Gelukkig nieuwjaar…

Que la Navidad es periodo de paz, armonía y bondad no es un secreto para nadie. Aún así había decidido marcarme esas propuestas a instancias de no poder sentir, vía mediática, ese bombardeo de buenos sentimientos. Me percaté, eso si, de que había crecido un gran árbol decorado en medio de la Plaza Dam, justo enfrente de la entrada del Palacio Real, ese edificio monárquico que supera la altura de la Iglesia Nueva, que tiene a su lado, y que Napoleón republicanizó y aumentó de tamaño tras la toma de la ciudad allá por el siglo XIX.

Ser bueno, paciente y armónico me lo planteé tras el drama de la bicicleta, algo estaba saliendo mal y había dos opciones, o no prestaba suficiente atención a lo que realizaba o había un Dios que pretendía atormentarme. La primera opción requería una habilidad que ni el tiempo ni el destino me habían conferido, no podía quedar otra, me adherí a la consigna de los tiempos que corren: la culpa es… de otro, siempre. Tan alejado del cristiano por mi culpa, por mi grandísima culpa y tan cerca, por contra, del animoso la culpa fue del chachachá, interpretada por políticos y banqueros a dos voces.

El regreso al trabajo después de pasar cuatro días en Alicante, donde el sol es siempre poderoso, fue una batalla interna y un lidiar con millones de turistas que visitan la ciudad. Llegan de todas partes del mundo, siempre perdidos, sin rumbo, dispuestos a consumir barato y a no perderse los highlights de la ciudad por el temor de que, al regreso, alguien les ofenda con su falta de tino al encontrar lo que Debes Ver en la Ciudad. El turista está perdido incluso cuando sabe dónde se encuentra, y camina lento y desconcertado como presa del pánico. Grita y salta sin sentido cuando escucha un timbre de bicicleta, y luego se ríe a carcajadas aunque siga en medio del carril bici interrumpiendo la circulación.

Es desconcertante cómo se sistematiza todo, cómo podría cuadrarse en distintos niveles al turista común que visita, por lo que yo se, Amsterdam. A veces, encontramos las características básicas en una misma pareja, que hacen pendant entre ambos. El hombre no quiere volver y que insulten su inteligencia por haberse perdido uno de los Básicos de Amsterdam, estudia el mapa con concentración y traza estrategias para realizar una cobertura perfecta de toda la ciudad en el menor tiempo posible. La mujer lleva gorrito mono y una reflex brutal, fotografía todos los canales y lo que más le gusta es perderse por las calles para encontrar la esencia de la ciudad, sus gentes, su modo de vida, su cultura… como si caminara por senderos de una selva y fuera a encontrar un prehistórico pueblo perdido en la cima de una colina. (Estos dos estereotipos se combinan y complementan indiferentemente de su género). Otras veces nos visitan viajeros. Gente que la ves suelta, se desenvuelven bien en un entorno desconocido y saben que no van a buscar lo que les interesa de la ciudad; la ciudad les va a encontrar a ellos, indicando humildemente si podrían estar interesados en algún edificio remarcable, alguna tienda curiosa o un bar auténtico.

El primer día después del regreso, el 27, es un histórico día complejo por el volumen de turistas y por volver a trabajar después de cuatro días de paz y amor, en los cuales había podido disfrutar de la familia al completo (mención especial para Tomás, que me preguntó preocupado acerca de la bicicleta y mis condiciones de vida en Amsterdam). Apostado en mi lugar de trabajo, esperando las primeras visitas, sentía encima de mi cabeza un péndulo afilado, dispuesto a recortar mi salario, mis horas, mis derechos y mi tiempo. El Tiempo maldito. Incluso escalando en Alicante, con el sol barnizando mi espalda, pegado a la roca como un gato en reposo, sentía el péndulo de las horas y los deberes. Ese maldito objeto se cierne sobre ti de improviso, al principio lo intuyes lejano, luego empiezas a avistarlo y súbitamente lo encuentras sobre tu cerro despeinándote a cada pasada. Lo mejor es que a él puedes culparle de todos tus males.

Al menos tienes trabajo. El rezo del 2014. Es verdad que, aunque ahora excepcionalmente las condiciones climáticas de Amsterdam son óptimas, no brilla el sol como en Alicante, ni se goza la vida en la calle y la comida buena y barata. Estando allí, una noche, ya tarde, decidimos los amigos salir a cenar; con mi estigma del Norte de Europa pensaba que iba a ser difícil encontrar algún sitio abierto, pero los bares estaban abarrotados. Pedimos sin control, y yo me asusté mirando la cartera pensando que la clavada sería el argumento de un libro, cuando trajeron la cuenta me dieron ganas de levantarme y brindar por la angustiosa crisis que baja los precios hasta la burla. Ese es el contraste de lo cotidiano. El tren que marcha de día en Amsterdam permite pagar las subidas de la luz, de los impuestos y la sanidad privada. Cuando amanece en Alicante, las calles vacías, los negocios cerrados, irónicos carteles anunciando que se necesitan anunciantes… y no es que me guste ver a la gente consumiendo sin reparo… pero amigos sin trabajo, familias en la ruina, tiendas quebradas que sobreviven con malabares, horas de esclavo y precios de saldo, en esta bufonada, una comedia trágica que se vende y se compra en el congreso y se siente en calles tristes. Aquella fama de locos, de bandidos, de asaltadores de caminos que tenían los ibéricos de patillas anchas se difumina con la liturgia tranquila y simpática de las doce uvas, mientras que el contenido reposo de los negociantes holandeses, que miden sus palabras para parecer cuerdos, para mediar por sus ingresos con eficacia, la elegancia de tipos de dos metros, se quiebra con el salvaje recibimiento del año: petardos y pólvora en cantidades industriales e individuales. Un guía ya advirtió: este es el único día donde está permitido tirar petardos, y lo utilizan lanzándolos contra turistas y transeúntes. Desatan la ferocidad de antaño obtenida tras años de piratería por los mares del norte convertida ahora discretamente en potentes bancos, férreo control del comercio internacional y una sociedad fuertemente clasista.

Organizando uno de los tours nocturnos en la plaza Dam, un gracioso lanzó un petardo entre el guía con el grupo de turistas y yo. Me aparté ligeramente para dejarlo reventar, pero al guía no se le ocurrió idea mejor que patearlo, al estar en una zona algo más elevada el petardo salió disparado con tal suerte que cruzó entre las cabezas de dos transeúntes que se limitaron a girar la cara atónitos inconscientes de lo afortunados que habían sido; un turista siguió el rumbo del petardo con un ui ui ui ui continuado y nervioso, cuando este desapareció se generó un silencio tenso entre todos los que ocupaban la plaza en aquel momento, que eran muchos. Una tensión desesperante que buscaba una salida se diluyó al final ante la falta evidente de culpables, que disimulaban.

A la mañana siguiente, ya entrados en el 2014, cogí el tranvía para dirigirme al trabajo. Para relajación del personal decir que tuve que hacerlo así ya que conduje la noche anterior la bicicleta de Chloé para dejarla aparcada en casa, dormidita y tranquila. Es curioso que días después de Año Nuevo, durante la despedida de mis padres y mi hermana que volaban ya para el sur, se me acercó un hombre de origen, parecía, indonés, sugiriéndome que atara la bicicleta a un poste para que no me la robaran. Fue un momento difícil de gestionar, mi familia perdía el tren hacia el aeropuerto y yo quería decirle a aquel hombre bajito y panchudo que qué me iba a contar a mi que yo ya no supiera para acompañarlos y despedirme como Dios manda. El hombre, al ver que no le hacía ningún caso, se abrió la pechera a lo Superman mostrándome su uniforme de policía; la cosa iba en serio. Ya me estoy acostumbrando a las despedidas, esta fue fugaz. El recorrido en tranvía, el primero del 2014, fue todo lo contrario. Un lento discurrir hacia el centro por las calles completamente vacías, al péndulo le gusta conducirnos hacia la desesperación en esos medios de transporte.

Ya en el centro comprobé los desastres de la noche por las calles principales. Como era pronto no habían empezado a limpiar las calles y todo era basura y plásticos, kilos de desperdicios a nivel industrial. Me giré en una ocasión y contemplé tres niveles en la calle: la basura de tapiz del suelo, un segundo nivel compuesto por los carteles de los negocios luchando por sobresalir y brillar más que el contrario y como tercero, el cielo. Hubiera sido inútil buscar culpables de todo el desastre, la basura, bicicletas tiradas, olor nauseabundo… era mejor agradecer a aquel que lo limpiaba, y tan sólo era cuestión de tiempo. ¿Hacia dónde giraba el péndulo cuando la idea era hacer el Bien?, ese péndulo que recorta nuestras horas, nuestros salarios y nuestros años nos angustia con su filo porque no tenemos dirección, no tenemos capacidad de crear, no podemos dar forma a nuestro mundo. Tan sólo beber, ensuciar las calles, fabricar esclavos y ser esclavos… y la culpa es mía. Es tuya también. Porque admitimos al péndulo del poder cernirse sobre nuestros destinos. En fin, todo es hermoso y siempre amanece un nuevo año donde toda la basura de noches del pasado, viejas y oscuras, puede limpiarse entre todos con esfuerzo.

¡feliz y próspero año a todos! Gelukkig nieuwjaar!

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