Allard Pierson

Nuestro amigo Allard fue Historiador del Arte de la Universidad de Amsterdam, y ostenta el título de primer profesor de arqueología clásica de la misma. Qué mayor honor que eternizar tu nombre para la Historia gracias al museo de arqueología de la ciudad, y qué mejor plan para el domingo.

Está situado en la calle Rokin, y sus alrededores, poco frecuentados por mi, se diluyen en un paisaje borroso que fabrica mi mente. A orillas del río Amstel a punto de ser sumergido en las profundidades del subsuelo y en el mismo edificio que la Universidad, se ubican las pocas y eficaces salas del museo.

Amsterdam ya posee un museo de la propia Amsterdam. Así como el museo de arqueología de Alicante puede permitirse el lujo de enfocarse hacia la Historia arqueológica de la ciudad, gracias al hallazgo de yacimientos prehistóricos en la provincia, esta ciudad, comenzada en el año 1200, no puede más que rendirse a las piezas de las poderosas civilizaciones highlights en las cuales se buscan los orígenes de una Europa civilizada. Un museo arqueológico dirigido a explicar Amsterdam serían salas inundadas de agua.

También es verdad que una gran ciudad tiene siempre material para exponer, procedentes de años de expolio; esas piezas que aunque no son unicums, pueden asegurarte un museo digno sin miedo a parecer diminuto frente a las que fueron las grandes potencias en el periodo de interés y descubrimiento de los grandes yacimientos de Grecia, Egipto y Oriente Medio, que les facilitaron el traslado de obras maestras a sus mejores salas. Por supuesto no estoy hablando de Alicante, aunque en nuestra pequeña provincia se hayan hallado tesoros realmente valiosos que nada tienen que envidiar al este del Mediterráneo, y como los de aquellos estos han sido también brillantemente expoliados, de buena parte se ha perdido el rastro.

El MARQ (Museo Arqueológico de Alicante), es visita obligada, sin embargo el Allard Pierson Museum, para un turista de cuatro días, es sólo recomendable si posee conocimientos e intereses medio altos hacia la Historia y la arqueología. No ayuda que las cartelas informativas estén solo en dutch, lo cual le da un carácter autóctono y anti-turístico que, para algunos, es un punto a favor. 

Mejor que repasar la Historia seleccionada y expuesta es recorrer la más rabiosa actualidad: ¡el mercado navideño!.

Damrack comprime su afluencia de gentío entre casetas y locales comerciales para que disfrutes comprando patatas fritas a un lado y una salchicha a la barbacoa en el otro como una pelota de pin pon. De punta a punta se han desplazado casetas de madera para ofrecer, sobre todo, comida y bebida navideña. Entre las que se cuelan el puesto dedicado a la gastronomía italiana y a la siempre inconfundible y clásica paella de pollo y chorizo.

Como toque carismático y exótico, muestra de la rica y variada cultura dutch, se ofrece al visitante una breve variedad de productos típicos de Indonesia. Es sin duda el puesto más transparente, dos chicos en una caja de madera en forma de cubo flanqueados por un congelador gigante a un lado, y un microondas y freidora al otro. Un stand delante para elegir lo que para mi eran rollitos de primavera, y a la espalda una pizarra con la lista de precios. Sin duda el lugar más económico. Así que presas del hambre nos dejamos engañar. Integración total se llama a lo que nos hizo el joven vendedor exótico cuando le pregunté por el precio y nos indicó 2 euros para después, al recibir el producto, incrementar el precio en 3 euros, estirando el número tres y sonriendo entre arrepentido y satisfecho, pedía disculpas, percatándose de que había cometido un error que evidentemente barría pa’ su casa o su caseta.

Una de las mayores virtudes de los holandeses es adaptar lo económicamente rentable de una cultura a la suya, generando polémica en cuanto a qué y qué no pertenece a la cultura dutch, y es que el original mercadillo navideño dutch tiene su origen en el más afamado mercado navideño deutsch. Para evitar enfrentamientos creo que podemos adjudicar que es de origen germánico.

Lo auténticamente germánico del mercadillo, además de las salchichas a la barbacoa, es el glühwein. Esta bebida nutritiva es ni más ni menos que vino caliente con especias, canela, en su mayor parte. Hace unos días tuve el placer de probarlo, la mujer me lo ofreció con muy buena fe, y yo con más fe me lo bebí, tanta fe desbordante hacía que a cada trago tuviera que simular que no arrugaba la cara con expresión de amor y paz. No quería confrontar dos tradiciones arraigadas: sangría y gluvain. El Ying y el Yang. Todo el Bien tiene su Mal y todo Mal su Bien. Busqué desesperado el Yang, Ying, Yung… Busqué en lo más profundo de mi ser la bondad, y cuando me hube acabado el vaso recé: ¡está bueno… (sí, mentí, para hacer el Bien) es exótico… pero está bueno! (rementí sonriendo). En fin… hay que probarlo todo en esta vida.

Para un mediterráneo de pura cepa, cuyas venas comparten la sangre con el salitre, todo mercadillo que no se llame “los hippies” y tenga por puestos algo parecido a jaimas de blancas telas mecidas ligeramente por el viento, es un lugar extraño, de difícil acceso y tenebroso. Los germanos, tipos duros donde los haya, gente sin miedo, capaces, como dijo Julio Cesar, de pasar cinco días con sus cinco noches durmiendo al raso sin mostrar el menor atisbo de cansancio, son también hábiles en la tarea de entrar en las casetas de conglomerado en las que venden el famoso vino tibio. La caseta es amplia y oscura, dos alas se abren desde su centro, en el cual, al fondo, reposan las taberneras de caras largas frente al extranjero dispuestas a servir de sus calderos el caldo satánico por el nada módico precio de vaso a cinco euros, eso asusta a cualquier sureño.

Pensará el lector amigo que estoy exagerando… puede que un poco. Pero para sorpresa de todos, más o menos a media altura de Damrack, también ocupando un lugar privilegiado en el mercadillo navideño, reposa una caseta misteriosa, estrecha pero alargada, con las ventanas cubiertas con recortes de periódico referidos a “ella”, sin tiempo ni valor para asomarme entreví aún así una vidente al otro extremo de la entrada, eso no es exagerar… da un poco de reparo en medio de un mercadillo navideño. Me imagino a un dutch armado con la paella de chorizo en una mano y el glühwine en la otra creyendo que realmente sabe qué le ocurrirá en el futuro porque una bruja se lo ha predicho y se me ponen un poco los pelos de punta. Sobre todo si eso ocurre junto a la “atracción” del mercadillo. Una gran bola de plástico encierra la recreación de un paisaje nevado, para que te introduzcas en ella con tu querido hijo valiente y te hagas una foto junto a el ¡muñeco de nieve con vida!, un hombre disfrazado de muñeco de nieve, de aspecto esquelético, cabeza redonda y blanca con una sonrisa maquiavélica pintada coronada por una nariz naranja extremadamente alargada, baila y salta para atraer al público a dentro de su bola de cristal, esa que de niño sacudes para que la nieve se mueva y miras atentamente pensando que esos paisajes quedan muy lejos de ti, como queda lejos el frío y la nieve. Pero él se empeña en atraerte hacia ese mundo helado, para que tus padres tomen la fotografía de su hijo encerrado en una bola de cristal ¡para siempre!.

No me digáis que la idea no es tétrica… Sin duda estos germanos son gente dura como el acero.

Me pregunto qué pensarán dentro de unos 2000 años, cuando expongan en los museos de arqueología las fotografías de los niños encerrados en aquella bola… Me parece que lo más sensato para la gente del futuro será pasar de largo y no tomar como referente este periodo de la historia. Limitarse a mencionarlo quizás en círculos eruditos, como haría Allard Pierson con la Edad Media, pero no prestarle demasiada atención, no sea que, de repente, todo vuelva a repetirse.

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