Edam y Volendam

El segundo viaje

Cuando, aunque sea con una bicicleta, diriges tus pedaladas hacia el norte, este acto, te aleja un poco más de Alicante.

Desde que llegué a Amsterdam, hace algo más de seis meses, no he pasado más de cuatro días en las Españas, donde tantos conflictos afloran últimamente; así que sólo por los manipulados periódicos, el cuestionable facebook y los comentarios por whatsap de los amigos puedo intuir la situación, cada vez más dramática y a la deriva, de la sociedad española. A raíz de este pensamiento me percaté de que había sido algo injusto con los Países Bajos cuando, subidos en el ferri gratuito que cruza la bahía del Ij, miré a mi alrededor para observar en los rostros inexpresivos de los navegantes una multitud de procedencias, razas y culturas. Que luego la sociedad distribuya a todos, como Noé en su arca, en función de especie y clase social es otro asunto, porque la realidad es que Nederland te acoge, te respeta y te ofrece una oportunidad, te cobra también, pero en fin…

Tuvimos la suerte de que amaneció soleado y apenas soplaba un viento ligero desde el Sur, trayendo inesperados aromas mediterráneos de luz brillante y sol caliente, y aunque no queríamos repetir la ruta de todos los días para ir al trabajo lo hicimos, por la necesidad de atravesar la ciudad para llegar al Norte y es que en esas latitudes se ubican los famosos pueblos queseros: Edam y Volendam, que, pese a ser visita obligada, nos faltaban en la lista.

Este domingo el viaje iba a ser algo más largo, pero avanzábamos deprisa. Chloé se dio cuenta gracias a las múltiples corrientes de agua que el viento jugaba a nuestro favor, y que si la ida había sido rápida e indolora, con una feliz llegada, el regreso no sería tan sencillo porque tendríamos el viento a nuestra contra, era algo parecido a haber emigrado hasta Amsterdam. A pesar de todo, el trayecto no circundó esta vez pegado a una carretera, sino que, como yo esperaba, recorría campos, prados extensos donde comían las aves y pacían ovejas, apuntalados en el horizonte por campanarios, que hacían de eje en el infinito que alcanzábamos al rato de pedalear.

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Siempre me ha fascinado viajar atravesando pueblos, sueles llegar más tarde a tu destino, pero al menos conoces mejor la tierra que recorres. La que recorríamos en este caso es conocida como Waterland, para evitar complicaciones e ironías, nombrado así siguiendo el mismo proceso que la iglesia grande de Edam, que recibe el mismo nombre: Grote Kerk, es decir: iglesia grande.

Si Holanda entera podría llamarse Waterland, sobre todo para un mediterráneo de climas desérticos, Waterland es como una especie de broma amarga a sus habitantes, orgullosos de haber luchado contra algo tan poderoso como el mar hasta vencer terreno en el que cultivar; como venganza, el Mar del Norte inunda parcialmente la tierra creando algo parecido a un charco o a un permanente barrizal. Esa fusión de agua y tierra, tan cercana y controlada, crea pueblos como Broek in Waterland, diminuto pero paradigma de la arquitectura y el urbanismo adaptado a la difícil situación de la zona.

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     En las inmediaciones del mismo pueblo, literalmente dentro del agua, descubrimos la mayor cadena de casas barco que haya visto nunca. Además, gracias a la costumbre exhibicionista de los holandeses podíamos comprobar que sus habitantes no eran pobres sin tierra, sino excelentes y acaudalados decoradores de interiores, siempre tan bien cuidados y ostentosos (los interiores, no los decoradores).

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Nos abstuvimos de tomar fotos de los interiores para evitar problemas con la justicia

     Para cruzar el canal, cada casa tiene una embarcación privada, y en algunos casos también una plataforma atada con una cadena que se desliza a través de dos postes que se observan desde cada orilla, de manera que la tensión en un lado del mismo hace circular el aparato. Una especie de ascensor horizontal.

     Edam

     Nos aguardaban seis kilómetros de recorrido aún que circularon entre prados embarrados y un riachuelo que nos separaba de las ovejas.Como siempre en Holanda, avanzar recto hacia delante, sin curvas más que para acceder al pueblo: Edam, nuestro primer destino, el más alejado del sur.

Edam es un pueblo pequeño que fue puerto ballenero, cuyos habitantes más jóvenes me recordaron a los de Santa Pola, así que deduje que todos los niños de los pueblos pesqueros deben parecerse en la actitud. Niños de diez años con peinados chulescos, que comían golosinas como una especie de reto a una aparente y ficticia prohibición, que los situaba como reyes en la escala social, mientras además hablaban con el manos libres de móviles caros y de última generación. Eran algo así como las desventuras sociológicas de un pueblo dedicado a la pesca y al turismo. Aunque el domingo, por ser temporada baja quizás, las calles estaban más bien vacías para nuestro placer y esparcimiento.

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     Supongo que en el siglo XVI esas lindas criaturas habrían estado trabajando en uno de los 33 astilleros del pueblo, lo cual no digo que esté bien, o, por ser domingo, rezando en la Iglesia de San Nicolás, uno de los patrones de los marineros, al cual se le dedica normalmente una iglesia en los pueblos pesqueros.

Es curioso y cabe mencionar que el nombre Edam, procede de E, que era el nombre del río con el que linda, y Dam, que es presa. En el anterior post descubrimos que el río de Muiden era el río A, hasta que cambió de nombre. Comprendemos así mejor porqué la iglesia más grande se llama Iglesia Grande.

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     La siguiente iglesia que encontramos en el pueblo no sé cómo se denomina ni a quién está dedicada, pero me gustó la foto, y siguiendo la buena lógica del holandés, debe ser conocida como Iglesia Estrecha o Iglesia Pequeñita supongo.

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Aves volando alrededor del campanario siempre dan una visión terrorífica…

     Edam es una ciudad que sin su mercado de quesos, que se celebra los miércoles desde Julio hasta mediados de Agosto, se queda un poco solitaria y, en cierta manera, aburrida. Pasear por las calles de casas bajas está bien durante un rato. Descubrir un puente estrecho, variados tipos de embarcaciones y gran afición felina es entretenido, al menos se respira ambiente menos rabiosamente turístico que en Volendam, y las familias autóctonas pasean, caminando o en bicicleta, atravesando el cementerio. Al contrario que en España, gran parte de cementerios en Nederland se insertan en el pueblo, y la gente, aunque no vaya a visitar a amantes, familiares o amigos, pasea sin complejos ni supersticiones por sus senderos, que suelen limitar el perímetro de la iglesia, a la cual está adherido el camposanto.

Ciclo tormentoso de fotografías de Edam:

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Gato

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            Amor a los gatos

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Puente estrecho

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Edam

     Volendam

     Volendam es el hermano malo de Edam para quien busca paz y tranquilidad. Ya se intuye al cruzar la frontera imaginaria que separa ambos pueblos, unidos por la expansión urbanística.

En la oficina de información y turismo la encargada te recibe con el traje típico nacional. Una mujer, en nuestro caso, ya adulta, mayor, digna, alta y seguro que guapa en sus tiempos mozos, vestida de holandesa típica con una dignidad irrevocable y un orgullo natural, que hacía que al entrar no te espantaras o te rieras sin parar imaginando en Alicante una igual vestida de Fallera o Bellea del Foc, de hecho al entrar ni siquiera nos percatamos del traje hasta que se dirigió a nosotros, con lo cual el factor sorpresa no tuvo tanto efecto. Fue un proceso gradual.

Educada y simpática nos indicó dónde podríamos comer el plato típico: pescado, merluza rebozada, con patatas fritas; y también dónde encontraríamos los puestos en los que fotografiarnos con la vestimenta típica de Nederland. Una cosa es que hubiera hecho las paces con Amsterdam, y agradeciera la hospitalidad de esta tierra acuosa, pero someterme a la fanática tortura de vestirme de holandés era un paso que no estaba preparado para dar, ni como inmigrante, ni como turista.

La calle turística principal de Volendam es un paseo marítimo, donde se alternan los locales de foto con vestido tradicional y los restaurantes, creo que para mi sorpresa había igual número de ambos. La mujer nos prometió que todos los restaurantes tenían la misma calidad, así que tomamos como referente aquel en el que vimos que metían el pez en el microondas para servirlo recalentado, nos inclinamos entonces por el más barato, en una búsqueda que nos llevaría a un puesto ambulante de bocadillos de pez, donde por 6.5 euros comías la merluza en pan y un poco de bacalao rebozado, kibeling (salsa de ajo gratuita). Las patatas las compramos en otro puesto. Confeccionamos a nuestra medida el plato tradicional de la manera más económica posible… y fría, porque la tomamos frente al mar (idílica escena) rodeados de gaviotas, mientras las nubes tapaban el sol y se levantaba un fuerte viento desde el sur, que dificultaría, aunque no demasiado, nuestro regreso.

En Volendam las aves tienen menos miedo que en cualquier otro paseo marítimo, las gaviotas se acercan peligrosamente a tu comida en descensos en picado o mantienen un vuelo estable a escasos metros de tu cabeza batiendo las alas y graznando hambrientas. También los turistas graznan hambrientos, es verdad, pero al menos no lo hacen sobre tu cabeza o intentan comerse tus patatas fritas (que no estaban muy buenas, por cierto).

     Esa unión turista-gaviota es, desde mi punto de vista, uno de los grandes atractivos de Volendam, sintetizado en la increíble imagen que uno de los visitantes tomó de su compañero de viaje. Este, confiado, se subió a un banco después de haber comido, y con los brazos alzados y en cruz, fingía tener algo de comida en las manos, frotándose el dedo índice y pulgar en algo que parecía el signo del dinero, al cual acudían las cientos de gaviotas, que lo rodeaban ansiosas entre graznidos potentes, algo incrédulas ante el hecho de que aquel tipo, que reía, estuviera haciendo algo tan estúpido. Parecía que le gritaban con visible enfado algo como: vístete de holandés y déjanos en paz, idiota!… 

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Vista desde el “restaurante”: Isla de Marken (¿próximo destino?)

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Muiden

El viaje

El sábado planeamos un viaje para el domingo. Simple, sin pretensiones, sin demasiados lujos: pedalear hasta que encontráramos un sitio lo suficientemente diferente a todos los paisajes que vemos diariamente, no es como viajar a la Antártida o a lugares exóticos, pero te mantiene el nervio activo pensar que vas en busca de lo desconocido. Desde que volví de Alicante el trabajo, en contra de las expectativas y de la argumentación básica que supuso mi reducción de salario, aumenta considerablemente, acercándose casi a los días de verano; queríamos hacer algo nuevo que rompiera la monotonía de los días, que se hacen más insoportables si vives en una constante planicie.

Pedaleando la llanura no tiene más horizonte que unas casas, y la intuición imaginada de prados que se alargan en el infinito que no alcanzas a ver. Hay que buscar los matices de un buen fondo en el paisaje interior, lo que abarca desde la línea del límite superior hasta tus pies, para encontrar allí un paisaje atractivo, reformular la idea de la vastedad de montañas y la atractiva violencia de las formas de la roca para disfrutar con el contraste entre el trigo y el prado. O la sorpresa de riachuelos que limitan y cierran los parterres donde las vacas ocasionalmente pacen, ahora ocupados por bandadas de patos que, ante la no llegada del crudo invierno siguen alimentándose en el Norte como conscientes de que en el Sur corren el peligro de, ante la escasez, ser devorados.

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Bueno, por qué negarlo, el cielo también es admirable en estas tierras de hábiles paisajistas…

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Pese al carácter rural de la escena, son sólo unos cinco minutos sobre la bicicleta para llegar hasta él, aún nos quedaban otros cincuenta y cinco minutos de paisajes… no fue tan así. Las fotos anteriores son cerca de la rivera del Amstel, donde deduzco que no se puede construir por ser un terreno bastante pantanoso, nuestro destino, planeado hacía una media hora, estaba hacia el este, en línea recta. Atravesamos distritos urbanos durante un rato largo, bloques de casas altos para ser Amsterdam, en barrios sorprendentemente tranquilos en los que no se veía un alma, lo cual estaba bastante bien en la búsqueda de soledad dominguera para templar la sobre saturación de turistas de mi rutina diaria.

Con la excusa de que teníamos una barra de pan duro, pura casualidad… Hicimos alguna breve parada para alimentar patos, actividad excitante cargada de dosis de adrenalina pura, sobre todo cuando en una misma laguna-canal se mezclan ocas, patos, gaviotas y aves acuáticas desconocidas para mí.

Gracias a la aventura descubrimos que las ocas son muy territoriales y posesivas, prefieren no comer antes que coma otra compañera, y enloquecen de tal manera que persiguen y muerden el culo de aquella que, por fortuna, ha conseguido un trozo de pan duro. Me recordaron a alguna raza en particular… Porque las gaviotas son mucho más mansas, sobrevuelan tu cabeza y se ríen si pescan algo. No creo que hagan turnos para que coman todas pero al menos no se muerden el culo.

De entre todas las clases de aves que deambulaban por allí me sorprendió una clase de patos, de palmo y medio aproximadamente, que únicamente se acercaron para ver que ocurría por el vecindario. No requerían pan, y debían ser excelentes nadadores. Sumergían el cuerpo entero y tardaban bastante en reflotarse, después de curiosear un rato se marcharon, juntos y en paz, tal como habían venido. No tenían la altiva dignidad del cisne ni la soberbia y paciente soledad de la garza, pero todos hubierais querido tener uno.

ImageOcas ansiosas en conato de lucha

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Gaviotas pacientes a la espera de su ración de pan duro

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Patito curioso

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La tertulia de las aves

     Si hubiéramos sabido que gran parte del camino flanquea una amplia carretera hubiéramos buscado una alternativa más delicada. Pero aquello nos hacía pedalear a más velocidad y así llegar antes a nuestro destino. Pese al asfalto, era brutal la cantidad de agua que nos rodeaba. Este país es agua pura. Puedes seguir el delgado canal que separa una parcela de tierra para dar con su final, una colina breve que protege el cauce del Amstel lo engulle, más adelante verás una charca, un lago que aparece de la nada, otro río, un canal en dirección opuesta y, cuando quieres darte cuenta, estás en la orilla del mar, que probablemente no sea mar, y se un embalse o vete a saber qué. Esta tierra se caracteriza por tener un control brutal del agua; medido, estudiado y también protegido. Los primeros lunes activan la simulación de alarma en caso de rotura de presas, aunque a mí nadie me ha explicado qué hacer en caso de que suene la real…

Pues así llegamos, sin saberlo, a nuestro destino: Muiderslot

Muiderslot

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     O el castillo de Muiden. Es una fortaleza que tiene su origen en una primera fortificación levantada por el Conde Floris V a orillas del río Vecht, que se conocía a principios del siglo X como el río A.

El Conde Floris V, nombre muy varonil, no respondía con acierto al carácter del mismo. Construyó el castillo para asegurar el pago de un peaje a los comerciantes que se dirigían a Utrecht, cercana ciudad, que obligatoriamente debían pasar por Muiden. Esto no le granjeó demasiadas amistades, como tampoco ayudó el secuestrar a la mujer de Gerard Van Velsen, el cual, con su nombre mucho más potente, organizó a un grupo de nobles para ejecutar su venganza. Floris V fue encerrado en su propio castillo, ironías de los peajes… y en un intento por fugarse acabó asesinado por el mismísimo Gerard. En Holanda no opinan lo mismo, de hecho es un héroe nacional que cayó en una trampa tendida por Edward I de Inglaterra y el Conde de Flandes, Guy de Lampierre para beneficiarse del comercio de la zona. En España el mero hecho de establecer un peaje ya le hubiera convertido en un ser repelente.

Por supuesto el castillo no sigue en pie desde el asesinato de Floris, ha sufrido reconstrucciones a lo largo de los siglos, y ahora, es un museo que muestra principalmente cómo vivían en el siglo XVI, ya que lo habitó otra eminente figura dutch: P.C. Hooft, según la guía del castillo, el Shakespeare holandés… En fin…

Pues secretos de la admiración holandesa, carácter francamente extraño, porque el Shakespeare holandés era, y cómo no podía ser de otra manera, alcalde. Un cobrador de impuestos y un alcalde héroes de Holanda. Sin duda esta gente está hecha de otra pasta.

Me asusté un poco antes de cruzar las puertas del castillo porque no dejaban de salir niños en éxtasis armados con espadas de madera y diciendo algo como dónde estaba la princesa… un castillo decorado al estilo mitificado de la Edad Media con dragones y magos no era lo que me esperaba! Al final resultó ser una falsa alarma, y una valiosa lección digna de imitar.

La musealización del castillo es muy efectiva, con salas decoradas, sin ningún miedo, con todo lujo de detalles sobre la vida en el siglo XVI y principios del XVII. Un recorrido interactivo además donde podías disfrazarte de bufón, de príncipe o (como probablemente haría Floris) de princesa. No es una recreación mítica, pero si un reclamo y una lección valiosa para niños y adultos. Teniendo un castillo medio en ruinas atravesado por un ascensor en Alicante, donde las salas están desiertas y cuando no, cerradas y mal cuidadas, este castillo da una idea del valor que tiene la conservación y estudio de los bienes culturales y arqueológicos. Tenemos mucho que aprender de los holandeses, y no me refiero al hecho de admirar a los alcaldes, aunque no estaría mal tener algunos, mejor dicho, al menos uno, digno de admirar.

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P. C. Hooft era también historiador y poeta, famoso en su época por organizar fiestas estivales a las que acudía la creme de la creme holandesa y de alrededores. Fiesta elitista a la cual todos querían asistir y a la que, si no eras invitado, sólo podía significar una cosa: ya no eres cool. Si hay algo que coincide en todos los siglos de la Historia y que a pesar de todo se repite con insistencia dramática son las guerras y los imbéciles.

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Imaginaos qué debía sentir Floris cuando desde la cárcel veía llegar mástiles a los que no podía cobrar peajes…

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El barco libre

Muiden

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     El pueblo de Muiden tiene su origen conocido en el siglo X, donde se encuentran las primeras referencias. Es un pueblo pequeño, según la camarera de la taberna donde paramos a comer, sólo dos mil habitantes, y francamente, no puedo imaginar que en él viva gente del siglo XXI. Conserva perfectamente la arquitectura de siglos atrás prácticamente intacta. El pueblo, a pesar de su pequeño tamaño, lo cruza una carretera con tráfico constante, tanto que de una orilla a otra del río, el puente, ordena el paso con un semáforo.

Es un pueblo con carácter históricamente militar. Además del castillo, está dotado con una fortaleza del siglo XIX, pero las primeras fortificaciones datan del siglo XV. Por su localización parece que fue un punto estratégico en el control de las rutas comerciales, además forma parte de la defensa de la ciudad de Amsterdam, y está dotado con una isla artificial situada a escasos kilómetros. La isla Pampus fue un fuerte perteneciente a una cadena de varios de ellos que protegían la principal ciudad de Holanda, y que es conocido en dutch como stelling van Amsterdam.

Aunque teníamos un poco de pan duro en la mochila, decidimos tirar la casa por la ventana y comer algo en uno de los tres restaurantes que nos ofrecía el pueblo. Las opciones eran limitadas, eso jugaba a nuestro favor, pero eran vario pintas. La Lonely Planet nos recomendaba un restaurante café cerca del río, con bastante gente y claro ambiente festivo, pero siempre nos hemos guiado con la misma premisa: no ir a donde diga la loly, y nos ha ido normalmente bien, dejándonos descubrir por nuestra cuenta, como ávidos aventureros, los mejores lugares, o al menos los más personales de cada ciudad. Otra de las opciones era un restaurante algo caro, con mención Michelin ya del 2014, decorado con pinturas y tapices, algo recargado pero con carácter. Yo me decanté por ese, en un alarde de generosidad derivado de la alegría del domingo y del razonamiento: ya que no nos hemos gastado el dinero en gasolina. La última opción resultaba muy poco probable: la Taveerne de Mol, aunque por el nombre era bastante adecuado dentro del panorama fantásticomedieval tras la visita al castillo.

La taberna estaba mal iluminada, casi en penumbra. Al fondo tenían una entrada de luz gracias a un ventanal, pero estaba lejos, y aprovechada por dos hombres que bebían cerveza en una mesa redonda de perfil a la entrada, aún con las botas puestas, por las cuales deduje que serían marineros o algo relacionado con el mar. El restaurante estaba decorado con cartas náuticas, grabados del pueblo y antiguos mapas. Todo de madera, del techo colgaban instrumentos de barcazas, poleas gigantes, candiles, cabos… excepto sobre la barra, sobre la cual pendía una trompeta, una tuba, un trombón y un saxo bastante viejos y roídos. Al lado de los hombres, aunque sin prestarle demasiada atención, y sobre un mueble visiblemente antiguo, había una tele plana dando los deportes.

Sin duda aquel era el sitio en el que comer. Lo decidió Chloé. Con un convincente: aquí no vendrían turistas. Los clientes no se habían acabado la cerveza cuando la camarera, joven y contenta de que nosotros, dos extraños, visitaran el bar, sin que lo pidieran les servía otra, y eso sucedió unas tres veces en lo que tardamos en comer unas bitterballen y el cerdo con saté que nos había preparado la freidora y el microondas. En ese tiempo entró otro hombre que a las cuatro de la tarde decidió abrir boca con un vodka con Coca Cola, bebida presumiblemente juvenil para un hombre calvo, delgado, con los escasos pelos canos y mirada envejecida. A pesar de que no entendíamos nada de lo que hablaba aquella gente, se podía interpretar por los gestos y el tono conversaciones similares a las que se mantendrían en un bar donde la gente bebía para emborracharse. Esa era la actividad. Todo aquello se parecía a cualquier lugar, en cualquier sitio donde imperaba cierta miseria, pero aún así no dejaba de impregnarse todo de carácter único, de personal, de escasamente turístico. En la taberna pasaban cosas que en realidad no quieres ver, no actos, pero si gestos, miradas, tonos de la voz decayendo, resignación… En aquella taberna Van Gogh podría haber pintado los comedores de patatas.

Al salir del bar, con cierto esfuerzo porque a pesar de todo, allí se estaba a gusto, la camarera se preocupó cerciorándose de que lo llevábamos todo, casi como una madre pese a no tener más de treinta años. Y adivinó que llegábamos de Amsterdam en bicicleta, pareciéndome que éramos casi un suspiro de libertad para ella, sobre todo cuando añadió resignada que Muiden era un pueblo casi diminuto. Debía de tener mucha sed de viaje.

Cuando abrí la puerta reparé en un cartel que no había visto antes: PubQuiz de la Taveerne de Mol! Igual no lo pasaban tan mal en Muiden. La taberna, eso sí, debía vivir miles de ambientes, y a fin de cuentas es casi como hacer miles de viajes lejanos en la aventura de vivir.

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Gelukkig nieuwjaar…

Que la Navidad es periodo de paz, armonía y bondad no es un secreto para nadie. Aún así había decidido marcarme esas propuestas a instancias de no poder sentir, vía mediática, ese bombardeo de buenos sentimientos. Me percaté, eso si, de que había crecido un gran árbol decorado en medio de la Plaza Dam, justo enfrente de la entrada del Palacio Real, ese edificio monárquico que supera la altura de la Iglesia Nueva, que tiene a su lado, y que Napoleón republicanizó y aumentó de tamaño tras la toma de la ciudad allá por el siglo XIX.

Ser bueno, paciente y armónico me lo planteé tras el drama de la bicicleta, algo estaba saliendo mal y había dos opciones, o no prestaba suficiente atención a lo que realizaba o había un Dios que pretendía atormentarme. La primera opción requería una habilidad que ni el tiempo ni el destino me habían conferido, no podía quedar otra, me adherí a la consigna de los tiempos que corren: la culpa es… de otro, siempre. Tan alejado del cristiano por mi culpa, por mi grandísima culpa y tan cerca, por contra, del animoso la culpa fue del chachachá, interpretada por políticos y banqueros a dos voces.

El regreso al trabajo después de pasar cuatro días en Alicante, donde el sol es siempre poderoso, fue una batalla interna y un lidiar con millones de turistas que visitan la ciudad. Llegan de todas partes del mundo, siempre perdidos, sin rumbo, dispuestos a consumir barato y a no perderse los highlights de la ciudad por el temor de que, al regreso, alguien les ofenda con su falta de tino al encontrar lo que Debes Ver en la Ciudad. El turista está perdido incluso cuando sabe dónde se encuentra, y camina lento y desconcertado como presa del pánico. Grita y salta sin sentido cuando escucha un timbre de bicicleta, y luego se ríe a carcajadas aunque siga en medio del carril bici interrumpiendo la circulación.

Es desconcertante cómo se sistematiza todo, cómo podría cuadrarse en distintos niveles al turista común que visita, por lo que yo se, Amsterdam. A veces, encontramos las características básicas en una misma pareja, que hacen pendant entre ambos. El hombre no quiere volver y que insulten su inteligencia por haberse perdido uno de los Básicos de Amsterdam, estudia el mapa con concentración y traza estrategias para realizar una cobertura perfecta de toda la ciudad en el menor tiempo posible. La mujer lleva gorrito mono y una reflex brutal, fotografía todos los canales y lo que más le gusta es perderse por las calles para encontrar la esencia de la ciudad, sus gentes, su modo de vida, su cultura… como si caminara por senderos de una selva y fuera a encontrar un prehistórico pueblo perdido en la cima de una colina. (Estos dos estereotipos se combinan y complementan indiferentemente de su género). Otras veces nos visitan viajeros. Gente que la ves suelta, se desenvuelven bien en un entorno desconocido y saben que no van a buscar lo que les interesa de la ciudad; la ciudad les va a encontrar a ellos, indicando humildemente si podrían estar interesados en algún edificio remarcable, alguna tienda curiosa o un bar auténtico.

El primer día después del regreso, el 27, es un histórico día complejo por el volumen de turistas y por volver a trabajar después de cuatro días de paz y amor, en los cuales había podido disfrutar de la familia al completo (mención especial para Tomás, que me preguntó preocupado acerca de la bicicleta y mis condiciones de vida en Amsterdam). Apostado en mi lugar de trabajo, esperando las primeras visitas, sentía encima de mi cabeza un péndulo afilado, dispuesto a recortar mi salario, mis horas, mis derechos y mi tiempo. El Tiempo maldito. Incluso escalando en Alicante, con el sol barnizando mi espalda, pegado a la roca como un gato en reposo, sentía el péndulo de las horas y los deberes. Ese maldito objeto se cierne sobre ti de improviso, al principio lo intuyes lejano, luego empiezas a avistarlo y súbitamente lo encuentras sobre tu cerro despeinándote a cada pasada. Lo mejor es que a él puedes culparle de todos tus males.

Al menos tienes trabajo. El rezo del 2014. Es verdad que, aunque ahora excepcionalmente las condiciones climáticas de Amsterdam son óptimas, no brilla el sol como en Alicante, ni se goza la vida en la calle y la comida buena y barata. Estando allí, una noche, ya tarde, decidimos los amigos salir a cenar; con mi estigma del Norte de Europa pensaba que iba a ser difícil encontrar algún sitio abierto, pero los bares estaban abarrotados. Pedimos sin control, y yo me asusté mirando la cartera pensando que la clavada sería el argumento de un libro, cuando trajeron la cuenta me dieron ganas de levantarme y brindar por la angustiosa crisis que baja los precios hasta la burla. Ese es el contraste de lo cotidiano. El tren que marcha de día en Amsterdam permite pagar las subidas de la luz, de los impuestos y la sanidad privada. Cuando amanece en Alicante, las calles vacías, los negocios cerrados, irónicos carteles anunciando que se necesitan anunciantes… y no es que me guste ver a la gente consumiendo sin reparo… pero amigos sin trabajo, familias en la ruina, tiendas quebradas que sobreviven con malabares, horas de esclavo y precios de saldo, en esta bufonada, una comedia trágica que se vende y se compra en el congreso y se siente en calles tristes. Aquella fama de locos, de bandidos, de asaltadores de caminos que tenían los ibéricos de patillas anchas se difumina con la liturgia tranquila y simpática de las doce uvas, mientras que el contenido reposo de los negociantes holandeses, que miden sus palabras para parecer cuerdos, para mediar por sus ingresos con eficacia, la elegancia de tipos de dos metros, se quiebra con el salvaje recibimiento del año: petardos y pólvora en cantidades industriales e individuales. Un guía ya advirtió: este es el único día donde está permitido tirar petardos, y lo utilizan lanzándolos contra turistas y transeúntes. Desatan la ferocidad de antaño obtenida tras años de piratería por los mares del norte convertida ahora discretamente en potentes bancos, férreo control del comercio internacional y una sociedad fuertemente clasista.

Organizando uno de los tours nocturnos en la plaza Dam, un gracioso lanzó un petardo entre el guía con el grupo de turistas y yo. Me aparté ligeramente para dejarlo reventar, pero al guía no se le ocurrió idea mejor que patearlo, al estar en una zona algo más elevada el petardo salió disparado con tal suerte que cruzó entre las cabezas de dos transeúntes que se limitaron a girar la cara atónitos inconscientes de lo afortunados que habían sido; un turista siguió el rumbo del petardo con un ui ui ui ui continuado y nervioso, cuando este desapareció se generó un silencio tenso entre todos los que ocupaban la plaza en aquel momento, que eran muchos. Una tensión desesperante que buscaba una salida se diluyó al final ante la falta evidente de culpables, que disimulaban.

A la mañana siguiente, ya entrados en el 2014, cogí el tranvía para dirigirme al trabajo. Para relajación del personal decir que tuve que hacerlo así ya que conduje la noche anterior la bicicleta de Chloé para dejarla aparcada en casa, dormidita y tranquila. Es curioso que días después de Año Nuevo, durante la despedida de mis padres y mi hermana que volaban ya para el sur, se me acercó un hombre de origen, parecía, indonés, sugiriéndome que atara la bicicleta a un poste para que no me la robaran. Fue un momento difícil de gestionar, mi familia perdía el tren hacia el aeropuerto y yo quería decirle a aquel hombre bajito y panchudo que qué me iba a contar a mi que yo ya no supiera para acompañarlos y despedirme como Dios manda. El hombre, al ver que no le hacía ningún caso, se abrió la pechera a lo Superman mostrándome su uniforme de policía; la cosa iba en serio. Ya me estoy acostumbrando a las despedidas, esta fue fugaz. El recorrido en tranvía, el primero del 2014, fue todo lo contrario. Un lento discurrir hacia el centro por las calles completamente vacías, al péndulo le gusta conducirnos hacia la desesperación en esos medios de transporte.

Ya en el centro comprobé los desastres de la noche por las calles principales. Como era pronto no habían empezado a limpiar las calles y todo era basura y plásticos, kilos de desperdicios a nivel industrial. Me giré en una ocasión y contemplé tres niveles en la calle: la basura de tapiz del suelo, un segundo nivel compuesto por los carteles de los negocios luchando por sobresalir y brillar más que el contrario y como tercero, el cielo. Hubiera sido inútil buscar culpables de todo el desastre, la basura, bicicletas tiradas, olor nauseabundo… era mejor agradecer a aquel que lo limpiaba, y tan sólo era cuestión de tiempo. ¿Hacia dónde giraba el péndulo cuando la idea era hacer el Bien?, ese péndulo que recorta nuestras horas, nuestros salarios y nuestros años nos angustia con su filo porque no tenemos dirección, no tenemos capacidad de crear, no podemos dar forma a nuestro mundo. Tan sólo beber, ensuciar las calles, fabricar esclavos y ser esclavos… y la culpa es mía. Es tuya también. Porque admitimos al péndulo del poder cernirse sobre nuestros destinos. En fin, todo es hermoso y siempre amanece un nuevo año donde toda la basura de noches del pasado, viejas y oscuras, puede limpiarse entre todos con esfuerzo.

¡feliz y próspero año a todos! Gelukkig nieuwjaar!

Anexo

Considerada por Lisa (auténtica holandesa) la mejor historia sobre bicicletas…

Sobrevolaba Chloé el insondable océano camino hacia su tierra natal, mientras yo en la superficie movía agitadamente los brazos para evitar ahogarme y además captar su atención para suplicar un perdón que había dejado colgado en la conversación de Skype abierta que ella aún no había recibido. La noche del sábado, como todas las noches que viaja, me la pasé dando cabezadas de una hora, sin poder conciliar un sueño profundo, para chequear si había obtenido respuesta; la sombra de mi cabeza se reflejaba en la pared por la luz que emitía el ordenador. A las cinco caí rendido, a las nueve me desperté.

Entre esas cuatro horas que bajé la guardia aprovechó para acometer: cómo? buscando la bici? qué ha pasado?… 

24 horas antes todo estaba en orden. La despedí en el aeropuerto y ella, amablemente, me ofreció utilizar su vehículo, siempre que cuidara de él. Pues claro Chloé, como no iba a cuidarla. Nada podía hacerme pensar que esas palabras se me repetirían en la cabeza como una plegaria constante en mi calvario de regreso a casa, donde me torturaba a cada paso que daba en medio de la noche, que por suerte, no era tan fría como anteriores.

La bici, una batavus, marca típica holandesa, es una buena bici. La última renovación había sido la cubierta de la rueda trasera, que se caía a pedazos, y la siguiente, iba a ser la delantera, la misma rueda que, a eso de las 13:30 del sábado se pinchó.

En mi trabajo necesito la bicicleta para ir de un lado a otro, pudiendo así cumplir los tiempos que se me indican. Cada momento de mi trabajo es una carrera con sus check points, si falla, si la cuenta atrás finaliza antes de traspasar uno de ellos, estás perdido. Por eso elaboraba en mi cabeza la estrategia a seguir con la rueda pinchada. La cosa no iba mal, todo salía según lo indicado, y para no volver a casa a píe, centré todos mis esfuerzos en arreglar el pinchazo comprando la herramienta básica y necesaria.

Anochecía poco a poco a eso de las cuatro de la tarde y tenía que acelerar todos los trámites, destacando además la hora y media de break no pagado, quería abandonar mi trabajo lo antes posible. Cada segundo es oro. Arrastré la bici por media ciudad, hasta que llegué al check point de las cuatro y media. Es un restaurante que da a un canal. Dejé la bici de forma apresurada sin atarla con la cadena y entré para salir en cinco minutos y encargarme de ella, la noche era ya importante, el agua del canal era negra y cuando salí la bicicleta no estaba. Empecé a impacientarme, a recorrer la calle de un lado a otro buscando en vano que alguien la hubiera movido convirtiéndome en el fruto de alguna pesada broma, y gritaba nervioso que me habían robado la bici. La tensión iba en aumento. A los improperios fruto del nerviosismo añadía el célebre: mi novia me mata!. Y ahí, en el huracán turbado de mis pensamientos, comenzó el rezo que persistiría con fuerza hasta hoy: – you can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

Me relajé y se lo comenté a Javi, que se acercó al lugar donde la había aparcado. Justo al lado, en uno de esos barrotes metálicos que suelen compartir dos bicis atadas, habían colocado una nueva, todo hacía pensar que había caído al canal y así lo propuso él. Prefería pensar que la habían robado a que yacía en el fondo del agua, si quería hacer todo lo posible por recuperarla eso suponía volver al día siguiente con el bañador y las gafas. La suerte, o no se qué otro factor, quiso que no me mojara más que la mano derecha. El manillar se había enganchado a la cuerda que amarraba una embarcación, era difuso, me costó intuirlo, al principio sólo veía una mueca de tristeza metálica, transmitiendo ternura, agarrada de la cuerda en estado de súplica. Javi me sostenía las piernas para que no volcara hacia dentro del canal mientras yo la sacaba a pulso del agua; la dueña del bar, que había salido a fumar, no paraba de repetir riéndose que no había visto tal cosa en su vida.

Esperaba sacar un objeto roído y lleno de algas, como un tesoro sumergido en el fondo del mar, en su lugar, apareció la bicicleta de Chloé en perfecto estado, más limpia y reluciente incluso. Me alegré, eso hizo que me tranquilizara un poco, una dosis de emoción por el rescate… y no escuché las palabras de Javi recomendando que la dejara allí y volviera mañana, consejo que tomaría cariz premonitorio.

La noticia del rescate marino corrió por el bar en tres idiomas, unas veinticinco caras, cincuenta ojos y mil tonalidades e intenciones.

Ajeno a la bruma, seguí en mis trece resolviendo toda clase de ardides para arreglar la maldita cámara pinchada, mirando de soslayo el reloj del campanario y recitando mentalmente las obligaciones pendientes, así, volví al punto de partida de la carrera del día a día, organicé la salida del último tour y me refugié en el subsuelo-trastero que tengo por oficina y que comúnmente conocemos por: el despacho. El despacho es el lugar ideal donde relajarse. No se oye nada, no se siente nada, no hay apenas espacio para moverse. La rueda de la bici seguía pinchada y ya no me importaba, porque estaba en el despacho, llegando al final de mi carrera diaria.

Salí del underground para tomar el camino a casa y la bici no estaba. Me han seguido. Me están persiguiendo. Me la quieren jugar. Miré hacia todos los lados, seguí el protocolo de bici movida, no había canales cerca… Pregunté a los vecinos y se me vació la poca energía que me quedaba. No podía creerlo. Me habían robado la bicicleta dos veces en un mismo día, pero esta vez era de verdad, y para acabar de destruir el poco amor propio que me quedaba me percaté de que había dejado las llaves puestas en el candado. En seguida lo achaqué a la prisa provocada por el recorte del salario, por los escasos días de descanso, por la mala gente… pero no podía negar que había sido un cazurro de primer grado, un inútil, un zopenco, un atontado. Me torturaba con eso y más. ¡Sentía que había perdido a nuestro hijo!, ¿cómo podía cuidar de un niño si había perdido la bici dos veces en un día?. Toda la culpabilidad recayó en mí, sin salpicar, como debió caer la bicicleta en el canal, secretamente, en medio de la oscuridad. Recorrí las calles contiguas. El ladrón no había podido ir muy lejos con la rueda pinchada. – You can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

Me paseé por Dam para ver si daba con ella, volví a la oficina, pregunté a más vecinos… – you can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

No podía silenciar esa voz, esa escena en mi cabeza. ¿¡Dónde está la bicicleta?!…

La solución más sencilla fue caminar hacia donde suelen vender las bicicletas robadas: Rembrandtplein y Leidseplein, las zonas de fiesta y cotillón.

Para taimar la culpa quería relatárselo al mayor número de personas posible. Tras una ronda de telefonazos me acerqué al Rain, sí, el restaurante donde empezó todo. Un hombre debe volver a los orígenes de su lucha para encontrar la redención de sus pecados, y decidir así cómo redime su culpa. A todos les pareció una historia divertida para contar y ninguno comprendía mi exceso de culpabilidad. Imagino que esa culpa tan grande era simple frustración derivada del esfuerzo que llevaba todo el día realizando para que nada malo le ocurriera a la pobre Batavus, mezclado con la sensación de impotencia por la reducción de salario y la carencia de herramientas para arreglar ambos problemas. Un cóctel explosivo que sólo se podía evadir en aquel momento con un cocktail delicioso: banana’s rum. 

Una hora después comenzó mi calvario, la peregrinación, la vuelta a casa a píe aderezada con una nueva ronda de llamadas. Soy lo suficientemente mayor como para no llorar por una bici, pero me sentía tan tonto que con facilidad hubiera pataleado un rato, culpabilizando a inocentes de mi desgracia para eximirme de responsabilidades, era como un retorno a la adolescencia. Me sorprendió que todos mis interlocutores comprendieran que me sintiera así de desgraciado, yo en su caso hubiera utilizado el clásico “transposición”: tú no eres desgraciado! vas a tu casa ahora! desgraciados son los miles de inmigrantes que descienden el monte Gurugú para intentar, si tienen suerte, atravesar una valla repleta de cuchillas que cercenará sus cuerpos… para luego añadir: es sólo una bici tío. Y en parte yo mismo tendría razón, pero en aquel momento sólo pensaba qué podían estar haciendo con la bici, a dónde la habrían llevado y por qué la gente es tan hija de puta, que coloca cuchillas en una valla sabiendo que aún así, las personas, impulsadas por la esperanza y la miseria, intentarán saltarla.

Algo así como con una resaca del tormento que me había aplicado la noche anterior, renací en la mañana algo más reposado, hasta que me percaté de que olvidé la mochila en el Rain, el sábado era mi día…

– You can use my bike but please take care of it, – pues claro Chloé, cómo no iba a cuidar de ella… cómo no… cómo no… cómo no…

El domingo conseguí hablar con Chloé y me tranquilizó un poco, el lunes ya estaba casi todo superado, la misión era comprar una bicicleta nueva. La parte más emocionante y curiosa de toda esta historia es que el lunes, mientras trabajaba, distinguí, entre muchas otras bicicletas, el manillar triste que ansiando no acabar ahogado en el fondo del océano del canal se asió con fuerza a una cuerda. Me acerqué incrédulo, porque llevaba desde el domingo revisando cada una de las bicis que encontraba a mi paso y no podía creer que en efecto fuera ella. Para colmo el ladrón, el hurtador, no la había dejado ligada con la cadena, era libre, aunque seguía teniendo el candado que evita que se mueva la rueda trasera. Con seguridad me la colgué al hombro, y la alejé de allí, para llevarla a un lugar seguro, donde descansa sin creer todavía que todo esto haya ocurrido…

Una aventura inacabada, una pesadilla inverosímil, un simple chiste… es sólo una bici.

La violencia en lo cotidiano

Cuando te anuncian una bajada de sueldo, justificada por la implantación de “breaks” de hora y media no pagados en un tiempo que, evidentemente, no puedes volver a casa ni realizar otra actividad distinta a mirar el techo o quizás leer un libro, el regreso a casa suele ser agresivo, nervioso, donde no te calma pedalear con fuerza en tu bicicleta rota ni mear en uno de esos urinarios callejeros de la ciudad, tampoco contemplar el manso efecto espejo de los canales, donde las bombillas que iluminan los perfiles de los puentes crean con el agua una elipse perfecta, haciendo difícil distinguir la realidad y su reflejo. Las hojas caídas motean el agua oscura y buscas en el cielo la procedencia de ese también aparente reflejo, para darte cuenta de que son reales. Las promesas que se reflejaron en tu mente en el pasado contrastan con el presente, y temes que ese contraste aumente en el futuro, entonces cruza un barco rompiendo la paz de la imagen sobre el collar de bombillas reflejadas y tiembla con el agua todo lo que no atraviesa.

A menudo, en la vuelta a casa, pienso en las personas que estoy conociendo, no en las mil caras que forman una de los turistas, si no la gente con la que comparto más de dos minutos de charla. Me gusta pensar en esta ciudad como una colonia interplanetaria, para aportarle más exotismo en mi imaginación y no dejarla en una mera ciudad de Europa; se hace fácil, por la presencia activa de la droga, las prostitutas y el carácter de la policía, tíos rubios de dos metros que hacen que fisionómicamente me identifique más con los delincuentes habituales que con las fuerzas de la ley. Aquí van a por temas serios. Acostumbrado a la policía mediterránea que agacha la cabeza frente al miedo y se sobrepone frente al débil, temo tenerlos pegados al culo cuando circulo con la bicicleta por la vía del tranvía, entonces de un acelerón me adelantan peligrosamente pasando cerca de mi pierna y del tranvía que se acerca en dirección contraria. Bad cops. La gente normal, que asola los bares y busca trabajos, suele tener distintas procedencias, y en frases perdidas por las calles captas miles de idiomas. Amsterdam es un jardín variopinto. Un tugurio de gente que viaja. O una cárcel. Tiene muchas perspectivas. Pero sea de donde sean, la gran mayoría de flores, clientes o presos, deambula buscando una oportunidad, un trabajo digno.

Y es que a estas alturas de la entrada algún lector puede preguntarse acerca de la reducción de horas y, a fin de cuentas, de salario: ¿y te quejas? si tienes trabajo!, o: y… ¿por qué no protestas?.

Para responder a los de la vía 1: pequeños trabajillos que no arreglan mi futuro, cruzan muchos barcos por los canales. Esa desesperanza, las miradas tristes, recomendar no pensar en el mañana, encoger los hombros… Son las actitudes de los inmigrantes. No poder captar el reflejo inmóvil de los canales, ni siquiera ir subido en las embarcaciones.

A los de la vía 2: está de moda en Amsterdam, a los precarios, someterlos a un contrato del que ya he hablado, maravilla de la legislación actual. El contrato cero horas, por el cual te pagan por hora trabajada. De esa manera, a pesar de que sabía de antemano que trabajaría diez horas al día y no me pagarían las extras, se guardan un as en la manga, y se permiten reducir el número de horas o echarte sin tener que rendir cuentas a nadie, y menos a un gusano como tú. Es un contrato de seis meses, por poner un final a esta historia de amor, pero perfectamente podría ser un contrato diario. Con lo cual aceptas el cambio por contrato, y si protestas, y si te niegas, y si respondes: estás fuera. Así los de la pregunta número uno dejarían que me quejara libremente.

El regreso a casa siempre da cabida a la ira y al disgusto, a la pena por los que se esfuerzan en su trabajo y obtienen contratos precarios, respuestas equívocas y pocas dosis de esperanza. Por suerte, cuando llego, Chloé ha preparado algo de comer, un pastel, o algo dulce que llevarse a la boca. Panxa plena, cor content. A veces tengo que tranquilizarla, los días en los que ha hablado con la casera, que se niega a pagar cien euros del fontanero que vino a reparar algo que estaba ya roto, o que súbitamente quiere aumentar el precio del alquiler… normalmente temas relacionados con el dinero. Eso me alivia. Me alejo del problema del dinero para lidiar con la situación, y apelo a la felicidad del espíritu y a la posibilidad de abandonar un día las ciudades e ir al campo a vivir. En el sueño encontramos reposo, en esa esperanza que nos quita la gran ciudad. Y analizo con más calma mis posibilidades pensando que mañana tendré el día libre, podré sentarme a escribir el blog, contar mi día a día, buscaré un master, quizás otro trabajo. Acabaré la Odisea. Otra vez me veo removiendo con la mano el agua del canal, frío, jugando entre presente y futuro.

Porque ahora los días son así, fríos, y tenemos suerte si supera los cinco grados la temperatura, si no llueve o cae una tormenta de granizo como cinco días atrás, donde las pequeñas bolas, arrastradas por el viento, caían de lado inhabilitando todo paraguas y dejando el suelo blanco como si hubiera nevado. Muchas veces encuentro turistas del sur o del centro de América que recorren Europa, puedo viajar con sus cálidos relatos de tierras bañadas por el sol donde nunca hace frío, como Alicante, y felicito a todos los que acaban su periplo europeo por el sur, ya sea Península Ibérica o Italia. Tiene que ser fantástico llegar a Europa desde el otro lado del Atlántico, y ver y sentir la historia en sus calles, como me dijo una azafata uruguaya que vivía en Dubai. Tiene que ser fantástico ver un continente en ruinas mientras el tuyo se construye, con sus problemas y sus luchas, pero quiero pensar que con su esperanza también. Muchos argentinos me advierten, porque la situación se parece a la que hubo allá, me sorprendo y finjo tener miedo, aunque se que puedo viajar allí donde todo vaya bien, donde la economía parezca crecer. Igualmente soy inmigrante aquí que allá.

Quizás por esa gran cantidad de personas distintas que viven y llegan a Amsterdam, o que llegaron alguna vez a los Países Bajos, decir “lo siento” sea tan parecido al “sorry” inglés, palabra mágica para que el ciclista que te atropella se justifique y se marche tan tranquilo. Es la primera vez que me topo con una bicicleta, y creo que merece ser contado: ocurrió en mi descanso impagado de hora y media, quedé con Chloé para buscar una librería internacional, de la que habíamos buscado información en internet, localizada en Spui. Es una plaza culta, rodeada de librerías y universidades, amplia y bonita, tranquila, atravesada por las vías del tranvía pero alejada de vehículos a motor, sin embargo, la calle Spui, Spuistraat, es una calle pequeña, que comparte tráfico con coches, bicicletas, transeúntes, y además es unidireccional, con lo cual no puedes recorrerla en contrasentido. Nervioso, y desesperado por querer aprovechar todos mis minutos y segundos de libertad, insistí en la idea de que la librería estaba en Spuistraat. Chloé, en su tranquilidad, no puso mucho esfuerzo por convencerme de que era en la otra dirección, pero me equivoqué y seguí en mis trece. Es muy chocante esta calle. En su inicio, cerca de la estación central, se ubican bares de ambiente, bares de mal ambiente y cabinas rojas, una especie de nexo del Barrio Rojo más underground y menos turístico, donde alguna de las chicas tiene incluso pegada al cristal una matrícula de Holanda para que sepas que, en caso de contratarla, estarás conduciendo producto nacional… pero a la mitad, como una gradación de colores, de oscuro a claro o de claro a oscuro, dependiendo de tus gustos, encontramos bares de moda, restaurantes caros, tiendas de diseño y ropa cara, y al final, librerías, expandidas a lo largo de la plaza donde acaba la calle. Justo a la mitad de Spuistraat fue cuando doblamos para seguir la dirección equivocada, yo miraba en el sentido lógico de la procedencia de las bicicletas para cruzar la calle y Chloé esperaba en el otro lado. La escuché gritar: ¡cuidado! y sentí a los tres segundos un ligero golpe en el costado. La bicicleta, circulando en dirección contraria y sin respetar el paso de peatones, se insertó perfectamente en mi cuerpo. El chico se disculpó, pero estaba tan lleno de furia que le grité, algo confuso, mientras caminaba: sorry no! toca el timbre coño!, recordé que no me entendía, y refunfuñando por la impotencia de no encontrar las palabras adecuadas en el inglés de la ira acabé espetándole: ring the… the… the bell hostia!, mientras movía nerviosamente el dedo pulgar y me alejaba maldiciendo con la cabeza entre los hombros como un viejo cascarrabias.

Los turistas nacionales, los habitantes que ensalzan la bandera de la resistencia y aún persisten en la península, nos interrogan preocupados sobre nuestra situación: en todos los sitios que hemos visitado hay españoles, en todos los restaurantes también! y todos saben de la sobrina o el primo de uno de ellos que está en Londres o Berlín cuidando niños o sirviendo bebidas. En ese momento viene la reflexión que busco, el punto que me hace sentir alguna esperanza por la Humanidad: somos como los sudamericanos que vinieron a España. Somos iguales. Tanto racismo que se acumuló ahora crea, como en el canal, un espejo en el que mirar y pararse a pensar si tenía razón tanto rechazo, y ruego para que esa sensación, ese vislumbrar la verdad, la luz, se esparza por toda la tierra, inundando los barrios, las plazas, los canales, los callejones estrechos, las casas bajas del centro, y lo más importante: los platós de las tertulias televisivas y los medios de comunicación masivos… así llegue a la gente, a las personas que conforman miles de ciudades, extrañas pero comunes, exóticas pero iguales. De lo que no tengo ninguna esperanza, aunque sería hermoso, es de que llegue a los parlamentos, a esos inhóspitos lugares no tiende a acercarse la sensatez.

 

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Allard Pierson

Nuestro amigo Allard fue Historiador del Arte de la Universidad de Amsterdam, y ostenta el título de primer profesor de arqueología clásica de la misma. Qué mayor honor que eternizar tu nombre para la Historia gracias al museo de arqueología de la ciudad, y qué mejor plan para el domingo.

Está situado en la calle Rokin, y sus alrededores, poco frecuentados por mi, se diluyen en un paisaje borroso que fabrica mi mente. A orillas del río Amstel a punto de ser sumergido en las profundidades del subsuelo y en el mismo edificio que la Universidad, se ubican las pocas y eficaces salas del museo.

Amsterdam ya posee un museo de la propia Amsterdam. Así como el museo de arqueología de Alicante puede permitirse el lujo de enfocarse hacia la Historia arqueológica de la ciudad, gracias al hallazgo de yacimientos prehistóricos en la provincia, esta ciudad, comenzada en el año 1200, no puede más que rendirse a las piezas de las poderosas civilizaciones highlights en las cuales se buscan los orígenes de una Europa civilizada. Un museo arqueológico dirigido a explicar Amsterdam serían salas inundadas de agua.

También es verdad que una gran ciudad tiene siempre material para exponer, procedentes de años de expolio; esas piezas que aunque no son unicums, pueden asegurarte un museo digno sin miedo a parecer diminuto frente a las que fueron las grandes potencias en el periodo de interés y descubrimiento de los grandes yacimientos de Grecia, Egipto y Oriente Medio, que les facilitaron el traslado de obras maestras a sus mejores salas. Por supuesto no estoy hablando de Alicante, aunque en nuestra pequeña provincia se hayan hallado tesoros realmente valiosos que nada tienen que envidiar al este del Mediterráneo, y como los de aquellos estos han sido también brillantemente expoliados, de buena parte se ha perdido el rastro.

El MARQ (Museo Arqueológico de Alicante), es visita obligada, sin embargo el Allard Pierson Museum, para un turista de cuatro días, es sólo recomendable si posee conocimientos e intereses medio altos hacia la Historia y la arqueología. No ayuda que las cartelas informativas estén solo en dutch, lo cual le da un carácter autóctono y anti-turístico que, para algunos, es un punto a favor. 

Mejor que repasar la Historia seleccionada y expuesta es recorrer la más rabiosa actualidad: ¡el mercado navideño!.

Damrack comprime su afluencia de gentío entre casetas y locales comerciales para que disfrutes comprando patatas fritas a un lado y una salchicha a la barbacoa en el otro como una pelota de pin pon. De punta a punta se han desplazado casetas de madera para ofrecer, sobre todo, comida y bebida navideña. Entre las que se cuelan el puesto dedicado a la gastronomía italiana y a la siempre inconfundible y clásica paella de pollo y chorizo.

Como toque carismático y exótico, muestra de la rica y variada cultura dutch, se ofrece al visitante una breve variedad de productos típicos de Indonesia. Es sin duda el puesto más transparente, dos chicos en una caja de madera en forma de cubo flanqueados por un congelador gigante a un lado, y un microondas y freidora al otro. Un stand delante para elegir lo que para mi eran rollitos de primavera, y a la espalda una pizarra con la lista de precios. Sin duda el lugar más económico. Así que presas del hambre nos dejamos engañar. Integración total se llama a lo que nos hizo el joven vendedor exótico cuando le pregunté por el precio y nos indicó 2 euros para después, al recibir el producto, incrementar el precio en 3 euros, estirando el número tres y sonriendo entre arrepentido y satisfecho, pedía disculpas, percatándose de que había cometido un error que evidentemente barría pa’ su casa o su caseta.

Una de las mayores virtudes de los holandeses es adaptar lo económicamente rentable de una cultura a la suya, generando polémica en cuanto a qué y qué no pertenece a la cultura dutch, y es que el original mercadillo navideño dutch tiene su origen en el más afamado mercado navideño deutsch. Para evitar enfrentamientos creo que podemos adjudicar que es de origen germánico.

Lo auténticamente germánico del mercadillo, además de las salchichas a la barbacoa, es el glühwein. Esta bebida nutritiva es ni más ni menos que vino caliente con especias, canela, en su mayor parte. Hace unos días tuve el placer de probarlo, la mujer me lo ofreció con muy buena fe, y yo con más fe me lo bebí, tanta fe desbordante hacía que a cada trago tuviera que simular que no arrugaba la cara con expresión de amor y paz. No quería confrontar dos tradiciones arraigadas: sangría y gluvain. El Ying y el Yang. Todo el Bien tiene su Mal y todo Mal su Bien. Busqué desesperado el Yang, Ying, Yung… Busqué en lo más profundo de mi ser la bondad, y cuando me hube acabado el vaso recé: ¡está bueno… (sí, mentí, para hacer el Bien) es exótico… pero está bueno! (rementí sonriendo). En fin… hay que probarlo todo en esta vida.

Para un mediterráneo de pura cepa, cuyas venas comparten la sangre con el salitre, todo mercadillo que no se llame “los hippies” y tenga por puestos algo parecido a jaimas de blancas telas mecidas ligeramente por el viento, es un lugar extraño, de difícil acceso y tenebroso. Los germanos, tipos duros donde los haya, gente sin miedo, capaces, como dijo Julio Cesar, de pasar cinco días con sus cinco noches durmiendo al raso sin mostrar el menor atisbo de cansancio, son también hábiles en la tarea de entrar en las casetas de conglomerado en las que venden el famoso vino tibio. La caseta es amplia y oscura, dos alas se abren desde su centro, en el cual, al fondo, reposan las taberneras de caras largas frente al extranjero dispuestas a servir de sus calderos el caldo satánico por el nada módico precio de vaso a cinco euros, eso asusta a cualquier sureño.

Pensará el lector amigo que estoy exagerando… puede que un poco. Pero para sorpresa de todos, más o menos a media altura de Damrack, también ocupando un lugar privilegiado en el mercadillo navideño, reposa una caseta misteriosa, estrecha pero alargada, con las ventanas cubiertas con recortes de periódico referidos a “ella”, sin tiempo ni valor para asomarme entreví aún así una vidente al otro extremo de la entrada, eso no es exagerar… da un poco de reparo en medio de un mercadillo navideño. Me imagino a un dutch armado con la paella de chorizo en una mano y el glühwine en la otra creyendo que realmente sabe qué le ocurrirá en el futuro porque una bruja se lo ha predicho y se me ponen un poco los pelos de punta. Sobre todo si eso ocurre junto a la “atracción” del mercadillo. Una gran bola de plástico encierra la recreación de un paisaje nevado, para que te introduzcas en ella con tu querido hijo valiente y te hagas una foto junto a el ¡muñeco de nieve con vida!, un hombre disfrazado de muñeco de nieve, de aspecto esquelético, cabeza redonda y blanca con una sonrisa maquiavélica pintada coronada por una nariz naranja extremadamente alargada, baila y salta para atraer al público a dentro de su bola de cristal, esa que de niño sacudes para que la nieve se mueva y miras atentamente pensando que esos paisajes quedan muy lejos de ti, como queda lejos el frío y la nieve. Pero él se empeña en atraerte hacia ese mundo helado, para que tus padres tomen la fotografía de su hijo encerrado en una bola de cristal ¡para siempre!.

No me digáis que la idea no es tétrica… Sin duda estos germanos son gente dura como el acero.

Me pregunto qué pensarán dentro de unos 2000 años, cuando expongan en los museos de arqueología las fotografías de los niños encerrados en aquella bola… Me parece que lo más sensato para la gente del futuro será pasar de largo y no tomar como referente este periodo de la historia. Limitarse a mencionarlo quizás en círculos eruditos, como haría Allard Pierson con la Edad Media, pero no prestarle demasiada atención, no sea que, de repente, todo vuelva a repetirse.

Un día tras otro

Este es mi día de descanso después de trabajar durante nueve días en dos semanas. Este dato no es muy relevante si no tenemos en cuenta que trabajo 10 horas al día. Ahora si parece bastante agotador.

Mi trabajo consiste en organizar tours por la ciudad de Amsterdam, que empiecen a su hora, que todos los guías lleven el mismo número de personas, que todo salga según lo planeado y que la felicidad reine en el mundo. Por supuesto todos los factores juegan en mi contra: los guías, los turistas y las condiciones climáticas. Como todos los días son iguales, me tengo que esforzar por recordar en qué se diferencian, y aunque es fácil decir que la vida se compone de pequeñas cosas, pequeños momentos que hacen de tu día un día diferente, habría que anotarlos, leer muchos libros de Jorge Bucay y apuntarse a cursillos de auto-ayuda.

Me desperté más temprano de lo habitual y miré por la ventana. Se notaba que hacía bastante frío, dos grados marcaba el móvil, al que pronto llegarían las alarmas desde Alicante por las nieves. En Alicante, caribe tropical, un día te acuestas en la playa y al siguiente te despiertas en una estación de esquí. Nada es gradual. Aquí en Amsterdam te van avisando, cada día hay un grado menos y el descenso no para. Aquel día de la ventana y el frío alcanzamos dos grados de mínima, pero lo más alucinante era la niebla. Una niebla espesa cubría la ciudad, los ciclistas eran un bulto oscuro que engullía la blancura, atravesada por cuervos que aterrizaban en el manto rojizo de las hojas caídas, donde no se atrevían a caminar los pocos transeúntes por miedo a hundirse.

Recuerdo que eso marcó mi día, pero no sabría decir de memoria si era lunes, martes, jueves… ni explicar qué otra cosa diferente pasó. Pero aprendí a lo largo de estas dos semanas que la ignorancia y la estupidez es tan espesa como la niebla en la mañana; un poco tarde para aprenderlo, también lo opinó el guía del grupo en inglés cuando le dije: la gente está loca. Él me preguntó mi edad, para añadir: has tardado en darte cuenta.

Esta conversación tuvo lugar en medio del griterío histérico de un montón de adolescentes conglomeradas entorno a unas vallas, que asistían a la llegada triunfal de un carro de guerra victorioso que cargaba con la poderosa y archiconocida Khloé Kardashian. Feliz en mi ignorancia, pensaba que Kardashian sólo había una, pero deben mutar o algo por el estilo, porque yo de esta Khloé no había oído ni hablar.

Como tengo que ir y volver varias veces de la plaza Dam, que es donde estaba el sarao y el ambiente, porque la noble señorita iba a un centro comercial ubicado en la plaza, tuve el placer de observar todo el proceso de montaje y descomposición del acto.

10:40. Unas vallas formaban un amplio pasillo. Al lado de la puerta del centro comercial varios grupos de chicas jóvenes esperaban, entre las chicas vi algún joven de apariencia árabe. Nota: los chicos estaban solos. Mi rápida capacidad de deducción me dijo que probablemente se tratara de rebajas locas en la tienda que es de lujo, y los pacientes jóvenes iban a ser los primeros en pujar por los productos. De un golpe de vista, no alcancé a ver demasiadas rubias autóctonas dutch. En su mayoría eran de origen exótico, fruto de las colonias de las que he hablado varias veces.

Con el paso de los minutos el monto de individuos era mayor, chicas jóvenes emocionadas, la tensión crecía, y al circo se unían curiosos y turistas que oteaban el horizonte moviendo la cabeza de un lado a otro para hallar una explicación, buscando a alguna autoridad competente para preguntar, aún temiendo parecer cotillas o los clásicos curiosos que asoman la cabeza sin el miedo de parecer entrometidos.

Tres coches cruzan entre las vallas y se levantan leves gritos de ansiedad, la gente se pone nerviosa, los que estamos más lejos notamos el interés de los viandantes, que caminando lentamente se acercan al foco del sonido, que crecía progresivamente a tenor de las puertas de los vehículos abriéndose, cuando el grito se convirtió en un ruido estridente de niñas en estado de éxtasis o de gorrinos en el día de San Martín, los curiosos de pasos lentos corrieron para intentar ver con sus propios ojos qué Santa Teresa llegaba o ¡qué diablos estaba pasando allí!.

Los turistas que iban a participar en el tour y se acercaron al foco infeccioso volvieron con una sonrisa en la boca añadiendo el clásico: se ve que hay algún famoso o algo. Pues sí… se va a ver que eso pasa.

A eso de las tres los vehículos se alejaban por Damrak y la gente se desperdigaba, crucé entre la multitud para dirigirme al punto de reunión, una chica joven, de pelo rizado, piel morena, ojos rasgados y labios gruesos se agarraba las manos y con emoción en las pupilas decía: oh! god! did you see her? she is so beautiful. Creo que hablaba de la Razón. Aunque si lo piensas bien, no es tan criticable, aquellas chicas lo único que hacían era huir de lo cotidiano.

Para cerrar el ciclo de días record trabajados en una semana (seis de siete), Amsterdam, Holanda, los Países Bajos enteros, me organizaron ayer un evento mágico que celebra la llegada de San Nicolás al país, o Sinterklaas, una mezcla de Papá Noel y Santa Claus. El señor gordo que deja regalos. De hecho San Nicolás llegó a Nueva Amsterdam como el original Sinterklaas de toda la vida, pero al pasar a manos inglesas y ser Nueva York, este buen hombre se convirtió en Santa Claus, y ahora es, gracias a Coca Cola, el gordo de rojo que deja regalos por toda Europa. San Nicolás y Santa Claus se miran, son él mismo, en fechas distintas y apariencia diferente, y no comprenden muy bien las ironías que de vez en cuando deposita la Historia sobre la Humanidad. En España, bastión del catolicismo, celebramos San Nicolás la noche del 24 porque nació Jesucristo, ahí ya el pobre hombre, anciano y obeso, si que se hace un lío monumental, sin conseguir comprender qué tendrá que ver el nacimiento de aquel melenudo con su persona.

En este caso San Nicolás llega desde España, parece que el punto de partida es el puerto de Alicante, en un barco de vapor hasta Amsterdam, donde sobre su caballo blanco recorre los tejados de la ciudad dejando pequeños presentes en los zapatos de los niños, hasta el día 5 de Diciembre, que es cuando deja lo potente.

Sinterklaas no viene solo. Trae consigo a su compañero, ayudante y aliado, bueno… en realidad es un esclavo que recibe el nombre de Zwarte Piet, si amigos… Se llama Pedro, es un esclavo y es ¡negro!. La polémica está servida.

Atravesé Rokin con la bicicleta y vi vallas que impedían el acceso a las vías del tranvía, mi mente precoz dedujo que se trataba de otro acto público, y cuando llegué a la plaza ya tenían a medio montar un escenario. Los holandeses se lo toman así. Ellos necesitan un montaje espectacular para un evento como una cabalgata y en unas horas te despliegan un operativo brutal para finalizar en el menor tiempo posible, escenario, altavoces, tribuna, iluminación… sin hacer apenas ruido. Es magia negra, o trabajo creo. Porque además en el mismo día, cuando todo acaba, lo vuelven a desmontar en un momento dejando la calle tal y como estaba. Me eché las manos a la cabeza pensando que se trataba de otro festival tecno público y la plaza se iba a llenar de gente y ruido, haciendo imposible organizar adecuadamente los tours. En su lugar, la plaza se llenó de niños, canciones infantiles y blancos disfrazados de negros vestidos de pajes alegres y simpáticos. Peor de lo que imaginaba.

Ahí es donde nace la polémica. Los pajes/esclavos son negros, que eso ya no gusta en general, pero además, los pajes/esclavos son en realidad blancos con la cara pintada de negro. Voy a coger una foto de wikipedia para que os hagáis una idea:

 

zwarte piet

 

He escogido esta porque la cara de idiota es más o menos la que tienen todos disfrazados de “el mulato Pedro”.

Se han alzado varios sectores de la población alegando que esa tradición es racista porque el esclavo es negro, e inmediatamente después han respondido políticos insertados dentro de la tradición populista espetando que esa fiesta es parte fundamental de la identidad nacional, creo que se debería asumir también como identidad nacional las masacres realizadas por los países europeos en las respectivas colonias, sería más sencillo así adaptar como identidad nacional que un hombre viejo llega en barco de vapor a tu país y sobre un caballo blanco recorre los tejados de las casas, para que su esclavo negro, en su nombre, se ensucie de hollín atravesando las chimeneas para depositar en los zapatos malolientes de los rubios, guapos y fuertes blancos holandeses algún presente.

Mucha gente podrá pensar que se sacan de quicio algunas cosas y se dan vueltas de tuerca por la sensibilidad ante problemas como el racismo, y puede que, pensado fríamente y alejando las tradiciones de la panorámica actual, sea así, pero pensar fríamente y alejar el pasado del presente, no es algo que se le de muy bien al ser humano. Lo que también puede que suceda, es que el racismo siga latente en una sociedad que aparenta ser tan integradora como la dutch, expertos y notables cualificados para caminar en el linde entre lo que parece ser tolerancia y en realidad es lucro, o lo que es respeto y en realidad es falsedad.

Para eliminar la rutina de mis días, cuando tengo libre, voy a un rocódromo ubicado en Bos en Lommer, barrio que en el 2007 fue calificado como área conflictiva. Es un barrio pobre, donde vive gente pobre. Al rocódromo vienen de vez en cuando grupos de estudiantes de institutos cercanos, alumnos que viven en el barrio en cuestión, y entre ellos nunca verás un blanco tradicional, uno de esos blancos identitarios que se pintan la cara de negro para festejar que son esclavos por un día, como aún son esclavos los hijos de negros y mulatos reales que comparten trabajos basura y celebran de vez en cuando entre contratos precarios e integración fingida que viven libres, y como tal pueden disfrutar de gritar un día extasiados ante la llegada de una famosa que en vivo y en directo quiso demostrar que el porcentaje de sangre india que corría por sus venas era ínfimo, en comparación a la europea.

Un poco más de cultura, un poco más de educación y respeto, y la ignorancia se diluirá como la niebla al mediodía para liberarnos de falsos famosos, de estúpidas identidades y de fingidas naciones (nota: los adjetivos y los nombres pueden variar en el orden que el lector prefiera, valen para los tres).

Hace mucho tiempo

cuando aún era apenas un niño, oí hablar de un país muy lejano. Al principio, ese país estaba dotado de excelentes escritores que redactaban cuentos que luego yo reproducía para mi joven madre; más tarde, China se caracterizó por tener grandes cocineros que exportaban su tipo de alimentación, desarrollando una gastronomía barata aunque de no muy buena calidad, que pude saborear, conociendo además a su característica población. Ahora, y podríamos decir que estas han sido, en mi mente, las etapas en las que se ha desarrollado el país, China es poder.

La realidad es otra, China ha pasado por diferentes momentos, pero exposiciones temporales en Amsterdam sobre China sólo hay una: Ming. Keizers, kunstenaars en kooplui in het oude China (Ming. Emperadores, artistas y comerciantes de la antigua China). La dinastía Ming abarca desde el año 1368, suplantando a la mongol, hasta el 1644.

El inicio de esta dinastía es fascinante. En el 1368, Hongwu propuso crear comunidades rurales autosuficientes que no necesitasen involucrarse en el mundanal ruido de los grandes centros urbanos, colapsados por la corrupción y sistemas obsoletos que no generaban nada positivo, después mejoró las vías de comunicación para facilitar el movimiento de tropas, lo que llevó a una mejora de los transportes de alimentos, exactamente del transporte de excedente de producción de las comunidades rurales, que vendían y comerciaban con los alimentos que habían cultivado. Este empuje supuso un enriquecimiento general, bueno, general no, pero sí enriquecimiento. Lo que se tradujo en una delicada atención hacia las artes, sobre todo hacia la poesía, la caligrafía y la pintura.

La dinastía Ming, de trescientos años de duración, parece que tuvo su espejo en la Tang (618-907), una especie de renacimiento que iba a tener lugar en Europa, surgía en China de manera similar. Un lejano pasado glorioso, un presente prometedor, un futuro por construir. Una consigna muy alejada de nuestro presente.

Por suerte para las piezas pero por desgracia para todos, no se podían hacer fotos, ni siquiera sin flash. Imagino que los vigilantes de sala estarán hartos de ir detrás de la gente que no sabe quitar el flash, con lo cual directamente lo prohíben.

 

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Este ejemplo lo he arrancado de las garras de internet, son dos obras mostradas en la exposición. Muestra de virtuosismo técnico.

El jarrón pertenecía a las clases aristocráticas, en él introducían y conservaban el vino. Era una sociedad estrictamente jerarquizada donde el valor de sus obras trasluce su poder. La cabeza regente, el emperador, bebía y comía sobre porcelana, normalmente amarilla (color reservado a la casta dominante), mientras los funcionarios a su cargo dirigían guerras o invertían horas y horas en desarrollar la caligrafía, la poesía y la pintura. Todos los imperios, los grandes poderes, construidos sobre un mito, tienen que encontrar su identidad, construir su arte y su cultura. Pura ficción, pero andamiaje sobre el que edificar el bienestar que poco a poco iban adquiriendo, posibilitando la creación de una sociedad de consumo.

 

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Para unos ojos inexpertos como los míos, en nada se diferencian los largos pergaminos pintados de los murales sobre tela que tapizan todos los restaurantes chinos de Alicante, ni la decoración de linea azul sobre vajilla de porcelana de algún que otro plato de cerámica que tenía mi iaia sobre una estantería.

La clave de la similitud en toda la pintura china es que ha seguido una larga tradición, de hecho tiene nombre propio: guó huà, o pintura del país. 

 

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Esta imagen es de Zhang Xuan, y no estaba en la exposición porque data del siglo VIII, es decir, dinastía Tang, no Ming. La he escogido para que comprobéis la similitud con una de casi mil años después, y también para que hagáis bromas con la similitud del nombre al de San Juan.

 

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Esta otra si que pertenece a la dinastía Ming, al pintor Tang Yin. Uno de los más apreciados pintores chinos, tanto en su época como en la actualidad. La inclusión de texto es más o menos reciente, antes no estaba tan de moda escribir donde pintabas, pero superaron esa barrera, imagino que por la belleza de las letras, que requieren habilidad con el pincel.

Todo este rollo sobre pintura china, es porque fuera está lloviendo, y fui a ver la exposición porque aquel día también estaba lloviendo, y mañana, posiblemente, lloverá también, si no hay una tormenta de viento o caen bolas de granizo. Los holandeses se empeñan en llamarlo otoño, y es verdad que las hojas cubren completamente el suelo y los árboles anaranjados dejan ver un poco más de horizonte plano, pero está siendo uno de los inviernos más fríos que he vivido, y espero que se acabe mañana, como en Alicante, donde el invierno siempre acaba al día siguiente de haber empezado.

En cuanto a la cerámica y la porcelana de mi iaia, entendí en la exposición que China, aprovechando la admiración mundial por esas piezas y el creciente impulso comercial de las potencias occidentales, comercializó a escala global con aquellas ya que era el único país en producir una porcelana como esa, además de controlar la práctica de su decoración.

Fue a inicios del siglo XV, en la incipiente caída de la dinastía Ming, cuando lo que era una producción local y una comercialización de corta extensión se convirtió en un potente comercio internacional. Las clases altas, la aristocracia, sentía un irreprimible deseo de poseer aquellas maravillas, con lo cual se expandió el estiloso plato azul de porcelana. Mi iaia no pertenece a la aristocracia, ni data del siglo XVI, la cuestión es que con el tiempo se asoció el plato azul a la idea de riqueza y se adquirió ese estilo decorativo. Uno de los principales talleres de cerámica pintada estuvo localizado en Delft, ciudad holandesa, donde adaptaron además la iconografía al gusto y comprensión de la época. Los dragones se sustituyeron por figuras humanas y por una naturaleza más reconocible. Con el tiempo, todo el mundo quería tener un plato azul, así que sustituyeron la porcelana por un material más barato pero extrañamente seguía asociado a la idea de riqueza y esplendor, a lo exótico y valioso. Los platos que el tiempo no rompió son los resquicios de la admiración que sentían por la nobleza, sin saber quizás, que toda la riqueza que ellos admiraban era en realidad la de los burgueses de los Países Bajos en el siglo XVII. Una burgesía potente que había desbancado reinos autoritarios, que admiraba lo exótico y sentía placer por descubrir. Al final la mujer azul sentada sobre una roca con un cesto en la mano y flores y motivos abstractos flotando a su alrededor apoyada sobre la vieja estantería de mi iaia es la bandera de un sueño, de un espejo en el que se miraban nuestros antepasados, preocupados por un estatus, por un querer ser, por, a fin de cuentas, alejarse de la miseria de un país estancado que no tenía más remedio que ir a remolque de una Europa centralizada, poderosa y hegemónica.

La verdad es que aquellos platos son bastante feos. Hubiera preferido encontrar en su lugar reproducciones de obras como esta:

 

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Es sencillamente brutal. Obra de Lan Ying. La representación de la Naturaleza era una constante en la pintura china, en ella se refleja la admiración a lo salvaje, lo desmedido. En el año 1600 Lan Ying decidió pintar una cascada, que es lo único que no está pintado, pero observamos igual. Un claro dibujo, sin color, sin exceso en la representación, sin horizonte, sin fondo, tan solo una leve mancha oscura para representar una montaña, hace que desee estar allí inmediatamente, en la cabaña con el amigo en kimono.

Lo mejor de la pintura china es que al seguir una firme tradición, encontramos muchas de estas maravillas… ¡que no pude fotografiar!

La caligrafía, la poesía y la pintura son el potente trípode sobre el que se sostenía el arte de la dinastía Ming, pero China arrastra una lejana tradición literaria, ya lo decía mi madre respecto a sus cuentos. Y lo muestra Li Bai, poeta de mediados del siglo VIII, con su Sentado solo en la montaña Jin Ting:

Los pájaros se han ido, volando en bandadas
Se aleja, lentamente, una nube solitaria
Mirarnos el uno al otro no nos cansa
Solos tú y yo, montaña Jin Ting

La poesía tenía un papel principal en la vida cultural china, gran parte de pintores eran también poetas, tanto en la dinastía Tang como en la Ming.

Ahora que nuestra sociedad se va descomponiendo poco a poco tenemos la oportunidad de asirnos a nuevos referentes. No es una mala noticia que un canal de televisión sea una de las primeras cosas en caer, y tampoco sería mala idea aprender de nuestros amigos del Lejano Oriente. De hecho a ellos les debemos algo tan básico como la introducción de la pasta. Todo empieza cuando en China desarrollan la teoría de los cinco sabores y se esfuerzan por mezclarlos de manera que se consiga un sabor único e insuperable, en ese esfuerzo, crearon utilizando el trigo lo que hoy conocemos como pasta, lo cual sería descubierto por exploradores italianos que la utilizarían en Italia expandiéndola por toda Europa (al menos esta es la visión de los chinos).

Al final no iba tan desencaminado en mi idea de desarrollo del gigante asiático: escritores, cocineros y… Bueno, estaría mejor ver qué pasará en la siguiente fase histórica antes de adelantar acontecimientos. Por el momento quedémonos con lo bonito y recordemos con nostalgia los buenos años vividos, como una mujer que toca su flauta para regalar una triste melodía al tiempo pasado.

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Brujas y Gante

La niebla cubría Gante por la mañana. Aparcado un coche de policía junto a una nave industrial no nos dio al principio muy buena impresión, aunque después nos decidimos y cargados con un mapa acerqué mi cara a la ventana del conductor. Era una mujer de metro setenta y algo que, fácilmente, dominaba el español, inglés, flamenco, francés y dutch, todo un elenco de idiomas para indicarnos dónde estaba la estación de Sint Pieters. Su advertencia fue clara: no crucéis por el parque… podría ser peligroso…

Entre la niebla y las calles solitarias el consejo cobraba una dimensión potente, pero era tentador enfrentarse al peligro, y gracias a eso conseguimos instantáneas como esta:

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O ver una de esas intervenciones contemporáneas donde se habían enterrado todos los museos significativos del mundo. Varias lápidas con el nombre de ellos grabado. Nos asustamos un poco al principio.

      Brujas es una ciudad donde no tienes que pensar demasiado. Construida sobre el romántico recuerdo medieval, quería construir el blog también en base a mi recuerdo. La primera impresión no desluce su fama, el EuroDisney, el parque temático, el Benidorm del Norte, los apodos son variopintos pero dirigidos a tumbarla. Y es verdad, no se puede negar que el kilómetro que recorres junto a otros visitantes dirigidos por la señales de “punto de información allí” es algo parecido a una fila de ciegos dispuestos a fotografiar vistas bonitas. Pero está bien construida, es limpia, una ciudad tranquila si vas en temporada baja, sin coches, sin bicicletas, sólo paseantes deambulando por rincones hermosos y alzando la vista para contemplar las torres re-re-edificadas.

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Esta torre se alza sobre la base de la catedral de San Salvador. En el siglo IX nació una pequeña capilla románica que con el tiempo se amplió hasta convertirse en lo que ahora es. La planta es el paradigma de la arquitectura gótica, pero en el exterior, está formada por volúmenes adheridos, crea así una arquitectura donde la ornamentación externa viene derivada de las luces y sombras generadas a través del juego de bloques. O eso me pareció ver. Además, gran parte de la arquitectura religiosa de Brujas, deja al descubierto el ladrillo directamente. Me trajo a la mente la arquitectura bizantina, con ejemplos como la tocaya iglesia de San Salvador de Cora, construida en Constantinopla. La coincidencia en el nombre quizás solo sea eso.

En el año 1171 nació Balduino IX, Conde de Flandes, este joven, resultó ser un inteligente caballero que en el año 1203 emprendió su marcha hacia Oriente con motivo de la IV Cruzada. Lo que en un principio iba a ser una lucha contra el infiel, acabó en la toma del heredero directo del extinguidísimo Imperio Romano: Bizancio, situado en la actual Turquia. Finalmente, el Conde de Flandes, dueño también de Brujas, se apoderó de Bizancio y se convirtió en el primer emperador latino de Constantinopla, ahora Estambul. Quiero pensar que los parecidos arquitectónicos son fruto de la lectura histórica realizada para la reconstrucción de la ciudad, y no una voluntad de la época por apoderarse de las influencias de Oriente.

En definitiva, Brujas es una ciudad en la que parece que no tienes que pensar demasiado. Todo está sincronizado, calculado. Los músicos callejeros son un cuarteto de cuerda acompañados de acordeón que sincronizan en el tempo con las campanadas de las doce. Pequeños detalles imperceptibles que mezclan lo real con lo imaginario, lo trabajado con lo improvisado, y sobre todo, lo que perdura en el tiempo y lo que ha sido reconstruido. Uno de los ejemplos más asombrosos de ello lo encontramos en la iglesia de San Jacobo, o Sint-Jacobskerk. Una iglesia de origen románico, que reflejaba numerosas ampliaciones, era el escenario de un coro que interpretaba tres poemas contemporáneos donde mezclaban las voces y el canto con gritos y el sonido de un silbato, entre púlpitos recargados, placas de metal grabadas del siglo XVI y un fresco de apariencia gótica, que creo, fue el tesoro de la jornada. Escondido, casi desaparecido, entre los gritos y las voces de los cantantes, y alejado de turistas y souvenirs. Imaginé a peregrinos que durante siglos recorrían los Caminos de Santiago, que eran a fin de cuentas muchos caminos.

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No he podido encontrar más información, y ni siquiera la imagen iba acompañada de cartelas informativas, pero despierta mi curiosidad.

La ciudad, aunque a muchos nos les guste la apariencia de centro turístico, es elegante y limpia. Atestada de chocolatiers, todos artesanales y de elaboración propia según su publicidad; decidimos que, ya que no comeríamos en una de esas terracitas cool a orillas de los canales, probaríamos bombones de los que parecieran ser los mejores chocolatiers, y como tampoco queríamos gastar 25 euros en mejillones, lo invertiríamos en esos pralines tan típicos con formas de frutos del mar (sea food). De todos los bombones, los mejores son los pralines, puedes conseguirlos en otros lugares, pero la textura y el sabor es único en Brujas.

Para muestra un botón: terracita cool.

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El viaje a Brujas fue relámpago, aún así nos dio tiempo a dar un par de vueltas, comer un gran cartón de patatas fritas y una bradwurst con cebolla y mostaza, el clásico hot dog del norte de Europa, beber un par de cervezas e hincharnos a chocolate, y todo ello respetados por el clima. De hecho, en nuestra primera entrada a una iglesia en Brujas, el sol se filtró por las vidrieras, probablemente reconstruidas, pero la sensación era asombrosa. En el interior, a la altura del triforio, la pared se coloreaba dando una apariencia mágica, de lo que podría ser la de la época, y todo adquiría una tonalidad diferente mediante la luz coloreada. Estos juegos de ficción de Brujas, de atemporalidad, son una baza que juega a su favor y la llena de turistas en Agosto. Cuentan que si vas por esas fechas ni siquiera puedes caminar a través de sus calles, pero si todo está a tu favor: el clima y la afluencia principalmente, puedes disfrutar de una ciudad única y auténtica en su falsedad.

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También he oído decir que Brujas es como viajar a la Edad Media, así lo describió la sevillana con la que coincidimos, tanto en Gante como en el viaje de vuelta a Amsterdam. Un punto a favor de Brujas es que, a pesar de ser tan “estilosa”, es asequible para todos los bolsillos y no finge ser un centro cultural de primer orden, se reconoce y sabe qué lugar ocupa. No la han llenado de museos de arte contemporáneo. Sus canales los atraviesan lanchas repletas de turistas, cada restaurante lucha por su clientela, los baños son sólo para clientes, todo es como se espera. No encontrarás, como en Gante, fachadas modernistas medio derruidas pero apuntaladas para conservarlas. Ni calles sucias. Ni barrios rojos. Es una ciudad en apariencia burguesa, aristocrática, pero mainstream a fin de cuentas.

En Brujas lo viejo está escondido, porque no se puede destruir todo. Siempre hay una parte de la iglesia que te deja leer su antigüedad, y en esta ciudad, aunque todo lo viejo parece nuevo, hay pequeños huecos donde la Historia se cuela. Brujas es una ciudad que parece para no pensar, sólo lo parece.

Aunque ahora que lo pienso, el que escribe es mi recuerdo, y es siempre un poco falso, con algo de verdadero, absolutamente reconstruido sobre las ruinas de lo vivido y ante todo, mitificado. Conservado entre luces y sombras. Así es Brujas o Brugge.

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Gante y Brujas

El día 5 de Octubre, con las últimas nieblas de la mañana aún oscurecida, salimos de casa hacia la estación para iniciar el primer viaje de más de un día por tierras colindantes a la holandesa. La bruma y el sueño no nos dejaba ver demasiado más allá, y entre la realidad y el pensamiento colgaba todavía en mi cabeza la noticia del triste fallecimiento de la tía de mi padre. La tía de mi padre no era hermana de mi abuela, ni de mi abuelo, o casi lo era de los dos. Es una historia para otra historia, de las cosas que tiene la guerra.

Por razones que no llego a comprender, para viajar por los Países Bajos en tren tienes que hacer numerosos transbordos. Un recorrido de aproximadamente 220 kilómetros lo realizas en 3 horas y media si tienes suerte, y cogiendo, en nuestro caso, cinco trenes. Si pierdes uno de los transbordos, tienes que esperar una hora… El más polémico es, como siempre, el tren de la frontera. De Roosendaal parte el tren que cruza a Bélgica, parando en Antwerpen o Amberes. Efectivamente, ese fue el tren que perdimos, las nieblas de la mañana habían resultado absurdas. Al bajar del tren nos dirigimos hacia alguna figura de autoridad para pedir explicaciones por los cuatro minutos de retraso que nos hicieron perder el tren fronterizo. Los dos encargados de estación eran idénticos, bajitos para ser holandeses, anchos y regordetes, con bigote blanco espeso y una gorra que acababa de darles el punto clave para ser dos personajes de tebeo de Tintín o de película de los años cincuenta. Cuando les pregunté me dijeron que solía pasar, que habían avisado al tren para que esperase pero que no quisieron. Podría haber añadido perfectamente: estos malditos belgas son incorregibles!. 

Para aprovechar nuestra hora de esparcimiento estiramos las piernas paseando por aquella ciudad en la que estaba todo cerrado. Un sábado. Ni panaderías, ni bares, ni tiendas, ni gente paseando por las calles aún no siendo tan tarde. Bromeando le dije a Chloé que quizás eran judíos todos en pleno Sabbat, y por casualidad vimos en el suelo una pequeña plaquita con un nombre, dos fechas y el nombre de un campo de concentración. Traducido era algo así como: fecha en la que se lo llevaron y fecha de defunción. Entre ambas transcurrían unos seis meses, pero en todas cambiaba el año: del 1944 al 1945. El nombre del campo de concentración no lo recordamos, y no nos percatamos de tomar una fotografía. Dedujimos que se trataba de judíos deportados en la II Guerra Mundial.

El tren de frontera era tan irrespetuoso con los horarios como con la limpieza. Maqueado por dentro con graffitis, maloliente cerca del baño y con chorretones extraños en la tapicería de los asientos, no era el tren más hermoso del Norte. Para viajar a Bélgica hay también un tren caro y rápido, supongo que la idea de poner una especie de tren desvencijado es motivarte para pagar la próxima vez. Ni siquiera pasó un revisor (aviso útil para aquellos que vayan a utilizarlo) ni a la ida, ni a la vuelta. Los asientos son de cuatro personas, dos enfrentadas, separados por una pequeña mesita.

Sentados, ya empezada la marcha, le pregunté a Chloé si recordaba el nombre del campo. ¿Campo?, perdona, ¿qué campo, de fútbol?. Sorpresa inesperada, el chico de enfrente, de apariencia marroquí hablaba perfecto español. No, de concentración. No sabía la respuesta. Los judíos deportados de Roosendaal durante la II Guerra Mundial habían sido trasladados a un campo de fútbol en un momento. El silencio incomodo por el enfrentamiento de dos conceptos tan alejados lo rompí preguntándole por qué hablaba español tan bien. Nuestro compañero de viaje era un marroquí que vivía en Barcelona desde los seis años. Estuvimos todo el viaje hablando, girando y regirando sobre lo mismo: la crisis. Se había trasladado a Bruselas para buscar mejor suerte, aunque volvía de Amsterdam después de una gran fiesta. Fue un trayecto enriquecedor, donde me confesó que la guerra de Libia tenía solo una motivación: el dinero. Es un secreto a voces, pero profundizó diciendo que Sarkozy le debía dinero al señor Muamar, y por esta razón había puesto todos sus esfuerzos en liquidarlo. Es como si ahora todo el mundo se dedicara a reventar los bancos a los que deben hipotecas millonarias por las cuales les están quitando la casa… que idea tan absurda y descabellada, ¿verdad?. Pues hay gente que puede hacerlo con sus prestamistas. Cuentan que cuando acabó la guerra en Libia, Trípoli se llenó de hombres trajeados y con maletines dispuestos a hacer negocios frescos. Después le pregunté que por qué no hacían lo mismo con su rey, que tan oprimidos los tiene. Si el marroquí tiene comida y techo, no se preocupa de nada más. Agregó que el rey de Marruecos tiene amigos muy poderosos, amigos judíos, que campan a sus anchas por Casablanca, con sus propias zonas residenciales. No lo decía con odio ni maldad, simplemente se asombraba él mismo de esta situación. Para acabar le hice otra pregunta polémica: pero para vosotros, ¿él es el rey?. Y como si el chaval de 26 años hablara con la voz de un anciano sabio y cultivado, caminando por los pasillos de la Alhambra, me respondió: no, él no es el rey, nuestro rey es Dios, y lo es todo, un musulmán no tiene otro rey. 

Hace un tiempo leí que los jóvenes eramos los “nómadas del siglo XXI”. Es un nombre muy romántico para estos días inhóspitos en los que caminamos sin saber hacia dónde. Pero me gusta ser más real y práctico: somos los vagabundos del siglo XXI.

Para acabar nuestro periplo ferroviario nos echamos una carrera en la estación para tomar el tren hacia Gante. ¡Nuestro destino! El viaje estaba siendo ya en sí mismo un viaje.

Si tengo que ser sincero… Gante no es como la imaginaba. En mi mente se recreaba una ciudad repleta de kioscos callejeros donde comprar patatas fritas caseras, cervezas negras baratas y un cucurucho de mejillones. Plato tradicional belga. En toda la ciudad encontramos sólo dos, y las patatas eran congeladas. No estábamos dispuestos a pagar 20 euros por unos cuantos mejillones. Gante tiene historia, como hitos principales cabe destacar el nacimiento de Carlos V, aquel emperador de las Españas, nieto de los Reyes Católicos. Evidentemente la historia de esta ciudad no comienza en el 1500. También de siglos anteriores encontramos obras únicas como el castillo de los Condes de Flandes, o Gravensteen. Construido en el siglo XII aproximadamente como lo conocemos hoy, fue restaurado en el XIX, pero se tiene constancia de que en el siglo IX ya existía una estructura de madera en el mismo emplazamiento: una ligera elevación de terreno que permitía el avistamiento del enemigo. Aunque me apasionan los castillos medievales, desechamos la idea de pagar 8 euros para entrar. Temía que todo lo que vieramos fuera producto de la imaginación romántica de la reconstrucción del XIX, aunque me atraía bastante la idea de que la construcción del castillo se produjera a la  vuelta de su promotor, Felipe de Alsacia, del viaje por Palestina, lo que significaba que las influencias de las fortalezas de Tierra Santa debían ser palpables.

 

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Distintas vistas del castillo

      En nuestro periplo por los highlights de Gante atravesamos las puertas de la Catedral de San Bavón, lugar en el que fue bautizado Carlos V y que además conserva La adoración del Cordero Místico, de los hermanos Van Eyck. Para entrar a verlo hay que abonar la mitad de lo abonado para el castillo: 4 euros. Así que nos conformamos con ver una reproducción situada en una capilla.

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      Esta iglesia es la dedicada a San Nicolás, comenzada en el siglo XIII ampliando una iglesia románica anterior. Se percibe en un lateral la reconstrucción. Puro cemento contrasta con la piedra de Tournai, probable intervención que delata la rehabilitación para no engañar a los ojos del espectador. En su interior se celebraba una feria de coleccionistas de Arte, uno de los lugares en los que sentirse más perdido, donde no sabes si te están engañando o si está pasando desapercibida ante tus ojos una obra maestra del arte africano.

      Del interior de las iglesias de Flandes me sorprende la riqueza de sus obras, los retablos recargados de mármoles, figuras, columnas… los púlpitos de madera perfectamente tallada y la profusión de pinturas de estilos y épocas distintas, algunas colgadas en el interior de las capillas y otras, desafortunadas, depositadas en visibles espacios de las iglesias. Almacenes que mezclaban los utensilios de iluminación con esculturas de vírgenes y pinturas religiosas no seleccionadas, todo cubierto de polvo. Dios no lo hubiera aprobado.

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      En esta imagen, los frescos se resisten a despegarse del techo de la Iglesia de San Nicolás, quizás más desafortunados incluso que las pinturas almacenadas, aquí el castigo a los pigmentos lo infringe el tiempo, que deja unos pocos colores esparcidos entre los arcos de las bóvedas, como restos de insectos en telarañas abandonadas, para recordar que hubo una gloria en otro tiempo también.

      Pero Gante, amigos míos, no sólo son iglesias y metáforas. Puede que en los kioscos callejeros inexistentes e imaginarios no vendieran cerveza negra, pero si lo hacían en la cervecerías a orillas del río Lys o el Escalda. Terrazas abarrotadas con cartas interminables de cervezas que podías degustar, algo como esto:

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      Pero triplicado y en papel. Como soy muy dulce, pedí una cerveza de miel: Barbãr Bok, el reposo del guerrero. Sabor fuerte, con cuerpo, pero dulce por la miel, un 25 % si no engañaba la etiqueta. Chloé pidió una Chouffe, algo más conocida, cerveza rubia, con menos cuerpo que la negra pero sabor afrutado. Soy más devoto de las cervezas fuertes. Cuando pagas tres euros por una cerveza peculiar no te duele tanto, y más si las vistas son estas.

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      Que en realidad no eran, pero es una buena manera de acabar la entrada sobre nuestro primer día de viaje en Flandes, en Gante o Gent Gand… depende de qué lado de la frontera vienes cuando pierdes tu tren en Roosendaal.