y se lo comenté a Javi, que se acercó al lugar donde la había aparcado. Justo al lado, en uno de esos barrotes metálicos que suelen compartir dos bicis atadas, habían colocado una nueva, todo hacía pensar que había caído al canal y así lo propuso él. Prefería pensar que la habían robado a que yacía en el fondo del agua, si quería hacer todo lo posible por recuperarla eso suponía volver al día siguiente con el bañador y las gafas. La suerte, o no se qué otro factor, quiso que no me mojara más que la mano derecha. El manillar se había enganchado a la cuerda que amarraba una embarcación, era difuso, me costó intuirlo, al principio sólo veía una mueca de tristeza metálica, transmitiendo ternura, agarrada de la cuerda en estado de súplica. Javi me sostenía las piernas para que no volcara hacia dentro del canal mientras yo la sacaba a pulso del agua; la dueña del bar, que había salido a fumar, no paraba de repetir riéndose que no había visto tal cosa en su vida.

Esperaba sacar un objeto roído y lleno de algas, como un tesoro sumergido en el fondo del mar, en su lugar, apareció la bicicleta de Chloé en perfecto estado, más limpia y reluciente incluso. Me alegré, eso hizo que me tranquilizara un poco, una dosis de emoción por el rescate… y no escuché las palabras de Javi recomendando que la dejara allí y volviera mañana, consejo que tomaría cariz premonitorio.

La noticia del rescate marino corrió por el bar en tres idiomas, unas veinticinco caras, cincuenta ojos y mil tonalidades e intenciones.

Ajeno a la bruma, seguí en mis trece resolviendo toda clase de ardides para arreglar la maldita cámara pinchada, mirando de soslayo el reloj del campanario y recitando mentalmente las obligaciones pendientes, así, volví al punto de partida de la carrera del día a día, organicé la salida del último tour y me refugié en el subsuelo-trastero que tengo por oficina y que comúnmente conocemos por: el despacho. El despacho es el lugar ideal donde relajarse. No se oye nada, no se siente nada, no hay apenas espacio para moverse. La rueda de la bici seguía pinchada y ya no me importaba, porque estaba en el despacho, llegando al final de mi carrera diaria.

Salí del underground para tomar el camino a casa y la bici no estaba. Me han seguido. Me están persiguiendo. Me la quieren jugar. Miré hacia todos los lados, seguí el protocolo de bici movida, no había canales cerca… Pregunté a los vecinos y se me vació la poca energía que me quedaba. No podía creerlo. Me habían robado la bicicleta dos veces en un mismo día, pero esta vez era de verdad, y para acabar de destruir el poco amor propio que me quedaba me percaté de que había dejado las llaves puestas en el candado. En seguida lo achaqué a la prisa provocada por el recorte del salario, por los escasos días de descanso, por la mala gente… pero no podía negar que había sido un cazurro de primer grado, un inútil, un zopenco, un atontado. Me torturaba con eso y más. ¡Sentía que había perdido a nuestro hijo!, ¿cómo podía cuidar de un niño si había perdido la bici dos veces en un día?. Toda la culpabilidad recayó en mí, sin salpicar, como debió caer la bicicleta en el canal, secretamente, en medio de la oscuridad. Recorrí las calles contiguas. El ladrón no había podido ir muy lejos con la rueda pinchada. – You can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

Me paseé por Dam para ver si daba con ella, volví a la oficina, pregunté a más vecinos… – you can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

No podía silenciar esa voz, esa escena en mi cabeza. ¿¡Dónde está la bicicleta?!…

La solución más sencilla fue caminar hacia donde suelen vender las bicicletas robadas: Rembrandtplein y Leidseplein, las zonas de fiesta y cotillón.

Para taimar la culpa quería relatárselo al mayor número de personas posible. Tras una ronda de telefonazos me acerqué al Rain, sí, el restaurante donde empezó todo. Un hombre debe volver a los orígenes de su lucha para encontrar la redención de sus pecados, y decidir así cómo redime su culpa. A todos les pareció una historia divertida para contar y ninguno comprendía mi exceso de culpabilidad. Imagino que esa culpa tan grande era simple frustración derivada del esfuerzo que llevaba todo el día realizando para que nada malo le ocurriera a la pobre Batavus, mezclado con la sensación de impotencia por la reducción de salario y la carencia de herramientas para arreglar ambos problemas. Un cóctel explosivo que sólo se podía evadir en aquel momento con un cocktail delicioso: banana’s rum. 

Una hora después comenzó mi calvario, la peregrinación, la vuelta a casa a píe aderezada con una nueva ronda de llamadas. Soy lo suficientemente mayor como para no llorar por una bici, pero me sentía tan tonto que con facilidad hubiera pataleado un rato, culpabilizando a inocentes de mi desgracia para eximirme de responsabilidades, era como un retorno a la adolescencia. Me sorprendió que todos mis interlocutores comprendieran que me sintiera así de desgraciado, yo en su caso hubiera utilizado el clásico “transposición”: tú no eres desgraciado! vas a tu casa ahora! desgraciados son los miles de inmigrantes que descienden el monte Gurugú para intentar, si tienen suerte, atravesar una valla repleta de cuchillas que cercenará sus cuerpos… para luego añadir: es sólo una bici tío. Y en parte yo mismo tendría razón, pero en aquel momento sólo pensaba qué podían estar haciendo con la bici, a dónde la habrían llevado y por qué la gente es tan hija de puta, que coloca cuchillas en una valla sabiendo que aún así, las personas, impulsadas por la esperanza y la miseria, intentarán saltarla.

Algo así como con una resaca del tormento que me había aplicado la noche anterior, renací en la mañana algo más reposado, hasta que me percaté de que olvidé la mochila en el Rain, el sábado era mi día…

– You can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

El domingo conseguí hablar con Chloé y me tranquilizó un poco, el lunes ya estaba casi todo superado, la misión era comprar una bicicleta nueva. La parte más emocionante y curiosa de toda esta historia es que el lunes, mientras trabajaba, distinguí, entre muchas otras bicicletas, el manillar triste que ansiando no acabar ahogado en el fondo del océano del canal se asió con fuerza a una cuerda. Me acerqué incrédulo, porque llevaba desde el domingo revisando cada una de las bicis que encontraba a mi paso y no podía creer que en efecto fuera ella. Para colmo el ladrón, el hurtador, no la había dejado ligada con la cadena, era libre, aunque seguía teniendo el candado que evita que se mueva la rueda trasera. Con seguridad me la colgué al hombro, y la alejé de allí, para llevarla a un lugar seguro, donde descansa sin creer todavía que todo esto haya ocurrido…

Una aventura inacabada, una pesadilla inverosímil, un simple chiste… es sólo una bici.

La violencia en lo cotidiano

Cuando te anuncian una bajada de sueldo, justificada por la implantación de “breaks” de hora y media no pagados en un tiempo que, evidentemente, no puedes volver a casa ni realizar otra actividad distinta a mirar el techo o quizás leer un libro, el regreso a casa suele ser agresivo, nervioso, donde no te calma pedalear con fuerza en tu bicicleta rota ni mear en uno de esos urinarios callejeros de la ciudad, tampoco contemplar el manso efecto espejo de los canales, donde las bombillas que iluminan los perfiles de los puentes crean con el agua una elipse perfecta, haciendo difícil distinguir la realidad y su reflejo. Las hojas caídas motean el agua oscura y buscas en el cielo la procedencia de ese también aparente reflejo, para darte cuenta de que son reales. Las promesas que se reflejaron en tu mente en el pasado contrastan con el presente, y temes que ese contraste aumente en el futuro, entonces cruza un barco rompiendo la paz de la imagen sobre el collar de bombillas reflejadas y tiembla con el agua todo lo que no atraviesa.

A menudo, en la vuelta a casa, pienso en las personas que estoy conociendo, no en las mil caras que forman una de los turistas, si no la gente con la que comparto más de dos minutos de charla. Me gusta pensar en esta ciudad como una colonia interplanetaria, para aportarle más exotismo en mi imaginación y no dejarla en una mera ciudad de Europa; se hace fácil, por la presencia activa de la droga, las prostitutas y el carácter de la policía, tíos rubios de dos metros que hacen que fisionómicamente me identifique más con los delincuentes habituales que con las fuerzas de la ley. Aquí van a por temas serios. Acostumbrado a la policía mediterránea que agacha la cabeza frente al miedo y se sobrepone frente al débil, temo tenerlos pegados al culo cuando circulo con la bicicleta por la vía del tranvía, entonces de un acelerón me adelantan peligrosamente pasando cerca de mi pierna y del tranvía que se acerca en dirección contraria. Bad cops. La gente normal, que asola los bares y busca trabajos, suele tener distintas procedencias, y en frases perdidas por las calles captas miles de idiomas. Amsterdam es un jardín variopinto. Un tugurio de gente que viaja. O una cárcel. Tiene muchas perspectivas. Pero sea de donde sean, la gran mayoría de flores, clientes o presos, deambula buscando una oportunidad, un trabajo digno.

Y es que a estas alturas de la entrada algún lector puede preguntarse acerca de la reducción de horas y, a fin de cuentas, de salario: ¿y te quejas? si tienes trabajo!, o: y… ¿por qué no protestas?.

Para responder a los de la vía 1: pequeños trabajillos que no arreglan mi futuro, cruzan muchos barcos por los canales. Esa desesperanza, las miradas tristes, recomendar no pensar en el mañana, encoger los hombros… Son las actitudes de los inmigrantes. No poder captar el reflejo inmóvil de los canales, ni siquiera ir subido en las embarcaciones.

A los de la vía 2: está de moda en Amsterdam, a los precarios, someterlos a un contrato del que ya he hablado, maravilla de la legislación actual. El contrato cero horas, por el cual te pagan por hora trabajada. De esa manera, a pesar de que sabía de antemano que trabajaría diez horas al día y no me pagarían las extras, se guardan un as en la manga, y se permiten reducir el número de horas o echarte sin tener que rendir cuentas a nadie, y menos a un gusano como tú. Es un contrato de seis meses, por poner un final a esta historia de amor, pero perfectamente podría ser un contrato diario. Con lo cual aceptas el cambio por contrato, y si protestas, y si te niegas, y si respondes: estás fuera. Así los de la pregunta número uno dejarían que me quejara libremente.

El regreso a casa siempre da cabida a la ira y al disgusto, a la pena por los que se esfuerzan en su trabajo y obtienen contratos precarios, respuestas equívocas y pocas dosis de esperanza. Por suerte, cuando llego, Chloé ha preparado algo de comer, un pastel, o algo dulce que llevarse a la boca. Panxa plena, cor content. A veces tengo que tranquilizarla, los días en los que ha hablado con la casera, que se niega a pagar cien euros del fontanero que vino a reparar algo que estaba ya roto, o que súbitamente quiere aumentar el precio del alquiler… normalmente temas relacionados con el dinero. Eso me alivia. Me alejo del problema del dinero para lidiar con la situación, y apelo a la felicidad del espíritu y a la posibilidad de abandonar un día las ciudades e ir al campo a vivir. En el sueño encontramos reposo, en esa esperanza que nos quita la gran ciudad. Y analizo con más calma mis posibilidades pensando que mañana tendré el día libre, podré sentarme a escribir el blog, contar mi día a día, buscaré un master, quizás otro trabajo. Acabaré la Odisea. Otra vez me veo removiendo con la mano el agua del canal, frío, jugando entre presente y futuro.

Porque ahora los días son así, fríos, y tenemos suerte si supera los cinco grados la temperatura, si no llueve o cae una tormenta de granizo como cinco días atrás, donde las pequeñas bolas, arrastradas por el viento, caían de lado inhabilitando todo paraguas y dejando el suelo blanco como si hubiera nevado. Muchas veces encuentro turistas del sur o del centro de América que recorren Europa, puedo viajar con sus cálidos relatos de tierras bañadas por el sol donde nunca hace frío, como Alicante, y felicito a todos los que acaban su periplo europeo por el sur, ya sea Península Ibérica o Italia. Tiene que ser fantástico llegar a Europa desde el otro lado del Atlántico, y ver y sentir la historia en sus calles, como me dijo una azafata uruguaya que vivía en Dubai. Tiene que ser fantástico ver un continente en ruinas mientras el tuyo se construye, con sus problemas y sus luchas, pero quiero pensar que con su esperanza también. Muchos argentinos me advierten, porque la situación se parece a la que hubo allá, me sorprendo y finjo tener miedo, aunque se que puedo viajar allí donde todo vaya bien, donde la economía parezca crecer. Igualmente soy inmigrante aquí que allá.

Quizás por esa gran cantidad de personas distintas que viven y llegan a Amsterdam, o que llegaron alguna vez a los Países Bajos, decir “lo siento” sea tan parecido al “sorry” inglés, palabra mágica para que el ciclista que te atropella se justifique y se marche tan tranquilo. Es la primera vez que me topo con una bicicleta, y creo que merece ser contado: ocurrió en mi descanso impagado de hora y media, quedé con Chloé para buscar una librería internacional, de la que habíamos buscado información en internet, localizada en Spui. Es una plaza culta, rodeada de librerías y universidades, amplia y bonita, tranquila, atravesada por las vías del tranvía pero alejada de vehículos a motor, sin embargo, la calle Spui, Spuistraat, es una calle pequeña, que comparte tráfico con coches, bicicletas, transeúntes, y además es unidireccional, con lo cual no puedes recorrerla en contrasentido. Nervioso, y desesperado por querer aprovechar todos mis minutos y segundos de libertad, insistí en la idea de que la librería estaba en Spuistraat. Chloé, en su tranquilidad, no puso mucho esfuerzo por convencerme de que era en la otra dirección, pero me equivoqué y seguí en mis trece. Es muy chocante esta calle. En su inicio, cerca de la estación central, se ubican bares de ambiente, bares de mal ambiente y cabinas rojas, una especie de nexo del Barrio Rojo más underground y menos turístico, donde alguna de las chicas tiene incluso pegada al cristal una matrícula de Holanda para que sepas que, en caso de contratarla, estarás conduciendo producto nacional… pero a la mitad, como una gradación de colores, de oscuro a claro o de claro a oscuro, dependiendo de tus gustos, encontramos bares de moda, restaurantes caros, tiendas de diseño y ropa cara, y al final, librerías, expandidas a lo largo de la plaza donde acaba la calle. Justo a la mitad de Spuistraat fue cuando doblamos para seguir la dirección equivocada, yo miraba en el sentido lógico de la procedencia de las bicicletas para cruzar la calle y Chloé esperaba en el otro lado. La escuché gritar: ¡cuidado! y sentí a los tres segundos un ligero golpe en el costado. La bicicleta, circulando en dirección contraria y sin respetar el paso de peatones, se insertó perfectamente en mi cuerpo. El chico se disculpó, pero estaba tan lleno de furia que le grité, algo confuso, mientras caminaba: sorry no! toca el timbre coño!, recordé que no me entendía, y refunfuñando por la impotencia de no encontrar las palabras adecuadas en el inglés de la ira acabé espetándole: ring the… the… the bell hostia!, mientras movía nerviosamente el dedo pulgar y me alejaba maldiciendo con la cabeza entre los hombros como un viejo cascarrabias.

Los turistas nacionales, los habitantes que ensalzan la bandera de la resistencia y aún persisten en la península, nos interrogan preocupados sobre nuestra situación: en todos los sitios que hemos visitado hay españoles, en todos los restaurantes también! y todos saben de la sobrina o el primo de uno de ellos que está en Londres o Berlín cuidando niños o sirviendo bebidas. En ese momento viene la reflexión que busco, el punto que me hace sentir alguna esperanza por la Humanidad: somos como los sudamericanos que vinieron a España. Somos iguales. Tanto racismo que se acumuló ahora crea, como en el canal, un espejo en el que mirar y pararse a pensar si tenía razón tanto rechazo, y ruego para que esa sensación, ese vislumbrar la verdad, la luz, se esparza por toda la tierra, inundando los barrios, las plazas, los canales, los callejones estrechos, las casas bajas del centro, y lo más importante: los platós de las tertulias televisivas y los medios de comunicación masivos… así llegue a la gente, a las personas que conforman miles de ciudades, extrañas pero comunes, exóticas pero iguales. De lo que no tengo ninguna esperanza, aunque sería hermoso, es de que llegue a los parlamentos, a esos inhóspitos lugares no tiende a acercarse la sensatez.

 

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Allard Pierson

Nuestro amigo Allard fue Historiador del Arte de la Universidad de Amsterdam, y ostenta el título de primer profesor de arqueología clásica de la misma. Qué mayor honor que eternizar tu nombre para la Historia gracias al museo de arqueología de la ciudad, y qué mejor plan para el domingo.

Está situado en la calle Rokin, y sus alrededores, poco frecuentados por mi, se diluyen en un paisaje borroso que fabrica mi mente. A orillas del río Amstel a punto de ser sumergido en las profundidades del subsuelo y en el mismo edificio que la Universidad, se ubican las pocas y eficaces salas del museo.

Amsterdam ya posee un museo de la propia Amsterdam. Así como el museo de arqueología de Alicante puede permitirse el lujo de enfocarse hacia la Historia arqueológica de la ciudad, gracias al hallazgo de yacimientos prehistóricos en la provincia, esta ciudad, comenzada en el año 1200, no puede más que rendirse a las piezas de las poderosas civilizaciones highlights en las cuales se buscan los orígenes de una Europa civilizada. Un museo arqueológico dirigido a explicar Amsterdam serían salas inundadas de agua.

También es verdad que una gran ciudad tiene siempre material para exponer, procedentes de años de expolio; esas piezas que aunque no son unicums, pueden asegurarte un museo digno sin miedo a parecer diminuto frente a las que fueron las grandes potencias en el periodo de interés y descubrimiento de los grandes yacimientos de Grecia, Egipto y Oriente Medio, que les facilitaron el traslado de obras maestras a sus mejores salas. Por supuesto no estoy hablando de Alicante, aunque en nuestra pequeña provincia se hayan hallado tesoros realmente valiosos que nada tienen que envidiar al este del Mediterráneo, y como los de aquellos estos han sido también brillantemente expoliados, de buena parte se ha perdido el rastro.

El MARQ (Museo Arqueológico de Alicante), es visita obligada, sin embargo el Allard Pierson Museum, para un turista de cuatro días, es sólo recomendable si posee conocimientos e intereses medio altos hacia la Historia y la arqueología. No ayuda que las cartelas informativas estén solo en dutch, lo cual le da un carácter autóctono y anti-turístico que, para algunos, es un punto a favor. 

Mejor que repasar la Historia seleccionada y expuesta es recorrer la más rabiosa actualidad: ¡el mercado navideño!.

Damrack comprime su afluencia de gentío entre casetas y locales comerciales para que disfrutes comprando patatas fritas a un lado y una salchicha a la barbacoa en el otro como una pelota de pin pon. De punta a punta se han desplazado casetas de madera para ofrecer, sobre todo, comida y bebida navideña. Entre las que se cuelan el puesto dedicado a la gastronomía italiana y a la siempre inconfundible y clásica paella de pollo y chorizo.

Como toque carismático y exótico, muestra de la rica y variada cultura dutch, se ofrece al visitante una breve variedad de productos típicos de Indonesia. Es sin duda el puesto más transparente, dos chicos en una caja de madera en forma de cubo flanqueados por un congelador gigante a un lado, y un microondas y freidora al otro. Un stand delante para elegir lo que para mi eran rollitos de primavera, y a la espalda una pizarra con la lista de precios. Sin duda el lugar más económico. Así que presas del hambre nos dejamos engañar. Integración total se llama a lo que nos hizo el joven vendedor exótico cuando le pregunté por el precio y nos indicó 2 euros para después, al recibir el producto, incrementar el precio en 3 euros, estirando el número tres y sonriendo entre arrepentido y satisfecho, pedía disculpas, percatándose de que había cometido un error que evidentemente barría pa’ su casa o su caseta.

Una de las mayores virtudes de los holandeses es adaptar lo económicamente rentable de una cultura a la suya, generando polémica en cuanto a qué y qué no pertenece a la cultura dutch, y es que el original mercadillo navideño dutch tiene su origen en el más afamado mercado navideño deutsch. Para evitar enfrentamientos creo que podemos adjudicar que es de origen germánico.

Lo auténticamente germánico del mercadillo, además de las salchichas a la barbacoa, es el glühwein. Esta bebida nutritiva es ni más ni menos que vino caliente con especias, canela, en su mayor parte. Hace unos días tuve el placer de probarlo, la mujer me lo ofreció con muy buena fe, y yo con más fe me lo bebí, tanta fe desbordante hacía que a cada trago tuviera que simular que no arrugaba la cara con expresión de amor y paz. No quería confrontar dos tradiciones arraigadas: sangría y gluvain. El Ying y el Yang. Todo el Bien tiene su Mal y todo Mal su Bien. Busqué desesperado el Yang, Ying, Yung… Busqué en lo más profundo de mi ser la bondad, y cuando me hube acabado el vaso recé: ¡está bueno… (sí, mentí, para hacer el Bien) es exótico… pero está bueno! (rementí sonriendo). En fin… hay que probarlo todo en esta vida.

Para un mediterráneo de pura cepa, cuyas venas comparten la sangre con el salitre, todo mercadillo que no se llame “los hippies” y tenga por puestos algo parecido a jaimas de blancas telas mecidas ligeramente por el viento, es un lugar extraño, de difícil acceso y tenebroso. Los germanos, tipos duros donde los haya, gente sin miedo, capaces, como dijo Julio Cesar, de pasar cinco días con sus cinco noches durmiendo al raso sin mostrar el menor atisbo de cansancio, son también hábiles en la tarea de entrar en las casetas de conglomerado en las que venden el famoso vino tibio. La caseta es amplia y oscura, dos alas se abren desde su centro, en el cual, al fondo, reposan las taberneras de caras largas frente al extranjero dispuestas a servir de sus calderos el caldo satánico por el nada módico precio de vaso a cinco euros, eso asusta a cualquier sureño.

Pensará el lector amigo que estoy exagerando… puede que un poco. Pero para sorpresa de todos, más o menos a media altura de Damrack, también ocupando un lugar privilegiado en el mercadillo navideño, reposa una caseta misteriosa, estrecha pero alargada, con las ventanas cubiertas con recortes de periódico referidos a “ella”, sin tiempo ni valor para asomarme entreví aún así una vidente al otro extremo de la entrada, eso no es exagerar… da un poco de reparo en medio de un mercadillo navideño. Me imagino a un dutch armado con la paella de chorizo en una mano y el glühwine en la otra creyendo que realmente sabe qué le ocurrirá en el futuro porque una bruja se lo ha predicho y se me ponen un poco los pelos de punta. Sobre todo si eso ocurre junto a la “atracción” del mercadillo. Una gran bola de plástico encierra la recreación de un paisaje nevado, para que te introduzcas en ella con tu querido hijo valiente y te hagas una foto junto a el ¡muñeco de nieve con vida!, un hombre disfrazado de muñeco de nieve, de aspecto esquelético, cabeza redonda y blanca con una sonrisa maquiavélica pintada coronada por una nariz naranja extremadamente alargada, baila y salta para atraer al público a dentro de su bola de cristal, esa que de niño sacudes para que la nieve se mueva y miras atentamente pensando que esos paisajes quedan muy lejos de ti, como queda lejos el frío y la nieve. Pero él se empeña en atraerte hacia ese mundo helado, para que tus padres tomen la fotografía de su hijo encerrado en una bola de cristal ¡para siempre!.

No me digáis que la idea no es tétrica… Sin duda estos germanos son gente dura como el acero.

Me pregunto qué pensarán dentro de unos 2000 años, cuando expongan en los museos de arqueología las fotografías de los niños encerrados en aquella bola… Me parece que lo más sensato para la gente del futuro será pasar de largo y no tomar como referente este periodo de la historia. Limitarse a mencionarlo quizás en círculos eruditos, como haría Allard Pierson con la Edad Media, pero no prestarle demasiada atención, no sea que, de repente, todo vuelva a repetirse.