Anexo

Considerada por Lisa (auténtica holandesa) la mejor historia sobre bicicletas…

Sobrevolaba Chloé el insondable océano camino hacia su tierra natal, mientras yo en la superficie movía agitadamente los brazos para evitar ahogarme y además captar su atención para suplicar un perdón que había dejado colgado en la conversación de Skype abierta que ella aún no había recibido. La noche del sábado, como todas las noches que viaja, me la pasé dando cabezadas de una hora, sin poder conciliar un sueño profundo, para chequear si había obtenido respuesta; la sombra de mi cabeza se reflejaba en la pared por la luz que emitía el ordenador. A las cinco caí rendido, a las nueve me desperté.

Entre esas cuatro horas que bajé la guardia aprovechó para acometer: cómo? buscando la bici? qué ha pasado?… 

24 horas antes todo estaba en orden. La despedí en el aeropuerto y ella, amablemente, me ofreció utilizar su vehículo, siempre que cuidara de él. Pues claro Chloé, como no iba a cuidarla. Nada podía hacerme pensar que esas palabras se me repetirían en la cabeza como una plegaria constante en mi calvario de regreso a casa, donde me torturaba a cada paso que daba en medio de la noche, que por suerte, no era tan fría como anteriores.

La bici, una batavus, marca típica holandesa, es una buena bici. La última renovación había sido la cubierta de la rueda trasera, que se caía a pedazos, y la siguiente, iba a ser la delantera, la misma rueda que, a eso de las 13:30 del sábado se pinchó.

En mi trabajo necesito la bicicleta para ir de un lado a otro, pudiendo así cumplir los tiempos que se me indican. Cada momento de mi trabajo es una carrera con sus check points, si falla, si la cuenta atrás finaliza antes de traspasar uno de ellos, estás perdido. Por eso elaboraba en mi cabeza la estrategia a seguir con la rueda pinchada. La cosa no iba mal, todo salía según lo indicado, y para no volver a casa a píe, centré todos mis esfuerzos en arreglar el pinchazo comprando la herramienta básica y necesaria.

Anochecía poco a poco a eso de las cuatro de la tarde y tenía que acelerar todos los trámites, destacando además la hora y media de break no pagado, quería abandonar mi trabajo lo antes posible. Cada segundo es oro. Arrastré la bici por media ciudad, hasta que llegué al check point de las cuatro y media. Es un restaurante que da a un canal. Dejé la bici de forma apresurada sin atarla con la cadena y entré para salir en cinco minutos y encargarme de ella, la noche era ya importante, el agua del canal era negra y cuando salí la bicicleta no estaba. Empecé a impacientarme, a recorrer la calle de un lado a otro buscando en vano que alguien la hubiera movido convirtiéndome en el fruto de alguna pesada broma, y gritaba nervioso que me habían robado la bici. La tensión iba en aumento. A los improperios fruto del nerviosismo añadía el célebre: mi novia me mata!. Y ahí, en el huracán turbado de mis pensamientos, comenzó el rezo que persistiría con fuerza hasta hoy: – you can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

Me relajé y se lo comenté a Javi, que se acercó al lugar donde la había aparcado. Justo al lado, en uno de esos barrotes metálicos que suelen compartir dos bicis atadas, habían colocado una nueva, todo hacía pensar que había caído al canal y así lo propuso él. Prefería pensar que la habían robado a que yacía en el fondo del agua, si quería hacer todo lo posible por recuperarla eso suponía volver al día siguiente con el bañador y las gafas. La suerte, o no se qué otro factor, quiso que no me mojara más que la mano derecha. El manillar se había enganchado a la cuerda que amarraba una embarcación, era difuso, me costó intuirlo, al principio sólo veía una mueca de tristeza metálica, transmitiendo ternura, agarrada de la cuerda en estado de súplica. Javi me sostenía las piernas para que no volcara hacia dentro del canal mientras yo la sacaba a pulso del agua; la dueña del bar, que había salido a fumar, no paraba de repetir riéndose que no había visto tal cosa en su vida.

Esperaba sacar un objeto roído y lleno de algas, como un tesoro sumergido en el fondo del mar, en su lugar, apareció la bicicleta de Chloé en perfecto estado, más limpia y reluciente incluso. Me alegré, eso hizo que me tranquilizara un poco, una dosis de emoción por el rescate… y no escuché las palabras de Javi recomendando que la dejara allí y volviera mañana, consejo que tomaría cariz premonitorio.

La noticia del rescate marino corrió por el bar en tres idiomas, unas veinticinco caras, cincuenta ojos y mil tonalidades e intenciones.

Ajeno a la bruma, seguí en mis trece resolviendo toda clase de ardides para arreglar la maldita cámara pinchada, mirando de soslayo el reloj del campanario y recitando mentalmente las obligaciones pendientes, así, volví al punto de partida de la carrera del día a día, organicé la salida del último tour y me refugié en el subsuelo-trastero que tengo por oficina y que comúnmente conocemos por: el despacho. El despacho es el lugar ideal donde relajarse. No se oye nada, no se siente nada, no hay apenas espacio para moverse. La rueda de la bici seguía pinchada y ya no me importaba, porque estaba en el despacho, llegando al final de mi carrera diaria.

Salí del underground para tomar el camino a casa y la bici no estaba. Me han seguido. Me están persiguiendo. Me la quieren jugar. Miré hacia todos los lados, seguí el protocolo de bici movida, no había canales cerca… Pregunté a los vecinos y se me vació la poca energía que me quedaba. No podía creerlo. Me habían robado la bicicleta dos veces en un mismo día, pero esta vez era de verdad, y para acabar de destruir el poco amor propio que me quedaba me percaté de que había dejado las llaves puestas en el candado. En seguida lo achaqué a la prisa provocada por el recorte del salario, por los escasos días de descanso, por la mala gente… pero no podía negar que había sido un cazurro de primer grado, un inútil, un zopenco, un atontado. Me torturaba con eso y más. ¡Sentía que había perdido a nuestro hijo!, ¿cómo podía cuidar de un niño si había perdido la bici dos veces en un día?. Toda la culpabilidad recayó en mí, sin salpicar, como debió caer la bicicleta en el canal, secretamente, en medio de la oscuridad. Recorrí las calles contiguas. El ladrón no había podido ir muy lejos con la rueda pinchada. – You can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

Me paseé por Dam para ver si daba con ella, volví a la oficina, pregunté a más vecinos… – you can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

No podía silenciar esa voz, esa escena en mi cabeza. ¿¡Dónde está la bicicleta?!…

La solución más sencilla fue caminar hacia donde suelen vender las bicicletas robadas: Rembrandtplein y Leidseplein, las zonas de fiesta y cotillón.

Para taimar la culpa quería relatárselo al mayor número de personas posible. Tras una ronda de telefonazos me acerqué al Rain, sí, el restaurante donde empezó todo. Un hombre debe volver a los orígenes de su lucha para encontrar la redención de sus pecados, y decidir así cómo redime su culpa. A todos les pareció una historia divertida para contar y ninguno comprendía mi exceso de culpabilidad. Imagino que esa culpa tan grande era simple frustración derivada del esfuerzo que llevaba todo el día realizando para que nada malo le ocurriera a la pobre Batavus, mezclado con la sensación de impotencia por la reducción de salario y la carencia de herramientas para arreglar ambos problemas. Un cóctel explosivo que sólo se podía evadir en aquel momento con un cocktail delicioso: banana’s rum. 

Una hora después comenzó mi calvario, la peregrinación, la vuelta a casa a píe aderezada con una nueva ronda de llamadas. Soy lo suficientemente mayor como para no llorar por una bici, pero me sentía tan tonto que con facilidad hubiera pataleado un rato, culpabilizando a inocentes de mi desgracia para eximirme de responsabilidades, era como un retorno a la adolescencia. Me sorprendió que todos mis interlocutores comprendieran que me sintiera así de desgraciado, yo en su caso hubiera utilizado el clásico “transposición”: tú no eres desgraciado! vas a tu casa ahora! desgraciados son los miles de inmigrantes que descienden el monte Gurugú para intentar, si tienen suerte, atravesar una valla repleta de cuchillas que cercenará sus cuerpos… para luego añadir: es sólo una bici tío. Y en parte yo mismo tendría razón, pero en aquel momento sólo pensaba qué podían estar haciendo con la bici, a dónde la habrían llevado y por qué la gente es tan hija de puta, que coloca cuchillas en una valla sabiendo que aún así, las personas, impulsadas por la esperanza y la miseria, intentarán saltarla.

Algo así como con una resaca del tormento que me había aplicado la noche anterior, renací en la mañana algo más reposado, hasta que me percaté de que olvidé la mochila en el Rain, el sábado era mi día…

– You can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

El domingo conseguí hablar con Chloé y me tranquilizó un poco, el lunes ya estaba casi todo superado, la misión era comprar una bicicleta nueva. La parte más emocionante y curiosa de toda esta historia es que el lunes, mientras trabajaba, distinguí, entre muchas otras bicicletas, el manillar triste que ansiando no acabar ahogado en el fondo del océano del canal se asió con fuerza a una cuerda. Me acerqué incrédulo, porque llevaba desde el domingo revisando cada una de las bicis que encontraba a mi paso y no podía creer que en efecto fuera ella. Para colmo el ladrón, el hurtador, no la había dejado ligada con la cadena, era libre, aunque seguía teniendo el candado que evita que se mueva la rueda trasera. Con seguridad me la colgué al hombro, y la alejé de allí, para llevarla a un lugar seguro, donde descansa sin creer todavía que todo esto haya ocurrido…

Una aventura inacabada, una pesadilla inverosímil, un simple chiste… es sólo una bici.

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