Muiden

El viaje

El sábado planeamos un viaje para el domingo. Simple, sin pretensiones, sin demasiados lujos: pedalear hasta que encontráramos un sitio lo suficientemente diferente a todos los paisajes que vemos diariamente, no es como viajar a la Antártida o a lugares exóticos, pero te mantiene el nervio activo pensar que vas en busca de lo desconocido. Desde que volví de Alicante el trabajo, en contra de las expectativas y de la argumentación básica que supuso mi reducción de salario, aumenta considerablemente, acercándose casi a los días de verano; queríamos hacer algo nuevo que rompiera la monotonía de los días, que se hacen más insoportables si vives en una constante planicie.

Pedaleando la llanura no tiene más horizonte que unas casas, y la intuición imaginada de prados que se alargan en el infinito que no alcanzas a ver. Hay que buscar los matices de un buen fondo en el paisaje interior, lo que abarca desde la línea del límite superior hasta tus pies, para encontrar allí un paisaje atractivo, reformular la idea de la vastedad de montañas y la atractiva violencia de las formas de la roca para disfrutar con el contraste entre el trigo y el prado. O la sorpresa de riachuelos que limitan y cierran los parterres donde las vacas ocasionalmente pacen, ahora ocupados por bandadas de patos que, ante la no llegada del crudo invierno siguen alimentándose en el Norte como conscientes de que en el Sur corren el peligro de, ante la escasez, ser devorados.

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Bueno, por qué negarlo, el cielo también es admirable en estas tierras de hábiles paisajistas…

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Pese al carácter rural de la escena, son sólo unos cinco minutos sobre la bicicleta para llegar hasta él, aún nos quedaban otros cincuenta y cinco minutos de paisajes… no fue tan así. Las fotos anteriores son cerca de la rivera del Amstel, donde deduzco que no se puede construir por ser un terreno bastante pantanoso, nuestro destino, planeado hacía una media hora, estaba hacia el este, en línea recta. Atravesamos distritos urbanos durante un rato largo, bloques de casas altos para ser Amsterdam, en barrios sorprendentemente tranquilos en los que no se veía un alma, lo cual estaba bastante bien en la búsqueda de soledad dominguera para templar la sobre saturación de turistas de mi rutina diaria.

Con la excusa de que teníamos una barra de pan duro, pura casualidad… Hicimos alguna breve parada para alimentar patos, actividad excitante cargada de dosis de adrenalina pura, sobre todo cuando en una misma laguna-canal se mezclan ocas, patos, gaviotas y aves acuáticas desconocidas para mí.

Gracias a la aventura descubrimos que las ocas son muy territoriales y posesivas, prefieren no comer antes que coma otra compañera, y enloquecen de tal manera que persiguen y muerden el culo de aquella que, por fortuna, ha conseguido un trozo de pan duro. Me recordaron a alguna raza en particular… Porque las gaviotas son mucho más mansas, sobrevuelan tu cabeza y se ríen si pescan algo. No creo que hagan turnos para que coman todas pero al menos no se muerden el culo.

De entre todas las clases de aves que deambulaban por allí me sorprendió una clase de patos, de palmo y medio aproximadamente, que únicamente se acercaron para ver que ocurría por el vecindario. No requerían pan, y debían ser excelentes nadadores. Sumergían el cuerpo entero y tardaban bastante en reflotarse, después de curiosear un rato se marcharon, juntos y en paz, tal como habían venido. No tenían la altiva dignidad del cisne ni la soberbia y paciente soledad de la garza, pero todos hubierais querido tener uno.

ImageOcas ansiosas en conato de lucha

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Gaviotas pacientes a la espera de su ración de pan duro

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Patito curioso

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La tertulia de las aves

     Si hubiéramos sabido que gran parte del camino flanquea una amplia carretera hubiéramos buscado una alternativa más delicada. Pero aquello nos hacía pedalear a más velocidad y así llegar antes a nuestro destino. Pese al asfalto, era brutal la cantidad de agua que nos rodeaba. Este país es agua pura. Puedes seguir el delgado canal que separa una parcela de tierra para dar con su final, una colina breve que protege el cauce del Amstel lo engulle, más adelante verás una charca, un lago que aparece de la nada, otro río, un canal en dirección opuesta y, cuando quieres darte cuenta, estás en la orilla del mar, que probablemente no sea mar, y se un embalse o vete a saber qué. Esta tierra se caracteriza por tener un control brutal del agua; medido, estudiado y también protegido. Los primeros lunes activan la simulación de alarma en caso de rotura de presas, aunque a mí nadie me ha explicado qué hacer en caso de que suene la real…

Pues así llegamos, sin saberlo, a nuestro destino: Muiderslot

Muiderslot

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     O el castillo de Muiden. Es una fortaleza que tiene su origen en una primera fortificación levantada por el Conde Floris V a orillas del río Vecht, que se conocía a principios del siglo X como el río A.

El Conde Floris V, nombre muy varonil, no respondía con acierto al carácter del mismo. Construyó el castillo para asegurar el pago de un peaje a los comerciantes que se dirigían a Utrecht, cercana ciudad, que obligatoriamente debían pasar por Muiden. Esto no le granjeó demasiadas amistades, como tampoco ayudó el secuestrar a la mujer de Gerard Van Velsen, el cual, con su nombre mucho más potente, organizó a un grupo de nobles para ejecutar su venganza. Floris V fue encerrado en su propio castillo, ironías de los peajes… y en un intento por fugarse acabó asesinado por el mismísimo Gerard. En Holanda no opinan lo mismo, de hecho es un héroe nacional que cayó en una trampa tendida por Edward I de Inglaterra y el Conde de Flandes, Guy de Lampierre para beneficiarse del comercio de la zona. En España el mero hecho de establecer un peaje ya le hubiera convertido en un ser repelente.

Por supuesto el castillo no sigue en pie desde el asesinato de Floris, ha sufrido reconstrucciones a lo largo de los siglos, y ahora, es un museo que muestra principalmente cómo vivían en el siglo XVI, ya que lo habitó otra eminente figura dutch: P.C. Hooft, según la guía del castillo, el Shakespeare holandés… En fin…

Pues secretos de la admiración holandesa, carácter francamente extraño, porque el Shakespeare holandés era, y cómo no podía ser de otra manera, alcalde. Un cobrador de impuestos y un alcalde héroes de Holanda. Sin duda esta gente está hecha de otra pasta.

Me asusté un poco antes de cruzar las puertas del castillo porque no dejaban de salir niños en éxtasis armados con espadas de madera y diciendo algo como dónde estaba la princesa… un castillo decorado al estilo mitificado de la Edad Media con dragones y magos no era lo que me esperaba! Al final resultó ser una falsa alarma, y una valiosa lección digna de imitar.

La musealización del castillo es muy efectiva, con salas decoradas, sin ningún miedo, con todo lujo de detalles sobre la vida en el siglo XVI y principios del XVII. Un recorrido interactivo además donde podías disfrazarte de bufón, de príncipe o (como probablemente haría Floris) de princesa. No es una recreación mítica, pero si un reclamo y una lección valiosa para niños y adultos. Teniendo un castillo medio en ruinas atravesado por un ascensor en Alicante, donde las salas están desiertas y cuando no, cerradas y mal cuidadas, este castillo da una idea del valor que tiene la conservación y estudio de los bienes culturales y arqueológicos. Tenemos mucho que aprender de los holandeses, y no me refiero al hecho de admirar a los alcaldes, aunque no estaría mal tener algunos, mejor dicho, al menos uno, digno de admirar.

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P. C. Hooft era también historiador y poeta, famoso en su época por organizar fiestas estivales a las que acudía la creme de la creme holandesa y de alrededores. Fiesta elitista a la cual todos querían asistir y a la que, si no eras invitado, sólo podía significar una cosa: ya no eres cool. Si hay algo que coincide en todos los siglos de la Historia y que a pesar de todo se repite con insistencia dramática son las guerras y los imbéciles.

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Imaginaos qué debía sentir Floris cuando desde la cárcel veía llegar mástiles a los que no podía cobrar peajes…

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El barco libre

Muiden

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     El pueblo de Muiden tiene su origen conocido en el siglo X, donde se encuentran las primeras referencias. Es un pueblo pequeño, según la camarera de la taberna donde paramos a comer, sólo dos mil habitantes, y francamente, no puedo imaginar que en él viva gente del siglo XXI. Conserva perfectamente la arquitectura de siglos atrás prácticamente intacta. El pueblo, a pesar de su pequeño tamaño, lo cruza una carretera con tráfico constante, tanto que de una orilla a otra del río, el puente, ordena el paso con un semáforo.

Es un pueblo con carácter históricamente militar. Además del castillo, está dotado con una fortaleza del siglo XIX, pero las primeras fortificaciones datan del siglo XV. Por su localización parece que fue un punto estratégico en el control de las rutas comerciales, además forma parte de la defensa de la ciudad de Amsterdam, y está dotado con una isla artificial situada a escasos kilómetros. La isla Pampus fue un fuerte perteneciente a una cadena de varios de ellos que protegían la principal ciudad de Holanda, y que es conocido en dutch como stelling van Amsterdam.

Aunque teníamos un poco de pan duro en la mochila, decidimos tirar la casa por la ventana y comer algo en uno de los tres restaurantes que nos ofrecía el pueblo. Las opciones eran limitadas, eso jugaba a nuestro favor, pero eran vario pintas. La Lonely Planet nos recomendaba un restaurante café cerca del río, con bastante gente y claro ambiente festivo, pero siempre nos hemos guiado con la misma premisa: no ir a donde diga la loly, y nos ha ido normalmente bien, dejándonos descubrir por nuestra cuenta, como ávidos aventureros, los mejores lugares, o al menos los más personales de cada ciudad. Otra de las opciones era un restaurante algo caro, con mención Michelin ya del 2014, decorado con pinturas y tapices, algo recargado pero con carácter. Yo me decanté por ese, en un alarde de generosidad derivado de la alegría del domingo y del razonamiento: ya que no nos hemos gastado el dinero en gasolina. La última opción resultaba muy poco probable: la Taveerne de Mol, aunque por el nombre era bastante adecuado dentro del panorama fantásticomedieval tras la visita al castillo.

La taberna estaba mal iluminada, casi en penumbra. Al fondo tenían una entrada de luz gracias a un ventanal, pero estaba lejos, y aprovechada por dos hombres que bebían cerveza en una mesa redonda de perfil a la entrada, aún con las botas puestas, por las cuales deduje que serían marineros o algo relacionado con el mar. El restaurante estaba decorado con cartas náuticas, grabados del pueblo y antiguos mapas. Todo de madera, del techo colgaban instrumentos de barcazas, poleas gigantes, candiles, cabos… excepto sobre la barra, sobre la cual pendía una trompeta, una tuba, un trombón y un saxo bastante viejos y roídos. Al lado de los hombres, aunque sin prestarle demasiada atención, y sobre un mueble visiblemente antiguo, había una tele plana dando los deportes.

Sin duda aquel era el sitio en el que comer. Lo decidió Chloé. Con un convincente: aquí no vendrían turistas. Los clientes no se habían acabado la cerveza cuando la camarera, joven y contenta de que nosotros, dos extraños, visitaran el bar, sin que lo pidieran les servía otra, y eso sucedió unas tres veces en lo que tardamos en comer unas bitterballen y el cerdo con saté que nos había preparado la freidora y el microondas. En ese tiempo entró otro hombre que a las cuatro de la tarde decidió abrir boca con un vodka con Coca Cola, bebida presumiblemente juvenil para un hombre calvo, delgado, con los escasos pelos canos y mirada envejecida. A pesar de que no entendíamos nada de lo que hablaba aquella gente, se podía interpretar por los gestos y el tono conversaciones similares a las que se mantendrían en un bar donde la gente bebía para emborracharse. Esa era la actividad. Todo aquello se parecía a cualquier lugar, en cualquier sitio donde imperaba cierta miseria, pero aún así no dejaba de impregnarse todo de carácter único, de personal, de escasamente turístico. En la taberna pasaban cosas que en realidad no quieres ver, no actos, pero si gestos, miradas, tonos de la voz decayendo, resignación… En aquella taberna Van Gogh podría haber pintado los comedores de patatas.

Al salir del bar, con cierto esfuerzo porque a pesar de todo, allí se estaba a gusto, la camarera se preocupó cerciorándose de que lo llevábamos todo, casi como una madre pese a no tener más de treinta años. Y adivinó que llegábamos de Amsterdam en bicicleta, pareciéndome que éramos casi un suspiro de libertad para ella, sobre todo cuando añadió resignada que Muiden era un pueblo casi diminuto. Debía de tener mucha sed de viaje.

Cuando abrí la puerta reparé en un cartel que no había visto antes: PubQuiz de la Taveerne de Mol! Igual no lo pasaban tan mal en Muiden. La taberna, eso sí, debía vivir miles de ambientes, y a fin de cuentas es casi como hacer miles de viajes lejanos en la aventura de vivir.

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Gelukkig nieuwjaar…

Que la Navidad es periodo de paz, armonía y bondad no es un secreto para nadie. Aún así había decidido marcarme esas propuestas a instancias de no poder sentir, vía mediática, ese bombardeo de buenos sentimientos. Me percaté, eso si, de que había crecido un gran árbol decorado en medio de la Plaza Dam, justo enfrente de la entrada del Palacio Real, ese edificio monárquico que supera la altura de la Iglesia Nueva, que tiene a su lado, y que Napoleón republicanizó y aumentó de tamaño tras la toma de la ciudad allá por el siglo XIX.

Ser bueno, paciente y armónico me lo planteé tras el drama de la bicicleta, algo estaba saliendo mal y había dos opciones, o no prestaba suficiente atención a lo que realizaba o había un Dios que pretendía atormentarme. La primera opción requería una habilidad que ni el tiempo ni el destino me habían conferido, no podía quedar otra, me adherí a la consigna de los tiempos que corren: la culpa es… de otro, siempre. Tan alejado del cristiano por mi culpa, por mi grandísima culpa y tan cerca, por contra, del animoso la culpa fue del chachachá, interpretada por políticos y banqueros a dos voces.

El regreso al trabajo después de pasar cuatro días en Alicante, donde el sol es siempre poderoso, fue una batalla interna y un lidiar con millones de turistas que visitan la ciudad. Llegan de todas partes del mundo, siempre perdidos, sin rumbo, dispuestos a consumir barato y a no perderse los highlights de la ciudad por el temor de que, al regreso, alguien les ofenda con su falta de tino al encontrar lo que Debes Ver en la Ciudad. El turista está perdido incluso cuando sabe dónde se encuentra, y camina lento y desconcertado como presa del pánico. Grita y salta sin sentido cuando escucha un timbre de bicicleta, y luego se ríe a carcajadas aunque siga en medio del carril bici interrumpiendo la circulación.

Es desconcertante cómo se sistematiza todo, cómo podría cuadrarse en distintos niveles al turista común que visita, por lo que yo se, Amsterdam. A veces, encontramos las características básicas en una misma pareja, que hacen pendant entre ambos. El hombre no quiere volver y que insulten su inteligencia por haberse perdido uno de los Básicos de Amsterdam, estudia el mapa con concentración y traza estrategias para realizar una cobertura perfecta de toda la ciudad en el menor tiempo posible. La mujer lleva gorrito mono y una reflex brutal, fotografía todos los canales y lo que más le gusta es perderse por las calles para encontrar la esencia de la ciudad, sus gentes, su modo de vida, su cultura… como si caminara por senderos de una selva y fuera a encontrar un prehistórico pueblo perdido en la cima de una colina. (Estos dos estereotipos se combinan y complementan indiferentemente de su género). Otras veces nos visitan viajeros. Gente que la ves suelta, se desenvuelven bien en un entorno desconocido y saben que no van a buscar lo que les interesa de la ciudad; la ciudad les va a encontrar a ellos, indicando humildemente si podrían estar interesados en algún edificio remarcable, alguna tienda curiosa o un bar auténtico.

El primer día después del regreso, el 27, es un histórico día complejo por el volumen de turistas y por volver a trabajar después de cuatro días de paz y amor, en los cuales había podido disfrutar de la familia al completo (mención especial para Tomás, que me preguntó preocupado acerca de la bicicleta y mis condiciones de vida en Amsterdam). Apostado en mi lugar de trabajo, esperando las primeras visitas, sentía encima de mi cabeza un péndulo afilado, dispuesto a recortar mi salario, mis horas, mis derechos y mi tiempo. El Tiempo maldito. Incluso escalando en Alicante, con el sol barnizando mi espalda, pegado a la roca como un gato en reposo, sentía el péndulo de las horas y los deberes. Ese maldito objeto se cierne sobre ti de improviso, al principio lo intuyes lejano, luego empiezas a avistarlo y súbitamente lo encuentras sobre tu cerro despeinándote a cada pasada. Lo mejor es que a él puedes culparle de todos tus males.

Al menos tienes trabajo. El rezo del 2014. Es verdad que, aunque ahora excepcionalmente las condiciones climáticas de Amsterdam son óptimas, no brilla el sol como en Alicante, ni se goza la vida en la calle y la comida buena y barata. Estando allí, una noche, ya tarde, decidimos los amigos salir a cenar; con mi estigma del Norte de Europa pensaba que iba a ser difícil encontrar algún sitio abierto, pero los bares estaban abarrotados. Pedimos sin control, y yo me asusté mirando la cartera pensando que la clavada sería el argumento de un libro, cuando trajeron la cuenta me dieron ganas de levantarme y brindar por la angustiosa crisis que baja los precios hasta la burla. Ese es el contraste de lo cotidiano. El tren que marcha de día en Amsterdam permite pagar las subidas de la luz, de los impuestos y la sanidad privada. Cuando amanece en Alicante, las calles vacías, los negocios cerrados, irónicos carteles anunciando que se necesitan anunciantes… y no es que me guste ver a la gente consumiendo sin reparo… pero amigos sin trabajo, familias en la ruina, tiendas quebradas que sobreviven con malabares, horas de esclavo y precios de saldo, en esta bufonada, una comedia trágica que se vende y se compra en el congreso y se siente en calles tristes. Aquella fama de locos, de bandidos, de asaltadores de caminos que tenían los ibéricos de patillas anchas se difumina con la liturgia tranquila y simpática de las doce uvas, mientras que el contenido reposo de los negociantes holandeses, que miden sus palabras para parecer cuerdos, para mediar por sus ingresos con eficacia, la elegancia de tipos de dos metros, se quiebra con el salvaje recibimiento del año: petardos y pólvora en cantidades industriales e individuales. Un guía ya advirtió: este es el único día donde está permitido tirar petardos, y lo utilizan lanzándolos contra turistas y transeúntes. Desatan la ferocidad de antaño obtenida tras años de piratería por los mares del norte convertida ahora discretamente en potentes bancos, férreo control del comercio internacional y una sociedad fuertemente clasista.

Organizando uno de los tours nocturnos en la plaza Dam, un gracioso lanzó un petardo entre el guía con el grupo de turistas y yo. Me aparté ligeramente para dejarlo reventar, pero al guía no se le ocurrió idea mejor que patearlo, al estar en una zona algo más elevada el petardo salió disparado con tal suerte que cruzó entre las cabezas de dos transeúntes que se limitaron a girar la cara atónitos inconscientes de lo afortunados que habían sido; un turista siguió el rumbo del petardo con un ui ui ui ui continuado y nervioso, cuando este desapareció se generó un silencio tenso entre todos los que ocupaban la plaza en aquel momento, que eran muchos. Una tensión desesperante que buscaba una salida se diluyó al final ante la falta evidente de culpables, que disimulaban.

A la mañana siguiente, ya entrados en el 2014, cogí el tranvía para dirigirme al trabajo. Para relajación del personal decir que tuve que hacerlo así ya que conduje la noche anterior la bicicleta de Chloé para dejarla aparcada en casa, dormidita y tranquila. Es curioso que días después de Año Nuevo, durante la despedida de mis padres y mi hermana que volaban ya para el sur, se me acercó un hombre de origen, parecía, indonés, sugiriéndome que atara la bicicleta a un poste para que no me la robaran. Fue un momento difícil de gestionar, mi familia perdía el tren hacia el aeropuerto y yo quería decirle a aquel hombre bajito y panchudo que qué me iba a contar a mi que yo ya no supiera para acompañarlos y despedirme como Dios manda. El hombre, al ver que no le hacía ningún caso, se abrió la pechera a lo Superman mostrándome su uniforme de policía; la cosa iba en serio. Ya me estoy acostumbrando a las despedidas, esta fue fugaz. El recorrido en tranvía, el primero del 2014, fue todo lo contrario. Un lento discurrir hacia el centro por las calles completamente vacías, al péndulo le gusta conducirnos hacia la desesperación en esos medios de transporte.

Ya en el centro comprobé los desastres de la noche por las calles principales. Como era pronto no habían empezado a limpiar las calles y todo era basura y plásticos, kilos de desperdicios a nivel industrial. Me giré en una ocasión y contemplé tres niveles en la calle: la basura de tapiz del suelo, un segundo nivel compuesto por los carteles de los negocios luchando por sobresalir y brillar más que el contrario y como tercero, el cielo. Hubiera sido inútil buscar culpables de todo el desastre, la basura, bicicletas tiradas, olor nauseabundo… era mejor agradecer a aquel que lo limpiaba, y tan sólo era cuestión de tiempo. ¿Hacia dónde giraba el péndulo cuando la idea era hacer el Bien?, ese péndulo que recorta nuestras horas, nuestros salarios y nuestros años nos angustia con su filo porque no tenemos dirección, no tenemos capacidad de crear, no podemos dar forma a nuestro mundo. Tan sólo beber, ensuciar las calles, fabricar esclavos y ser esclavos… y la culpa es mía. Es tuya también. Porque admitimos al péndulo del poder cernirse sobre nuestros destinos. En fin, todo es hermoso y siempre amanece un nuevo año donde toda la basura de noches del pasado, viejas y oscuras, puede limpiarse entre todos con esfuerzo.

¡feliz y próspero año a todos! Gelukkig nieuwjaar!