La violencia en lo cotidiano

Cuando te anuncian una bajada de sueldo, justificada por la implantación de “breaks” de hora y media no pagados en un tiempo que, evidentemente, no puedes volver a casa ni realizar otra actividad distinta a mirar el techo o quizás leer un libro, el regreso a casa suele ser agresivo, nervioso, donde no te calma pedalear con fuerza en tu bicicleta rota ni mear en uno de esos urinarios callejeros de la ciudad, tampoco contemplar el manso efecto espejo de los canales, donde las bombillas que iluminan los perfiles de los puentes crean con el agua una elipse perfecta, haciendo difícil distinguir la realidad y su reflejo. Las hojas caídas motean el agua oscura y buscas en el cielo la procedencia de ese también aparente reflejo, para darte cuenta de que son reales. Las promesas que se reflejaron en tu mente en el pasado contrastan con el presente, y temes que ese contraste aumente en el futuro, entonces cruza un barco rompiendo la paz de la imagen sobre el collar de bombillas reflejadas y tiembla con el agua todo lo que no atraviesa.

A menudo, en la vuelta a casa, pienso en las personas que estoy conociendo, no en las mil caras que forman una de los turistas, si no la gente con la que comparto más de dos minutos de charla. Me gusta pensar en esta ciudad como una colonia interplanetaria, para aportarle más exotismo en mi imaginación y no dejarla en una mera ciudad de Europa; se hace fácil, por la presencia activa de la droga, las prostitutas y el carácter de la policía, tíos rubios de dos metros que hacen que fisionómicamente me identifique más con los delincuentes habituales que con las fuerzas de la ley. Aquí van a por temas serios. Acostumbrado a la policía mediterránea que agacha la cabeza frente al miedo y se sobrepone frente al débil, temo tenerlos pegados al culo cuando circulo con la bicicleta por la vía del tranvía, entonces de un acelerón me adelantan peligrosamente pasando cerca de mi pierna y del tranvía que se acerca en dirección contraria. Bad cops. La gente normal, que asola los bares y busca trabajos, suele tener distintas procedencias, y en frases perdidas por las calles captas miles de idiomas. Amsterdam es un jardín variopinto. Un tugurio de gente que viaja. O una cárcel. Tiene muchas perspectivas. Pero sea de donde sean, la gran mayoría de flores, clientes o presos, deambula buscando una oportunidad, un trabajo digno.

Y es que a estas alturas de la entrada algún lector puede preguntarse acerca de la reducción de horas y, a fin de cuentas, de salario: ¿y te quejas? si tienes trabajo!, o: y… ¿por qué no protestas?.

Para responder a los de la vía 1: pequeños trabajillos que no arreglan mi futuro, cruzan muchos barcos por los canales. Esa desesperanza, las miradas tristes, recomendar no pensar en el mañana, encoger los hombros… Son las actitudes de los inmigrantes. No poder captar el reflejo inmóvil de los canales, ni siquiera ir subido en las embarcaciones.

A los de la vía 2: está de moda en Amsterdam, a los precarios, someterlos a un contrato del que ya he hablado, maravilla de la legislación actual. El contrato cero horas, por el cual te pagan por hora trabajada. De esa manera, a pesar de que sabía de antemano que trabajaría diez horas al día y no me pagarían las extras, se guardan un as en la manga, y se permiten reducir el número de horas o echarte sin tener que rendir cuentas a nadie, y menos a un gusano como tú. Es un contrato de seis meses, por poner un final a esta historia de amor, pero perfectamente podría ser un contrato diario. Con lo cual aceptas el cambio por contrato, y si protestas, y si te niegas, y si respondes: estás fuera. Así los de la pregunta número uno dejarían que me quejara libremente.

El regreso a casa siempre da cabida a la ira y al disgusto, a la pena por los que se esfuerzan en su trabajo y obtienen contratos precarios, respuestas equívocas y pocas dosis de esperanza. Por suerte, cuando llego, Chloé ha preparado algo de comer, un pastel, o algo dulce que llevarse a la boca. Panxa plena, cor content. A veces tengo que tranquilizarla, los días en los que ha hablado con la casera, que se niega a pagar cien euros del fontanero que vino a reparar algo que estaba ya roto, o que súbitamente quiere aumentar el precio del alquiler… normalmente temas relacionados con el dinero. Eso me alivia. Me alejo del problema del dinero para lidiar con la situación, y apelo a la felicidad del espíritu y a la posibilidad de abandonar un día las ciudades e ir al campo a vivir. En el sueño encontramos reposo, en esa esperanza que nos quita la gran ciudad. Y analizo con más calma mis posibilidades pensando que mañana tendré el día libre, podré sentarme a escribir el blog, contar mi día a día, buscaré un master, quizás otro trabajo. Acabaré la Odisea. Otra vez me veo removiendo con la mano el agua del canal, frío, jugando entre presente y futuro.

Porque ahora los días son así, fríos, y tenemos suerte si supera los cinco grados la temperatura, si no llueve o cae una tormenta de granizo como cinco días atrás, donde las pequeñas bolas, arrastradas por el viento, caían de lado inhabilitando todo paraguas y dejando el suelo blanco como si hubiera nevado. Muchas veces encuentro turistas del sur o del centro de América que recorren Europa, puedo viajar con sus cálidos relatos de tierras bañadas por el sol donde nunca hace frío, como Alicante, y felicito a todos los que acaban su periplo europeo por el sur, ya sea Península Ibérica o Italia. Tiene que ser fantástico llegar a Europa desde el otro lado del Atlántico, y ver y sentir la historia en sus calles, como me dijo una azafata uruguaya que vivía en Dubai. Tiene que ser fantástico ver un continente en ruinas mientras el tuyo se construye, con sus problemas y sus luchas, pero quiero pensar que con su esperanza también. Muchos argentinos me advierten, porque la situación se parece a la que hubo allá, me sorprendo y finjo tener miedo, aunque se que puedo viajar allí donde todo vaya bien, donde la economía parezca crecer. Igualmente soy inmigrante aquí que allá.

Quizás por esa gran cantidad de personas distintas que viven y llegan a Amsterdam, o que llegaron alguna vez a los Países Bajos, decir “lo siento” sea tan parecido al “sorry” inglés, palabra mágica para que el ciclista que te atropella se justifique y se marche tan tranquilo. Es la primera vez que me topo con una bicicleta, y creo que merece ser contado: ocurrió en mi descanso impagado de hora y media, quedé con Chloé para buscar una librería internacional, de la que habíamos buscado información en internet, localizada en Spui. Es una plaza culta, rodeada de librerías y universidades, amplia y bonita, tranquila, atravesada por las vías del tranvía pero alejada de vehículos a motor, sin embargo, la calle Spui, Spuistraat, es una calle pequeña, que comparte tráfico con coches, bicicletas, transeúntes, y además es unidireccional, con lo cual no puedes recorrerla en contrasentido. Nervioso, y desesperado por querer aprovechar todos mis minutos y segundos de libertad, insistí en la idea de que la librería estaba en Spuistraat. Chloé, en su tranquilidad, no puso mucho esfuerzo por convencerme de que era en la otra dirección, pero me equivoqué y seguí en mis trece. Es muy chocante esta calle. En su inicio, cerca de la estación central, se ubican bares de ambiente, bares de mal ambiente y cabinas rojas, una especie de nexo del Barrio Rojo más underground y menos turístico, donde alguna de las chicas tiene incluso pegada al cristal una matrícula de Holanda para que sepas que, en caso de contratarla, estarás conduciendo producto nacional… pero a la mitad, como una gradación de colores, de oscuro a claro o de claro a oscuro, dependiendo de tus gustos, encontramos bares de moda, restaurantes caros, tiendas de diseño y ropa cara, y al final, librerías, expandidas a lo largo de la plaza donde acaba la calle. Justo a la mitad de Spuistraat fue cuando doblamos para seguir la dirección equivocada, yo miraba en el sentido lógico de la procedencia de las bicicletas para cruzar la calle y Chloé esperaba en el otro lado. La escuché gritar: ¡cuidado! y sentí a los tres segundos un ligero golpe en el costado. La bicicleta, circulando en dirección contraria y sin respetar el paso de peatones, se insertó perfectamente en mi cuerpo. El chico se disculpó, pero estaba tan lleno de furia que le grité, algo confuso, mientras caminaba: sorry no! toca el timbre coño!, recordé que no me entendía, y refunfuñando por la impotencia de no encontrar las palabras adecuadas en el inglés de la ira acabé espetándole: ring the… the… the bell hostia!, mientras movía nerviosamente el dedo pulgar y me alejaba maldiciendo con la cabeza entre los hombros como un viejo cascarrabias.

Los turistas nacionales, los habitantes que ensalzan la bandera de la resistencia y aún persisten en la península, nos interrogan preocupados sobre nuestra situación: en todos los sitios que hemos visitado hay españoles, en todos los restaurantes también! y todos saben de la sobrina o el primo de uno de ellos que está en Londres o Berlín cuidando niños o sirviendo bebidas. En ese momento viene la reflexión que busco, el punto que me hace sentir alguna esperanza por la Humanidad: somos como los sudamericanos que vinieron a España. Somos iguales. Tanto racismo que se acumuló ahora crea, como en el canal, un espejo en el que mirar y pararse a pensar si tenía razón tanto rechazo, y ruego para que esa sensación, ese vislumbrar la verdad, la luz, se esparza por toda la tierra, inundando los barrios, las plazas, los canales, los callejones estrechos, las casas bajas del centro, y lo más importante: los platós de las tertulias televisivas y los medios de comunicación masivos… así llegue a la gente, a las personas que conforman miles de ciudades, extrañas pero comunes, exóticas pero iguales. De lo que no tengo ninguna esperanza, aunque sería hermoso, es de que llegue a los parlamentos, a esos inhóspitos lugares no tiende a acercarse la sensatez.

 

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