Edam y Volendam

El segundo viaje

Cuando, aunque sea con una bicicleta, diriges tus pedaladas hacia el norte, este acto, te aleja un poco más de Alicante.

Desde que llegué a Amsterdam, hace algo más de seis meses, no he pasado más de cuatro días en las Españas, donde tantos conflictos afloran últimamente; así que sólo por los manipulados periódicos, el cuestionable facebook y los comentarios por whatsap de los amigos puedo intuir la situación, cada vez más dramática y a la deriva, de la sociedad española. A raíz de este pensamiento me percaté de que había sido algo injusto con los Países Bajos cuando, subidos en el ferri gratuito que cruza la bahía del Ij, miré a mi alrededor para observar en los rostros inexpresivos de los navegantes una multitud de procedencias, razas y culturas. Que luego la sociedad distribuya a todos, como Noé en su arca, en función de especie y clase social es otro asunto, porque la realidad es que Nederland te acoge, te respeta y te ofrece una oportunidad, te cobra también, pero en fin…

Tuvimos la suerte de que amaneció soleado y apenas soplaba un viento ligero desde el Sur, trayendo inesperados aromas mediterráneos de luz brillante y sol caliente, y aunque no queríamos repetir la ruta de todos los días para ir al trabajo lo hicimos, por la necesidad de atravesar la ciudad para llegar al Norte y es que en esas latitudes se ubican los famosos pueblos queseros: Edam y Volendam, que, pese a ser visita obligada, nos faltaban en la lista.

Este domingo el viaje iba a ser algo más largo, pero avanzábamos deprisa. Chloé se dio cuenta gracias a las múltiples corrientes de agua que el viento jugaba a nuestro favor, y que si la ida había sido rápida e indolora, con una feliz llegada, el regreso no sería tan sencillo porque tendríamos el viento a nuestra contra, era algo parecido a haber emigrado hasta Amsterdam. A pesar de todo, el trayecto no circundó esta vez pegado a una carretera, sino que, como yo esperaba, recorría campos, prados extensos donde comían las aves y pacían ovejas, apuntalados en el horizonte por campanarios, que hacían de eje en el infinito que alcanzábamos al rato de pedalear.

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Siempre me ha fascinado viajar atravesando pueblos, sueles llegar más tarde a tu destino, pero al menos conoces mejor la tierra que recorres. La que recorríamos en este caso es conocida como Waterland, para evitar complicaciones e ironías, nombrado así siguiendo el mismo proceso que la iglesia grande de Edam, que recibe el mismo nombre: Grote Kerk, es decir: iglesia grande.

Si Holanda entera podría llamarse Waterland, sobre todo para un mediterráneo de climas desérticos, Waterland es como una especie de broma amarga a sus habitantes, orgullosos de haber luchado contra algo tan poderoso como el mar hasta vencer terreno en el que cultivar; como venganza, el Mar del Norte inunda parcialmente la tierra creando algo parecido a un charco o a un permanente barrizal. Esa fusión de agua y tierra, tan cercana y controlada, crea pueblos como Broek in Waterland, diminuto pero paradigma de la arquitectura y el urbanismo adaptado a la difícil situación de la zona.

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     En las inmediaciones del mismo pueblo, literalmente dentro del agua, descubrimos la mayor cadena de casas barco que haya visto nunca. Además, gracias a la costumbre exhibicionista de los holandeses podíamos comprobar que sus habitantes no eran pobres sin tierra, sino excelentes y acaudalados decoradores de interiores, siempre tan bien cuidados y ostentosos (los interiores, no los decoradores).

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Nos abstuvimos de tomar fotos de los interiores para evitar problemas con la justicia

     Para cruzar el canal, cada casa tiene una embarcación privada, y en algunos casos también una plataforma atada con una cadena que se desliza a través de dos postes que se observan desde cada orilla, de manera que la tensión en un lado del mismo hace circular el aparato. Una especie de ascensor horizontal.

     Edam

     Nos aguardaban seis kilómetros de recorrido aún que circularon entre prados embarrados y un riachuelo que nos separaba de las ovejas.Como siempre en Holanda, avanzar recto hacia delante, sin curvas más que para acceder al pueblo: Edam, nuestro primer destino, el más alejado del sur.

Edam es un pueblo pequeño que fue puerto ballenero, cuyos habitantes más jóvenes me recordaron a los de Santa Pola, así que deduje que todos los niños de los pueblos pesqueros deben parecerse en la actitud. Niños de diez años con peinados chulescos, que comían golosinas como una especie de reto a una aparente y ficticia prohibición, que los situaba como reyes en la escala social, mientras además hablaban con el manos libres de móviles caros y de última generación. Eran algo así como las desventuras sociológicas de un pueblo dedicado a la pesca y al turismo. Aunque el domingo, por ser temporada baja quizás, las calles estaban más bien vacías para nuestro placer y esparcimiento.

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     Supongo que en el siglo XVI esas lindas criaturas habrían estado trabajando en uno de los 33 astilleros del pueblo, lo cual no digo que esté bien, o, por ser domingo, rezando en la Iglesia de San Nicolás, uno de los patrones de los marineros, al cual se le dedica normalmente una iglesia en los pueblos pesqueros.

Es curioso y cabe mencionar que el nombre Edam, procede de E, que era el nombre del río con el que linda, y Dam, que es presa. En el anterior post descubrimos que el río de Muiden era el río A, hasta que cambió de nombre. Comprendemos así mejor porqué la iglesia más grande se llama Iglesia Grande.

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     La siguiente iglesia que encontramos en el pueblo no sé cómo se denomina ni a quién está dedicada, pero me gustó la foto, y siguiendo la buena lógica del holandés, debe ser conocida como Iglesia Estrecha o Iglesia Pequeñita supongo.

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Aves volando alrededor del campanario siempre dan una visión terrorífica…

     Edam es una ciudad que sin su mercado de quesos, que se celebra los miércoles desde Julio hasta mediados de Agosto, se queda un poco solitaria y, en cierta manera, aburrida. Pasear por las calles de casas bajas está bien durante un rato. Descubrir un puente estrecho, variados tipos de embarcaciones y gran afición felina es entretenido, al menos se respira ambiente menos rabiosamente turístico que en Volendam, y las familias autóctonas pasean, caminando o en bicicleta, atravesando el cementerio. Al contrario que en España, gran parte de cementerios en Nederland se insertan en el pueblo, y la gente, aunque no vaya a visitar a amantes, familiares o amigos, pasea sin complejos ni supersticiones por sus senderos, que suelen limitar el perímetro de la iglesia, a la cual está adherido el camposanto.

Ciclo tormentoso de fotografías de Edam:

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Gato

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            Amor a los gatos

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Puente estrecho

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Edam

     Volendam

     Volendam es el hermano malo de Edam para quien busca paz y tranquilidad. Ya se intuye al cruzar la frontera imaginaria que separa ambos pueblos, unidos por la expansión urbanística.

En la oficina de información y turismo la encargada te recibe con el traje típico nacional. Una mujer, en nuestro caso, ya adulta, mayor, digna, alta y seguro que guapa en sus tiempos mozos, vestida de holandesa típica con una dignidad irrevocable y un orgullo natural, que hacía que al entrar no te espantaras o te rieras sin parar imaginando en Alicante una igual vestida de Fallera o Bellea del Foc, de hecho al entrar ni siquiera nos percatamos del traje hasta que se dirigió a nosotros, con lo cual el factor sorpresa no tuvo tanto efecto. Fue un proceso gradual.

Educada y simpática nos indicó dónde podríamos comer el plato típico: pescado, merluza rebozada, con patatas fritas; y también dónde encontraríamos los puestos en los que fotografiarnos con la vestimenta típica de Nederland. Una cosa es que hubiera hecho las paces con Amsterdam, y agradeciera la hospitalidad de esta tierra acuosa, pero someterme a la fanática tortura de vestirme de holandés era un paso que no estaba preparado para dar, ni como inmigrante, ni como turista.

La calle turística principal de Volendam es un paseo marítimo, donde se alternan los locales de foto con vestido tradicional y los restaurantes, creo que para mi sorpresa había igual número de ambos. La mujer nos prometió que todos los restaurantes tenían la misma calidad, así que tomamos como referente aquel en el que vimos que metían el pez en el microondas para servirlo recalentado, nos inclinamos entonces por el más barato, en una búsqueda que nos llevaría a un puesto ambulante de bocadillos de pez, donde por 6.5 euros comías la merluza en pan y un poco de bacalao rebozado, kibeling (salsa de ajo gratuita). Las patatas las compramos en otro puesto. Confeccionamos a nuestra medida el plato tradicional de la manera más económica posible… y fría, porque la tomamos frente al mar (idílica escena) rodeados de gaviotas, mientras las nubes tapaban el sol y se levantaba un fuerte viento desde el sur, que dificultaría, aunque no demasiado, nuestro regreso.

En Volendam las aves tienen menos miedo que en cualquier otro paseo marítimo, las gaviotas se acercan peligrosamente a tu comida en descensos en picado o mantienen un vuelo estable a escasos metros de tu cabeza batiendo las alas y graznando hambrientas. También los turistas graznan hambrientos, es verdad, pero al menos no lo hacen sobre tu cabeza o intentan comerse tus patatas fritas (que no estaban muy buenas, por cierto).

     Esa unión turista-gaviota es, desde mi punto de vista, uno de los grandes atractivos de Volendam, sintetizado en la increíble imagen que uno de los visitantes tomó de su compañero de viaje. Este, confiado, se subió a un banco después de haber comido, y con los brazos alzados y en cruz, fingía tener algo de comida en las manos, frotándose el dedo índice y pulgar en algo que parecía el signo del dinero, al cual acudían las cientos de gaviotas, que lo rodeaban ansiosas entre graznidos potentes, algo incrédulas ante el hecho de que aquel tipo, que reía, estuviera haciendo algo tan estúpido. Parecía que le gritaban con visible enfado algo como: vístete de holandés y déjanos en paz, idiota!… 

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Vista desde el “restaurante”: Isla de Marken (¿próximo destino?)

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