San Valentín (i)

El 14 de Febrero celebramos el amor sin medida, para ello unimos alimentos que, de una manera u otra forman el puzle de la Europa común. Un puzle un tanto complejo para los años que corren de alarma social sobre inquisitoriales leyes reguladoras de inmigración. La celebración unió en nuestra mesa el afrutado vino francés y el sabroso queso apoyado en un típico pan holandés, dulce, oscuro, cubierto de pepitas de sésamo y rellenado con nueces, avellanas y pasas.

Hace unos días me llegó la noticia de que en Bruselas ya empezaban a echar a españoles en paro, un overbooking territorial y monetario para así librarse del pago de ayudas por desempleo y demás políticas sociales que el gobierno belga adoptó de manera generosa hace unos años, y que ahora se tuercen por la supuesta falta de recursos. Supongo que la cuestión será algo más compleja. Lo que es simple es que involuntariamente, con el paso del tiempo, la pobreza y el paro están haciendo mella en una Europa antaño sede de riqueza y prosperidad, generando una clase social nueva para nosotros, aunque no para la Historia, los pobres, que crecen y se desarrollan ocupando toda la paellera como granos de arroz.

La paella. Reina y plato principal en nuestra noche romántica.

Escogí un arroz sencillo: pollo y conejo. El primero descansaba pacientemente en nuestro congelador, y el segundo temí que fuera una caza compleja, siendo al final una adquisición fácil en un puesto del mercado de Albert Cuyp, en de Pijp, donde adquirí los demás ingredientes excepto uno.

 

Nyora

Nyora

 

Aquellos que no puedan reconocerlo al instante elucubrarán con toda serie de verduras derivadas del pimiento, similares a algo procedente de su tierra pero, me atrevería a afirmar, con un sabor completamente diferente a la de esta variedad de capsicum annuum. 

Si tenemos que hablar de patrias y orígenes me planto en la ristra colgante de ñoras que cuelga de toda cocina alicantina, en su sabor se esconde la patria de mi infancia.

Aún hoy es para mi el refugio de todo lo exótico que supone un sabor amargo en su piel y dulce en la escasa carne pegada a sus paredes. La nostalgia por mi tierra la siento de verdad en todas las historias que se han trenzado alrededor de este producto. Una tarde cuando probé la pericana al sol de verano nunca me imaginaría esperar en Amsterdam unas nieves que nunca acaban de llegar, y es que lo que se suponía un invierno crudo, de vientos gélidos y nieves permanentes se disuelve en temperaturas que con esfuerzo tumban el termómetro a cero grados y lluvias perfectamente sincronizadas en turnos de sol, nube y agua, que la convierten en un agente atmosférico no tan molesto como los guardias civiles que disparan a nadadores inexpertos en orillas africanas. Agua, autoridad y lucha podría ser el precoz primerizo resumen del nuevo siglo XXI.

La ñora ocupa en el mapa de la cocina de aquí, bueno, de allí, un rincón secreto, con poca luz y húmedo que arruga aún más su piel. La ñora sería una patria de la que no pueden echarte nunca, siempre hay trabajo en la ñora, encontrar su carne, extraer concentrado la dulzura de los primeros bocados amargos y desagradecidos, hervirla, freírla…, esconderte en el relieve pronunciado y sus cavidades también es una opción para inmigrantes perdidos.

 

Nyora II

Nyora II

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