responsabilidad civil

Para aligerar los pretenciosos y aburridos capítulos sobre Historia y Arte contaré otra, que como todas las historias bonitas, también empieza con sangre en la boca, y aunque mi hermana, experta en dientes, me había dicho que la única razón era que apretaba las mandíbulas al dormir, yo había elaborado una larga lista de enfermedades graves y peligrosas que comenzaban desde la apendicitis hasta el Ébola. Tengo que reconocer que me avergoncé de que hubiera un brote real y bastante potente en Guinea y yo estuviera imaginando medio en broma medio en brote psicótico que lo tenía, no era muy elegante.

Han sido tres intensos días de hipocondría, ansiedad y estrés. El sabor ferruginoso en la boca condujo a un ficticio dolor de muelas, transportado a dolor de vientre por los nervios y con ello, a la cabeza por no parar de pensar en todas esas graves enfermedades.

Lo más común en estos casos es preguntarse por qué estrés y ansiedad… Mis padres me reprenderían con el famoso ya te lo dijimos marca de la casa. Lo que tanto me decían era que mi obstinado empeño por conseguir una formación académica pobre, limitada y precaria sólo me daría disgustos en la vida; y puede que sea una razón, pero sería todo menos dramático si viviera en un país donde la gente comprendiera mi idioma y yo, de paso, comprendiera el suyo. También es factible que la amenaza rusa, las tensiones bélicas con Ucrania y la Unión Europea, causen en mí un grave estado de ansiedad. Juraría que un combinado de pocas herramientas académicas, incomprensión y Rusia es el cóctel que buscamos, pero no puede achacarse todo a la falta de estudios, yo no podía imaginar a los 18 años, cuando pensaba que el mundo iba a caerse en pedazos, que habría una Holanda para salvarnos a todos.

Basándonos en que el estrés procede de la incapacidad de no comprender nada, creo que es puramente lógica. Después de tanto tiempo en Holanda sólo se decir qué tal estás, y de una manera tan poco esforzada que salta a la legua que no pretendo aprender nada más. Construyo historias imaginadas a partir de los retazos de conversación, fabricando diálogos posibles, que se pierden en un bar o en una calle. Esa desvinculación entre ficción y realidad es muy divertida, y aunque parece que me somete a bastante tensión, no lo veo una razón suficiente para apretar los dientes mientras duermo, creo.

La cuestión es que todo esto empezó poco después de que una empleada del banco se mostrara algo confusa ante la idea de que yo no tuviera un seguro de responsabilidad civil. Para convencerme de que lo adquiriera recurrió a los sueños y esperanzas de todo ser humano mediante la frase ¡el seguro de responsabilidad civil es la razón por la cual los holandeses compran tanto sin mirar el dinero!  Joder, dicho así pintaba bastante bien tener uno de esos, pero yo no tengo dinero para poder comprar nada que responsabilizar, y nunca se me ha dado bien lo relacionado con la responsabilidad.

Para rematar la jugada y hundirme más en mi velero del inmigrante remarcó ¡sirve para que si te rompen el coche no tengas que pagar nada!  Por mi cara de estupor debió deducir que no tenía bólido, pero con la habilidad de un maestro sacó su as de la manga: con este seguro, si rompes una cámara de un turista mientras le haces una foto, ¡no tendrás que pagarle la cámara! No podía creer lo que estaba oyendo. Aquello acabó de rematar la jugada. Si me hubiera puesto a dormir tras aquella escenita probablemente me habría despertado sobresaltado con el ruido de mi propio rechinar de dientes.

No sólo me restregó mi escasa capacidad económica para comprar sin límite, evidente deseo inherente a la raza humana; también me recordó que no tengo coche y que sólo podía aspirar a tocar una cámara de fotos si era de otro. No compré el seguro.

Para más inri llegaba tarde al trabajo. La morenita guapa del banco me estaba haciendo perder el tiempo con su escasa habilidad vendedora, y a mitad de camino, mientras apretaba con la bicicleta para ganarle tiempo al reloj, la policía alterada me paró tras saltarme un semáforo. Todo para dejar pasar una larga fila de coches oficiales negros de cristales tintados, a través de los cuales juré y perjuré haber visto al mismísimo Obama. Iba a venir a Amsterdam dos días después, pero me moría de ganas por decir que había visto a un Nobel de la Paz, al hombre más poderoso del mundo que nos libraría de la amenaza de Putin, el Siberiano Salvaje.

Obama iba a dormir en la Haya, en un submarino nuclear. La gente de mí alrededor me convenció para que dejara de insistir en la idea de que por ver un negro en un coche oficial tuviera que ser el mismísimo Obama, pero hay que reconocer que no van muchos negros en coches oficiales. Es una realidad, no hay que ser hipócritas.

Dentro de unos días viajaré a Alicante, en avión, no en submarino nuclear. Como buen inmigrante que ama su tierra deseo salvajemente ir, pero me da miedo volar, y las noticias no acompañan últimamente en lo referente a la aviación. Esto me hace apretar los dientes hasta despierto.

Podría ponerme trágico y contar que la razón de mi terrible ansiedad es ver la pésima situación del mundo y de la sociedad española, de la juventud marchitada que desolada no tiene capacidad por crear alternativas dignas donde establecer un futuro, una vida, una esperanza real por creer en ellos mismos y en su fuerza… pero he sido casi de los primeros en largarme por patas del espantoso festival del fin de curso de la democracia así que tampoco me voy a poner dramático ni achacar a esto mis problemas de azotea.

El día que vi al mandatario misterioso y que la chica joven y guapa intentó venderme el seguro, llegué al final a tiempo al trabajo, un poco a malas con el sistema por obcecarse en la idea de que un mandatario necesita toda una cohorte de policías y coches oficiales, también porque la chica joven, de mi edad aprox., pensara que todos mis sueños se traducen en comprar sin medida o en que me devuelvan el dinero de las lunas rotas de un coche que ni siquiera tengo.

En la puerta de mi trabajo, sentada en un soportal elevado, una chica lloraba desconsolada, calmó mi ira por piedad, y me sentí algo triste pensando que tal vez la cámara de algún turista se le hubiera deslizado de las manos en el momento de apretar el botón que capta la felicidad rebosante del viajero, y quizás ella, desdichada, no contrató un seguro de responsabilidad civil.

Con ese nombre parece un seguro que más bien te obliga a movilizarte por las luchas sociales, aunque quién sabe cómo coño se dirá en holandés seguro de responsabilidad civil.

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